Hormonalmente orientados

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Hormonalmente orientados
Hace unos años, los autores Barbara y Alan Pease publicaron un interesante libro titulado “Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no pueden leer los mapas”.

En él, se explicaba, desde un punto de vista divertido pero no exento de base, la razón de algunas de las diferencias entre las habilidades mentales de hombres y mujeres.

Una de las explicaciones que más divertida me pareció fue la razón de por qué los hombres no encuentran nunca lo que van a buscar a la nevera o el armario, mientras que las mujeres lo encuentran rápidamente.

Los autores apelaban a las diferencias entre las tareas que hombres y mujeres han tenido que efectuar durante la evolución de la especie humana.

Los hombres, cazadores, necesitaban limitar su campo visual para localizar a una presa con precisión.

Las mujeres, ocupadas con las tareas de la cueva y el cuidado de los niños, necesitaban un campo visual más amplio para hacer frente a varias tareas a la vez, como mantener el fuego y vigilar a la prole.

Esta diferencia en la capacidad visual, forzada por las diferentes actividades realizadas en equipo por hombres y mujeres para mejor supervivencia del clan, se traduce hoy en que los hombres, para encontrar algo en la nevera, debido a su limitado campo visual, situado normalmente frente a sus narices, necesitan mover la vista de un objeto a otro hasta encontrar el que van buscando.




Si al verlo, no lo reconocen, lo cual sucede a veces, los hombres necesitan de nuevo repetir la operación de barrido objeto por objeto.

Las mujeres, en cambio, debido a su más amplio campo visual, obtienen una visión de conjunto de lo que hay en la nevera (obviamos el hecho de que son ellas, normalmente, las que introducen las cosas en la nevera, por lo que saben mejor donde están).

Esta visión de conjunto facilita la localización de un objeto en particular muy rápidamente.

Referencias Terrenales

Otra de las diferencias entre hombres y mujeres radica en sus diferentes estrategias a la hora de orientarse. En este caso, no se trata sólo de diferencias entre hombres y mujeres, ya que machos y hembras de otros mamíferos también parecen disponer de estrategias de orientación distintas.

En el caso que nos ocupa, las mujeres tienen la tendencia a orientarse mediante referencias del terreno: la tienda de la esquina, la señal de Stop, el quiosco, etc.

Los hombres, por el contrario, utilizan con más frecuencia la estimación de la distancia recorrida o la dirección de acuerdo a los puntos cardinales.

Es bien conocido que la exposición a diferentes tipos de hormonas sexuales, ya en el embarazo, condiciona la organización del cerebro, masculinizándolo o feminizándolo, lo que resulta en diferencias en cómo machos y hembras perciben su entorno y se orientan en él.

Se sabe así que ratas hembras expuestas artificialmente a una concentración excesiva de la hormona estradiol, se masculinizan y usan las mismas estrategias de navegación por el terreno que los machos.

Por el contrario, ratas macho castradas desde el nacimiento se orientan como hembras, confiando para orientarse en señales del terreno.

Estos experimentos con animales sugieren que las hormonas masculinas y femeninas tienen mucho que ver en cómo hombres y mujeres se orientan, o se pierden, en lugares desconocidos.

Afortunadamente, no es posible realizar experimentos similares con seres humanos, ni siquiera inmigrantes, por evidentes razones éticas.

Los científicos necesitan estudiar si este fenómeno se produce en nuestra especie de otra manera.

La más obvia es analizar los niveles hormonales en hombres y mujeres y estudiar las estrategias de orientación que siguen aquellos individuos que, por la razón que fuera, posean niveles extremos para las hormonas impropias de su sexo.

De esta forma, se sabe ya que las mujeres que poseen niveles elevados de testostenora (¿analizaron estos niveles alguna vez a Margaret Thatcher?) se orientan con un estilo más similar al de los hombres.

En hombres, sin embargo, estos estudios no han revelado que aquellos con menores niveles de testosterona en sangre se orienten de manera similar a las mujeres.

En este caso, parece que el método empleado hasta la fecha para determinar dichos niveles de testosterona en sangre no es lo suficientemente preciso para encontrar diferencias significativas entre hombres.

Testosterona en la saliva

Un nuevo método de detección de testosterona, más preciso, ha sido puesto a punto recientemente.

Este método, además, permite la determinación de los niveles de testosterona y también de la hormona estradiol, a partir de la saliva, sin necesidad de la punzante extracción de sangre.

Con este método, dos investigadores canadienses, Jean Choi y Irwin Silverman, se propusieron analizar si existía una relación entre la manera en que hombres y mujeres se orientaban y sus niveles de testosterona.

Los resultados que hallaron, publicados recientemente en la revista Brain and Cognition, fueron que los hombres con mayores niveles de testosterona utilizaban menos dos estrategias típicamente femeninas de orientación, la identificación de señales en el terreno y las posiciones relativas entre ellas, aunque, como era de esperar por el dato anterior, utilizaban más estrategias típicamente masculinas de orientarse.

Sin embargo, estos estudios no indican que las mujeres con mayores niveles de testosterona se orienten de manera diferente que las mujeres con menores niveles de esta hormona.

En este aspecto, al menos, roedores y seres humanos somos diferentes.

Así pues, parece que, al menos en los hombres, el estilo de orientación espacial que se utiliza depende de los niveles hormonales.

Esto es interesante porque, como casi todo en ciencia, plantea nuevas cuestiones.

Los niveles de testosterona en hombres no son constantes; aumentan, por ejemplo, tras un orgasmo.

Podíamos pues plantearnos estudiar seriamente si, tras experimentar un orgasmo, los hombres pueden orientarse mejor o utilizan más estrategias típicamente masculinas de orientación que antes de dicho espasmo fisiológico.

Fascinante, y divertido estudio, sobre todo para los numerosos voluntarios que, sin duda, estarían más que dispuestos a participar en él.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia 
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