Del límite evolutivo

Del Límite evolutivo
Parecen existir ya pocas dudas de que estamos asistiendo a un calentamiento global del planeta.

Además de las temperaturas que estamos sufriendo estos últimos días, existen numerosas evidencias que apoyan dicha aseveración.

En Europa, podemos ver numerosos signos de este calentamiento: el retroceso de los glaciares alpinos, la eclosión de huevos de muchas especies de anfibios hasta diez días antes de lo habitual, el adelantamiento en primavera de la aparición de hojas en árboles caducifolios y el aumento en la frecuencia de olas de calor, entre otras muchos signos.

Si el calentamiento parece indudable, las causas del mismo siguen siendo debatidas.

Es posible que el calentamiento sea debido a la actividad humana, en su totalidad o, al menos, parcialmente.

Pero es también posible que el ser humano, a pesar de los gases y otras sustancias contaminantes que libera al medio ambiente, no tenga nada que ver.

Al fin y al cabo, se sabe de, por lo menos, otros tres calentamientos anteriores a éste, que correspondieron a los intervalos entre las cuatro conocidas glaciaciones que sufrió el planeta no hace mucho, en términos geológicos, y en los que nada tuvo que ver la actividad humana.

Sean cuales fueren las causas de este calentamiento, es muy posible que tenga consecuencias importantes para muchos ecosistemas.

Volviendo a Europa, ciertas zonas del norte del continente han visto sus precipitaciones aumentadas de un diez a un cuarenta por ciento, mientras que periodos de sequía en otras regiones, entre ellas España, han sido particularmente severos.

El descenso de las precipitaciones en ciertas regiones de selva tropical amenaza con hacerlas desaparecer, causando con ello la extinción de numerosas especies.

Ante semejantes modificaciones del entorno, se crea una significativa “presión de selección” en muchas especies.

Es decir, se crean las condiciones para que sólo aquellos individuos de una especie dada que resistan mejor estos cambios sobrevivan.

Si esta supervivencia es debida a alguna característica genética, la misma se transmitirá de generación en generación y la especie sobrevivirá.

¿Es esta idea demasiado optimista?

Veamos. Existen hoy numerosas especies de insectos, de plantas y, desgraciadamente, de bacterias patógenas, que han sido capaces de adaptarse a la aparición repentina de pesticidas, insecticidas, o antibióticos.

La presencia de estas sustancias en el entorno se produjo, literalmente, de la noche a la mañana, un tiempo en teoría demasiado corto como para permitir la adaptación, que sin embargo se produjo.

Esta adaptación no es otra cosa que el producto de la selección negativa de los individuos más susceptibles a esas sustancias tóxicas.

Los más resistentes sobrevivieron y, puesto que esta supervivencia fue resultado de alguna característica genética, dicha característica se expandió por la población y ahora sólo los individuos resistentes son los que nos acompañan.

 “El que resiste gana” no lo dijo primero Camilo José Cela, sino Charles Darwin mucho antes.

Esta asombrosa capacidad de adaptación de las especies debería pues tranquilizarnos.

El calentamiento global del planeta, o la disminución de las precipitaciones, son procesos más progresivo que el rociado sistemático con DDT u otras sustancias, por lo que debería proporcionar incluso mejores posibilidades de adaptación.

Así, el riesgo de extinción de las especies estaría quizá sobreestimado.

Todo esto parece muy razonable, pero la teoría, en biología, a veces tiene sus excepciones, y lo mejor para averiguar qué sucede realmente es realizar experimentos.

Por supuesto, no podemos realizar experimentos evolutivos con especies que tardan años en reproducirse, pero sí con especies que tardan días. Entre éstas, una de las favoritas de los biólogos siempre han sido las moscas.

Por esta razón, unos investigadores australianos se propusieron estudiar la capacidad evolutiva frente a la sequía en una especie de mosca de la selva australiana, que en ese país se encuentra al norte.

La mosca en cuestión se llama Drosophila birchii, y es pariente no muy lejano de la especie de mosca preferida de todos los biólogos, e incluso de algunos bioquímicos, Drosophila melanogaster.

Los investigadores recogieron numerosos ejemplares de moscas de la selva y se propusieron reproducirlos en el laboratorio en condiciones de humedad controladas.

Estas condiciones fueron muy drásticas, ya que se criaba a los animales en un ambiente en el que del ochenta y cinco al noventa por ciento de ellos moría por falta de agua. Sólo los más resistentes a la disminución del líquido elemento fueron capaces de reproducirse.

En estas condiciones, era de esperar que se produjera una fuerte selección hacia individuos más resistentes a una disminución de las precipitaciones y de la humedad que pudieran darse en la selva tropical.

Tras treinta generaciones criando moscas en condiciones de sequedad severa, los investigadores estudiaron su resistencia a la falta de agua comparada con las moscas que no habían sufrido dicho proceso de selección.

Lo que encontraron no fue lo que esperaban.

Las moscas que los investigadores habían reproducido no eran significativamente más resistentes a la falta de agua que las moscas salvajes.

Esto es quizá debido a que la característica de ser resistente a la falta de agua puede no ser heredable en una alta proporción, sino debida a otras condiciones del entorno.

En cualquier caso, estos resultados levantan la voz de alarma sobre la capacidad de adaptación de muchas especies a los cambios del entorno que se están produciendo.

Es posible que estas moscas y otras especies de la selva tropical se encuentren en lo que podríamos llamar un punto final evolutivo.

Es decir, esta especie de mosca se ha adaptado de tal forma a su entorno húmedo que la marcha atrás ya no es posible.

Es como suponer que los perros podrán respirar dentro del agua en corto tiempo si se les somete a un adecuado programa de selección.

La existencia de mamíferos marinos que, a pesar de nadar como peces o incluso mejor, siguen respirando como animales terrestres parece indicar que esto es imposible.

La conclusión de todo esto no puede ser más clara.

Si valoramos el entorno, la biodiversidad y los maravillosos parajes de nuestro planeta, lo mejor que podemos hacer es trabajar para conservarlos y no esperar a que se salven solos.

Seamos pues cuidadosos, cada día más, con nuestro medio ambiente, que sólo tenemos uno.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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