Peso ganado, memoria perdida

Peso ganado, memoria perdida
La obesidad es un grave problema de salud pública, además, por supuesto, de un grave problema de salud privada para muchos obesos que no saben ni pueden dejar de serlo.

Antiguamente, la obesidad se combatía simplemente fomentando el temor de Dios.

La obesidad era la consecuencia directa y simple del pecado capital de la gula.

Para combatir la obesidad, por tanto, bastaba con fomentar la virtud de la templanza, nunca con éxito suficiente.

Los obesos eran pecadores y el infierno ardía pues, en parte, alimentado por el combustible de grasa acumulada por las pobres almas obesas que poblaban la morada del diablillo.

Hoy, afortunadamente, sabemos algo más.

Hoy sabemos que la obesidad no es un problema de falta de voluntad, de desidia personal, de falta de virtud, sino un problema hormonal.

 Y es que de igual manera que nos es imposible decidir, con nuestra sola voluntad, no ver el mar de color azul, porque nuestros mecanismos visuales que responden a los colores están fuera de nuestro control, tampoco podemos elegir comer menos, salvo estar dispuestos a un extraordinario sufrimiento, si nuestro sistema fisiológico de control del apetito, que también se sitúa fuera de nuestro control consciente, no funciona adecuadamente.

Entre las hormonas relacionadas con la obesidad que más atención han recibido los últimos años se encuentra, sin duda, la leptina, cuyo nombre proviene de la palabra griega “leptos”, que significa ligero.

Esta hormona es una proteína relativamente pequeña, producida por las células encargadas de acumular grasa, los michelinosos adipocitos.

Nuestro cuerpo no cuenta con un número fijo de adipocitos, como puede contar con un número fijo de neuronas (siempre demasiado bajo), sino que aquéllos se forman a partir de células precursoras, de acuerdo a las necesidades de almacenaje de energía en forma de grasa.

Si la ingesta calórica es muy elevada, se forman adipocitos que se encargan de acumular la grasa en su interior para épocas de vacas flacas (que en general nunca llegan cuando más se las necesita y cuando no se las necesita, llegan).

Cuantos más adipocitos tenemos en nuestros cuerpos, más leptina producimos, con lo que su concentración aumenta en el plasma sanguíneo.

La cantidad de leptina circulante es pues proporcional a la cantidad de tejido adiposo del que disponemos.

La leptina de la sangre viaja al cerebro, en particular a una región del mismo denominada el hipotálamo.

Esta parte del cerebro es sensible a varias sustancias y produce también otras que regulan el apetito.

En particular, las células del hipotálamo contienen una proteína receptora en su membrana a la que la leptina debe unirse para ejercer su función supresora del apetito.

¿Qué sucede si los adipocitos, por alguna razón, no producen suficiente leptina?

Evidentemente, que el apetito no es suprimido de la manera en que sería deseable y seguimos comiendo demasiado y formando nuevos adipocitos que de todas formas seguirán sin producir suficiente leptina.

Si los niveles de leptina no son suficientes para estimular adecuadamente el hipotálamo, el apetito no es suprimido y seguimos engordando y formando adipocitos anormales que no son capaces de señalar su presencia al cerebro mediante la adecuada producción de leptina.

¿Qué ocurre si el hipotálamo no contiene suficientes receptores de leptina?

Obviamente, no podrá entonces ser estimulado por esta hormona y tampoco suprimirá nuestro apetito.

A pesar de que nuestros adipocitos produzcan suficiente leptina, seguiremos comiendo y generando más adipocitos que, a su vez, producirán leptina.

Los niveles sanguíneos de esta hormona serán muy superiores a lo normal, a pesar de lo cual seguiremos comiendo como suidos domésticos ,y engordando como tales. (Los suidos (Suidae) son una familia de mamíferos artiodáctilos en la que se incluyen los cerdos domésticos, los jabalíes y sus parientes más cercanos) ,

Estudios recientes indican que esta situación puede suponer un problema más grave que el de tener que entrar de lado por las puertas.

La obesidad, la diabetes y las enfermedades metabólicas, no parecen estar sólo relacionadas con una mayor incidencia de problemas cardiovasculares, o de cáncer, sino que también se está comenzando a comprobar que las personas obesas sufren de déficit cognitivos, sobre todo de falta de memoria.

Un numero creciente de investigadores ha encontrado evidencias de que estos problemas de memoria están relacionados con la leptina y sostienen que es la concentración anormalmente elevada de esta hormona en la sangre la que afecta al cerebro y disminuye la capacidad de las neuronas para responder a determinadas señales estimuladoras.

El aprendizaje y la memoria dependen de un proceso denominado potenciación a largo término.

En este proceso, las neuronas se hacen más sensibles a un determinado estímulo con el aumento de las veces que se encuentran expuestas al mismo.

Este proceso también se produce en el hipotálamo, la región del cerebro donde actúa la leptina.

Investigadores de la Universidad de Tejas, en San Antonio, se propusieron estudiar si la leptina podía afectar a este proceso en ratas.

Para ello, inyectaron en el hipotálamo de estos animales diferentes dosis de la hormona y estudiaron el proceso de potenciación a largo término.

Lo que encontraron fue que mientras dosis bajas de leptina mejoraban este proceso, dosis elevadas, que pueden encontrarse en obesos, lo empeoraban.

Por supuesto, las ratas no son seres humanos, y su capacidad de aprendizaje es muy inferior a la nuestra.

Sin embargo, estos resultados levantan una voz de alarma adicional ante problema de la obesidad, sobre todo ante el rampante problema de la obesidad infantil.

Si los procesos de aprendizaje que tienen lugar particularmente en la infancia, están afectados por los niveles de leptina, convendría identificar cuanto antes a los niños que puedan tener niveles elevados de esta hormona y, por tanto, quizá problemas adicionales de aprendizaje, y actuar sobre ellos.

Sin embargo, antes de estar seguros de que esos problemas de aprendizaje suceden también en primates superiores, y no sólo en roedores, son necesarias investigaciones adicionales.

En ellas, entre otras cosas, deberá estudiarse si los niveles de leptina en sangre están asociados con dificultades de aprendizaje y de memoria en obesos, y si disminuyendo dichos niveles, por medios farmacológicos o incluso quirúrgicos.

Por ejemplo , reduciendo la cantidad de tejido adiposo, que como hemos dicho produce la leptina, o tras operaciones de reducción de estómago, que conducen a una pérdida de peso espectacular, y por tanto también de tejido adiposo productor de leptina, esos problemas se reducen.

Habrá que estar atentos a los resultados de estos estudios.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia 
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