De los factores humanos

De los factores humanosYa hemos mencionado en alguna ocasión que la ciencia, a pesar de su rápido avance, se encuentra todavía en una etapa en la que genera más ignorancia que conocimiento.

Esto es así, creo yo, porque para cada nuevo conocimiento adquirido surge un número mayor de incógnitas que demandan explicación.

Sucede en casi todos los ámbitos de la ciencia, pero probablemente más en el ámbito de las ciencias de la vida.

Tomemos, si no, el caso de nuestra querida especie, que algunos aún se atreven a seguir llamando humana.

Hace menos de una década , no se sabía la razón de que humanos y chimpancés fueran tan similares y, al mismo tiempo, tan diferentes.

La secuenciación del genoma humano y del chimpancé ha permitido conocer a ciencia cierta que ambas especies de primates son evolutivamente las más cercanas entre sí.

Es decir, el chimpancé, a pesar de parecerse más a un gorila que la mayoría de nosotros, es evolutivamente más próximo a nuestra especie que al gorila.

Un nuevo y más profundo misterio surge entonces. Si el chimpancé es tan similar a nosotros que, de hecho, su genoma y el nuestro no difieren sino en un poco más de un 1% del ADN, ¿por qué somos cualitativamente tan diferentes?

¿Cómo puede ser que tan pequeñas diferencias en el genoma se traduzcan en tan grandes diferencias en tamaño cerebral, inteligencia y morfología corporal? Y sobre todo, ¿por qué los chimpancés no comen pescado?

La ciencia no tiene aún respuesta para éstas y similares preguntas y me temo que pasarán unos cuantos años antes de que podamos responderlas.

Pero si hay algo que la ciencia no acepta es el misterio. Trabaja incansable para acabar con él, a pesar de que el misterio tiene ese sabor romántico, y hasta religioso, que tanto gusta a tanta gente, sobre todo a quienes suelen apoyarse en él para defender sus ideas preconcebidas.

La cuestión “¿qué significa ser humano, qué es lo que nos hace humanos?” ha sido sin duda una de las más antiguas que la humanidad se ha formulado.

Desde que la mujer es mujer se ha preguntado qué es lo que la hace humana. Recientemente, la Comisión Europea ha puesto en marcha programas para financiar investigación encaminada a acabar con el misterio y dar respuesta a esta pregunta, que constituye, precisamente, uno de los signos paradigmáticos de humanidad: la auto cuestión.

Como decía el físico y premio Nóbel Richard Feynman: “¿por qué me pregunto por qué me pregunto por qué?”

Las investigaciones científicas sobre las razones de nuestra humanidad han explorado dos avenidas diferentes.

La primera de ellas se basa en la hipótesis de que las condiciones en las que nuestra especie ha tenido que evolucionar para sobrevivir han favorecido mutaciones en genes particulares que han permitido la supervivencia de nuestros ancestros.

Evidentemente, estas mutaciones causarían diferencias entre los genes humanos y los del chimpancé, pero estas diferencias no podrían ser muchas, ya que los genomas de las dos especies son muy similares.

De ser cierta esta hipótesis, querría decir que durante la divergencia evolutiva entre nosotros y el chimpancé, se han producido mutaciones en unos pocos genes, precisamente en aquellos que más influencia deben tener en el desarrollo cerebral, la bipedación, y el lenguaje, entre otras cosas.

De hecho, es cierto que una mutación en un gen, del que ya hablé en estas páginas hará unos tres años, parece ser la responsable de que nuestra especie posea un lenguaje vocal tan sofisticado, y los chimpancés, en cambio sean incapaces de tan especializada vocalización.

De los factores humanos

Sin embargo, las mutaciones en el genoma no sólo se producen en los genes. De hecho, mutaciones que pueden ser responsables de grandes cambios pueden no producirse en absoluto en el interior de un gen, sino en las regiones que controlan su funcionamiento.

Y es que los genes del genoma no siempre están funcionando, ni lo hacen con la misma intensidad durante la vida de los animales y de las células que los componen.

El funcionamiento de los genes está sobre todo controlado por unas proteínas que se denominan factores de transcripción.

Estos factores, que a su vez, por supuesto, son producto de la actividad de sus genes, se unen a regiones determinadas del ADN y ponen en marcha o detienen la actividad de numerosos otros genes.

Los factores de transcripción, entre otras cosas, son los responsables de que las células de nuestro cuerpo sean diferentes entre sí y ejerzan cada una su función, y no tengamos, por ejemplo, neuronas en los genitales, aunque más de uno, e incluso más de una, se esfuerce en pensar con ellos.

Sería pues posible que las diferencias entre chimpancés y humanos no fueran debidas a mutaciones en los genes, sino a mutaciones que afectaran la intensidad con que determinados genes funcionan, aunque estos genes sean idénticos en el humano y en el chimpancé.

Para estudiar si éste podría ser el caso, un grupo de investigadores de la Universidad de Yale, en los EE.UU., ha analizado la intensidad con que funcionan miles de genes diferentes en el hígado de humanos, chimpancés gorilas y orangutanes.

Los investigadores descubrieron que ciertos genes funcionaban más intensamente en los humanos que en las otras especies de grandes primates.

Curiosamente, como esperaban, un porcentaje elevado de los mismos correspondía a factores de transcripción.

Esto quería decir que, puesto que estos factores controlan a su vez la intensidad con que funcionan otros genes, podría radicar aquí, más que en mutaciones en esos genes, la razón de las diferencias entre humanos y chimpancés.

Pero el interés de estos estudios no es solo académico, ya que abren la puerta a nuevos descubrimientos que pueden afectar a nuestra salud.

Estos investigadores han descubierto que alrededor del 60% de los genes estudiados no varía en la intensidad de su funcionamiento en ninguna de las especies de primates.

Es decir, durante los cerca de 15.000.000 de años de evolución que separan el orangután del ser humano, la intensidad con que funcionan esos genes no ha variado.

Esto indica que debe ser importante mantenerlos funcionando dentro de determinados límites.

Curiosamente, alguno de estos genes se ha detectado funcionando de manera anómala en determinados cánceres, lo que sugiere que cambios en su funcionamiento pueden estar relacionados con esta enfermedad.

Esto quiere decir que otros genes dentro de esta categoría, de funcionar más o menos de la cuenta, podrían ser el origen de otras enfermedades.

Habrá que investigar mucho más para averiguar cuáles son estos genes y porqué su mal funcionamiento causa una enfermedad ¿No les decía al principio que la ciencia genera más preguntas de las que responde?

Al margen de diferencias moleculares, muchos mantienen que lo que nos hace humanos es nuestra capacidad para reír, nuestro sentido del humor, que ninguna otra especie posee, o al menos no en un grado tan elevado como el que los redactores del Boletín Oficial del Estado demuestran.

Sin embargo, otra hipótesis, más seria, defiende que la característica que nos hace humanos es nuestra capacidad para colaborar y ayudar a los demás, incluso a personas que no conocemos de nada, ni hemos visto, ni veremos nunca.

Y es que solo individuos de nuestra especie son capaces de ofrecer ayuda desinteresada a otros, incluso de otros países y culturas, o de otros continentes donde haya podido suceder una tragedia.

Es esta capacidad para colaborar con otros la que muchos creen ha sido la clave para éxito evolutivo y la supervivencia de nuestra especie.

El ser humano, solo, no es nada y, en cambio, en el seno de un grupo es donde puede alcanzar toda su potencialidad, buena o mala. De hecho, es solo en el seno de un grupo donde las nociones de bien y de mal cobran sentido.

Sin embargo, nuestros hermanos genómicos, los chimpancés, son también capaces de colaborar entre sí.

La cuestión que aún no está del todo esclarecida es el grado de colaboración del cual los chimpancés son capaces con respecto a nosotros.

En general, las teorías evolutivas mantienen que la colaboración entre individuos de la misma especie es más probable si entre estos existen lazos de sangre.

Ya he mencionado que esto no sucede exactamente así en la especie humana.

¿Ocurre lo mismo con el chimpancé?

Por otra parte, nosotros solemos identificar a la perfección a aquellos que están más dispuestos y son más eficaces cuando nos ayudan.

¿Pueden discriminar también los chimpancés a aquellos individuos más adecuados para una determinada tarea que deba realizarse en colaboración?

Para responder a estas cuestiones, unos investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (que reclutan primates para sus filas de donde menos te lo esperas) han llevado a cabo unos interesantes experimentos con chimpancés, que pretendo explicar a continuación.

En el primer experimento, se ofreció a ocho chimpancés semisalvajes, no relacionados entre sí por lazos de familia, la posibilidad de reclutar ayuda de otros chimpancés en situaciones en las que era imperativo para conseguir comida, o en situaciones en las que esta ayuda no era necesaria.

Los chimpancés se introducían solos en una estancia central donde para alcanzar la comida que se les ofrecía era necesario tirar de dos cuerdas al mismo tiempo.

Esta estancia estaba comunicada con otras dos estancias cerradas por una reja corrediza en las que se colocaba a un chimpancé en cada una.

Al chimpancé de la estancia central se le proporcionaba una llave (una ficha de madera) que permitía abrir las rejas de las estancias vecinas.

Es decir, este chimpancé podía decidir si era necesario dejar entrar o no a un colaborador en su estancia.

Si las cuerdas estaban situadas a corta distancia entre sí, el chimpancé de la estancia central podía tirar solo de ellas.

Pero si las cuerdas se colocaban a una distancia grande, hacía falta que dos chimpancés tiraran de las cuerdas al mismo tiempo.

En ese momento, el chimpancé de la estancia central debía analizar el problema, si era capaz de hacerlo, y decidir dejar entrar a otro de los chimpancés de una de las estancias vecinas para que le ayudara en su tarea, y por supuesto, compartir la comida conseguida con él.

Los resultados de estos experimentos, publicados por el doctor Tomasello et al. (et al.: y sus colaboradores) en la revista Science son ilustrativos.

El chimpancé de la estancia central abría una de las rejas para dejar entrar a un colaborador solo si era necesario, es decir, si las cuerdas estaban colocadas a una distancia que hacía imposible que el chimpancé tirara solo de las dos a la vez.

Por otra parte, si bien al principio de los experimentos el chimpancé de la estancia central podía dejar entrar indistintamente a cualquiera de los dos chimpancés de las estancias vecinas para que le ayudaran, pronto aprendía cuál de sus colegas era más eficaz o más competente para ayudarle a tirar de las cuerdas.

Era a este a quien seleccionaba para que le ayudara, dejando al otro pobre chimpancé siempre encerrado en su estancia, a pesar de sus gritos de protesta.

Así pues, nuestros hermanos los chimpancés, que si en algo nos aventajan es en que no han inventado aún a los juristas, son capaces de detectar cuándo necesitan ayuda y cuándo no.

Más importante aún, son capaces de identificar qué individuos son los que mejor colaboran con ellos y son, por tanto, capaces de seleccionar a los que más les conviene para que les ayuden en lo que necesitan.



En todo caso, las sofisticadas capacidades de colaboración de los chimpancés nos demuestran que nuestros ancestros, cuando se separaron evolutivamente de los chimpancés hace entre cinco y siete millones de años, eran probablemente ya capaces de un alto grado de colaboración que posiblemente fue determinante para la supervivencia de nuestra especie, el Homo sapiens, que bien podría también llamarse “Homo colaborans”.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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