Panopticón, sociedad y honradez

Panopticón, sociedad y honradez
Me siento fascinado cuando la ciencia proporciona evidencia objetiva sobre lo que se sospechaba cierto desde hace milenios, pero nunca nadie se había tomado la molestia de confirmar.

Seguramente, sabe usted que a Dios, entre otras cosas, se le representa como un triángulo con un ojo dentro.

Dios es el ojo que todo lo ve. La educación religiosa que recibí de niño insistía en que, si hacía algo malo creyendo que nadie me veía y que así me salvaría del castigo, estaba equivocado.

Dios lo veía todo, y estaba siempre mirándome.

Si acaso uno dudaba de la omnipotencia de Dios para verlo todo, entonces Big Brother, el Gran Hermano, tomaba el relevo.

Es este el gobierno, los servicios secretos, o en general alguien o una organización con autoridad, que vigila nuestro comportamiento y ve todo lo que hacemos, sabe nuestros gustos, conoce nuestra intimidad.

El escritor George Orwell hizo famosa esta figura en su novela titulada “1984”.

Pero la idea de un “Gran Hermano” no es tan reciente como parece. Ya a finales del siglo XVIII al filósofo británico Jeremy Bentham se le ocurrió materializar a un “Gran Hermano” en una prisión de su invención, que nunca se llegó a construir.

La prisión debía ser un edificio circular, de varias plantas. Las celdas estarían situadas en la pared de ese círculo.

En el centro del mismo, se erigiría una columna desde la que los carceleros vigilarían las celdas. Las ventanas de la columna permitirían a los guardianes observar a los prisioneros, pero no que estos les observaran a ellos.

Esta prisión fue denominada el Panopticón (“ver todo”) y su objetivo era reducir el número de carceleros necesarios para vigilar a los presos, ya que, al no saber si estaba siendo o no observado, el preso se comportaría siempre como si lo estuviera.

El filósofo francés Michel Foucault, en su obra “Vigilancia y Castigo. Nacimiento de la Prisión” elucubró sobre el mecanismo psicológico que explicaría la eficacia de esta prisión y supuso, creo que acertadamente, que el objetivo de la prisión era “inducir en el interno un estado de conciencia sobre su visibilidad permanente”.

El poder es visible (la torre central) pero no verificable, es decir, es imposible averiguar si vigila o no.

El preso se siente continuamente vigilado incluso cuando no se le vigila, con lo que se consigue que el preso se vigile a sí mismo, y siempre se comporte bien.

Es inherente a estas ideas la suposición de que la simple vigilancia, no la amenaza de premio o de castigo, consigue ya un mejor comportamiento de todos nosotros.

¿Es esto cierto?

 ¿Basta con sentirse vigilado para comportarse cívicamente, o hace falta que le den a uno seis o siete puntos de sutura a su carné de conducir para conseguir un comportamiento cívico, aun sea solo en carretera?

Por increíble que parezca, hasta la fecha, esta importantísima cuestión no había sido estudiada científicamente, esto es, mediante experimentos controlados en los que se pudiera valorar la honradez y honestidad de los comportamientos de personas normales al sentirse o no vigiladas.

Afortunadamente, es cosa hecha.

Un grupo de biólogos conductistas de la Universidad de Newcastle, Reino Unido, a cargo de la compra de suministros para la máquina de café comunitaria de su grupo de investigación, estaba hasta los ojos de que sus 48 colegas se sirvieran café sin contribuir con el aporte económico proporcional a su consumo que, tal y como habían acordado, debían depositar en una caja tras cada consumición.

Los investigadores decidieron entonces aprovechar esta situación, tan común en muchos lugares de trabajo, al menos en los anglosajones, para realizar un interesante experimento con sus colegas, sin que estos sospecharan que estaban siendo estudiados como monos en una jaula.

Los investigadores colocaron un póster sobre la caja del dinero, en el que se indicaban los precios del té, del café y de la leche que debían depositarse en la caja al consumir estas bebidas.

El póster también mostraba, en su parte superior, una imagen que cada semana variaba entre unas bonitas flores, fotos de personas, o simplemente un par de ojos.

Estas últimas imágenes se hicieron variar en el sexo y en la orientación de la cabeza, o de la mirada, de tal manera que los ojos enfocasen o no directamente al observador.

Cada semana, los investigadores determinaron la cantidad de dinero voluntariamente depositada en la caja, que en teoría debía ser proporcional al consumo.

Para evitar el error que podría surgir de consumos de té o café muy diferentes en las diferentes semanas, los investigadores también determinaron el volumen de leche consumido cada semana, que se utilizó como una indicación del consumo total de té y de café.

Los investigadores calcularon así la proporción entre el dinero depositado en la caja y la leche consumida, y estudiaron si existía alguna relación entre esta cantidad y el tipo de foto, mirada o flores, que se presentaba en el póster.

Pues bien, los colegas de estos investigadores llegaron a pagar 2,76 veces más por sus consumiciones cuando lo que se mostraba en el póster era un rostro o unos ojos observándoles que cuando se mostraba una persona que no les miraba, o las bonitas flores.

Hay que aclarar que la mayor cantidad de dinero depositada en la caja cuando la foto del póster era una mirada observadora no era debida a una mayor generosidad de los consumidores, sino a que estos depositaban más frecuentemente la cantidad justa.

La conclusión de este trabajo es que nuestros cerebros están condicionados, probablemente de manera innata, a responder a ojos y a caras que nos observan con un comportamiento menos egoísta, aunque no seamos conscientes de ello.

Así pues, parece que poseemos una tendencia natural a comportarnos de manera socialmente más aceptable cuando nos sentimos vigilados, incluso si no somos vigilados.

Es decir, la teoría del Panopticón parece cierta, y cuando nos sentimos vigilados por otros, en realidad nos vigilamos nosotros solos.

Perdido ya el poder de la vigilancia divina, ¿qué podemos hacer con este nuevo conocimiento que confirma tan viejas intuiciones? Muchas cosas.

Aquí sugiero algunas. Los niños se comportarán mejor en casa si en cada habitación se coloca una sonriente foto de los padres mirando hacia ellos.

En lugar de cámaras impersonales de vigilancia en las calles y autopistas, deberíamos colocar fotos de personas observándonos, ojos que nos vigilen… aunque no nos vigilen.

Deberíamos sustituir la vigilancia real, por la vigilancia virtual, esa que, gracias a un truco de nuestro cerebro, nos induce a ser verdaderamente responsables y cívicos.

Que tragedia que el ser humano deba, quizá, engañarse a sí mismo para convertirse, precisamente, en un ser humano íntegro.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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