Cerebros inadaptados

Cerebros inadaptados
El ser humano moderno todavía posee genes de la edad de piedra que siguen condicionando su comportamiento en la actualidad.

Debo confesar que, tras mucho leer y mucho pensar, he llegado a convencerme de que una de las maneras más eficaces de cambiar el mundo es la de conseguir conocernos mejor como seres humanos, para saber así qué esperar de nosotros mismos y cómo mejor superar nuestras limitaciones.

Ya saben mis lectores que creo firmemente en la ciencia y en el método científico como la mejor aproximación al conocimiento del mundo, y también de nosotros mismos, de nuestro comportamiento y de nuestras motivaciones.

En este sentido, recientemente asistimos a una explosión de trabajos científicos en psicología cognitiva y neurociencias.

Estas investigaciones nos están revelando asombrosos hechos sobre nuestra naturaleza, que muchas veces se encuentran en contraposición palmaria con lo que una vez nos contaron en la escuela, nos enseñaron a valorar como a nuestra vida (si no esta, sí la vida eterna), y que la mayoría aún cree.

 Por esa razón, estos nuevos conocimientos no son fáciles de asumir.

Sin embargo, por difíciles de asumir que sean, de nada vale no considerarlos y no aprovecharlos para conocer mejor las causas de muchos de nuestros comportamientos y miedos y para comprender mejor así los problemas de nuestro mundo, los cuales son causados en gran parte por nuestra acción o inacción.

La conclusión más importante de esos trabajos de investigación es que, si bien nuestro mundo es muy moderno, resultado de las nuevas tecnologías y de la explosión de la vida en las ciudades, nuestro cerebro no está genéticamente adaptado a él.

Se empeña en mantener instintos, ahora inútiles, pero que fueron cuestión de vida o muerte desde el origen de nuestra especie hace más de cinco millones de años hasta hace solo unos 9.000 años, cuando se inventó la agricultura y la ganadería, y la humanidad pudo abandonar la peligrosa lucha cotidiana necesaria para la búsqueda de alimento.

Por ejemplo, para conseguir proteínas de calidad era necesario salir de caza con otros miembros del clan, armados de armas primitivas, y enfrentarse a grandes animales que luchaban por su vida.

Hace falta un cierto gusto por el riesgo para cazar en esas condiciones, es decir, aquellos que encontraran cierto placer en estas actividades, un placer que dominaba al natural miedo, tenían más probabilidades de conseguir alimento, más probabilidades, por tanto, de sobrevivir y reproducirse y más probabilidades de pasar sus genes a la siguiente generación.

Como consecuencia, tras miles de generaciones en este entorno, se seleccionaron mutaciones en los genes que regulan el funcionamiento de aquellos circuitos neuronales que proporcionan placer ante las situaciones de riesgo.

Hoy, en cambio, lo más arriesgado con lo que podemos encontrarnos al ir al supermercado es, quizá, cruzar la calle.

Esos genes ya no hacen falta para nuestra supervivencia.

Pero esos genes siguen aún hoy con nosotros.

No ha habido tiempo para que en los últimos 9.000 años se produzcan cambios genéticos que anulen su actividad, ya que la evolución es lenta y solo actúa de generación en generación.

Por esa razón, la mayoría seguimos “amando” el riesgo; encontramos placer en él y en cada nuevo desafío y nos hacemos pilotos, bomberos, astronautas, o hasta científicos.

Algunas incluso se atreven a ser becarias de investigación en alguna universidad.

En cualquier caso, la lección que no debemos olvidar es que nuestras motivaciones para hacer o no algo arriesgado dependen de genes que permitieron la supervivencia de nuestros ancestros, pero que no son buenos consejeros hoy.

Asociada con este amor por el riesgo encontramos la aversión por la pérdida. Su clan ha cazado un jabalí, pero el clan vecino se lo quiere arrebatar.

Si eso sucede, alguno, quizá su propio hijo, puede morir de hambre. La supervivencia se verá, pues, facilitada si perder lo que se posee produce un fuerte sentimiento de aversión, de rabia, que nos incite a proteger lo que poseemos.

De nuevo, mutaciones en genes que modulan los circuitos neuronales implicados en este sentimiento ante la pérdida y que, por tanto, ayudan a evitarla, fueron seleccionadas durante la evolución de nuestra especie.

Estos genes también siguen con nosotros hoy, y ejercen una poderosa influencia sobre la economía mundial.

El psicólogo y economista Daniel Kahneman, premio Nobel en 2002, mostró en sus investigaciones que en el mundo de la bolsa, las decisiones de los accionistas, hasta entonces erróneamente consideradas, como tantas otras cosas, como racionales, están en realidad regidas por reacciones emocionales instintivas que inducen a minimizar la posibilidad de pérdidas a corto plazo.

Sin embargo, esa reacción instintiva puede conducir a pérdidas mayores a largo plazo que hubieran podido evitarse de haber sido algo más racionales y menos emocionales en nuestra toma de decisiones.

Pero los “genes anti-pérdida” no nos lo consienten.

Estudios cerebrales indican que ciertas zonas del cerebro se activan mucho más fuertemente ante la posibilidad de pérdida que ante la de ganancia.

Es una reacción instintiva, no aprendida, regulada por nuestros genes.

De nuevo, conocer que ese instinto existe, conocer que reaccionamos de una determinada forma, puede ayudarnos a tomar mejores decisiones y a modular nuestros instintos hoy inútiles.

Evidentemente, lo peor que hemos heredado de nuestros ancestros son genes que predisponen a la violencia.

La defensa ante los ataques de otros clanes, o el ataque para arrebatarles lo que poseen, eran comportamientos violentos que ayudaban a la supervivencia.

Las investigaciones en neuropsicología demuestran que el cerebro actual sigue estructurado para la agresividad, con una estructura que se adquiere durante su desarrollo y está determinada por los genes.

De hecho, la guerra de clanes sigue muy vigente hoy, sean estos religiosos, deportivos o políticos.

El ser humano es un animal tribal y agresivo. Pero en el mundo moderno es absolutamente indispensable controlar esa agresividad.

Afortunadamente, también hemos heredado de nuestros ancestros la capacidad de ser altruistas, de ayudar a los demás, de colaborar con ellos.

Era esta una tendencia igualmente fundamental para la supervivencia en la noche de los tiempos.

Al ayudar a sobrevivir al prójimo, sobre todo a nuestros parientes, ayudábamos a sobrevivir a los genes que compartíamos con ellos.

Por tanto, genes que potenciaran este comportamiento ayudaban a la supervivencia y se transmitían más fácilmente a las generaciones futuras, hasta llegar a nuestros días.

Y menos mal, porque la sociedad humana no sería posible sin esta capacidad de ayuda recíproca que también hemos heredado.

La ciencia, pues, también nos ayuda a conocer nuestras tendencias, buenas y malas, y cómo éstas son reguladas por nuestro cerebro.

Solo conociendo estos mecanismos, lo que sigue siendo investigado, podremos anular las malas y potenciar las buenas.

Podremos adaptarnos a nuestro mundo fruto, de todas formas, de nuestros cerebros.

Sin duda, esto ayudará a conseguir un mundo mejor, con menos violencia y más colaboración.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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