De los placeres y simplicidades de la vida

De los placeres y simplicidades de la vida
Hace un tiempo vi la película The Pillow Book, de Peter Greenaway.

Una de las referencias vitales de su protagonista es el Diario Íntimo de Sei Shonagon, una mujer que fue dama de compañía de la Emperatriz Consorte en el Japón de hace mil años.

Este Diario está compuesto fundamentalmente de listas, entre ellas la lista de las cosas que hacían latir su corazón más deprisa (en el sentido de cosas que le gustaban), como por ejemplo la contemplación de un ciruelo en flor cubierto de nieve, pasar a un lugar en donde juega un niño o dormir en una habitación con olor a incienso.

Ya en otras ocasiones he hablado de los placeres sencillos de la vida y de las satisfacciones que pueden proporcionarnos si estamos atentos para detectarlos: la Sencillez es elegante, es Belleza.

Igual que muchos internautas han hecho ya, yo he querido también confeccionar mi propia lista de pequeños placeres; puede que no estén todos los que son, pero sí son todos los que están:

-Un trago de agua fresca en un caluroso día de verano: lo que mejor me sabe en el Mundo, a pesar de no tener sabor.

-Cocinar mis propios spaghetti cada fin de semana, con una salsa de mi propia invención. Es apostar sobre seguro: un plato fácil de hacer y sin sorpresas, algo que sé que me va a gustar.

-Percibir un olor agradablemente familiar, un olor que me trae buenos recuerdos del pasado.
-Amar por la noche el borde más fino de la sábana y sentirlo entre la yema y la uña de alguno de mis dedos.

-Una ducha fría en verano. O una ducha caliente en invierno.

-Reventar las burbujas del plástico de embalaje.

-Oír desde la comodidad de mi cama el sonido de la lluvia en la calle, y a la vez sentir en la cara y en los pulmones la brisa fresca que la ha traído.

-Percibir el suave sonido de unas tijeras recortando, de un lápiz dibujando o de cualquier otra tarea de tipo manual, especialmente si la lleva a cabo una mujer hermosa.

-Escuchar una canción que me gusta saliendo de un balcón mientras camino por la calle, y que además esa canción en particular sea la banda sonora perfecta para ese instante.
-Ver niños jugando, comprobar que aún queda algo de inocencia en este Mundo (Seguramente esto no estaría en el Top de mi lista si tuviera que comerme veinticuatro horas de inocencia cada día).

-Pasear por el casco antiguo de Valencia.
-Contemplar un hermoso paisaje, como por ejemplo la luna llena sobre los edificios o las puestas de sol de las que ya os he hablado.
-Ver que me ha llegado un e-mail de alguien muy querido con el que no tenía contacto desde hacía tiempo.

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-Recibir una sonrisa amplia y sincera de un amigo o una amiga.
-Una conversación sobre un tema interesante con una persona interesante (últimamente esto lo hago menos de lo que me gustaría).

-Ver una buena película, o en general oír o leer una buena historia.
-Aprender algo nuevo sobre las cosas que realmente importan, o descubrir una relación entre dos conceptos que había pasado por alto hasta ese momento (Por eso me lo paso tan bien preparando las entradas del blog).
-Que todo salga según lo planeado.

Aparte de todos éstos, hay otros placeres sencillos, relacionados con el sexo y el cariño, que son fáciles de conseguir… cuando tienes pareja, claro; de ellos hablaremos algún otro día. También he dejado fuera de la lista un ejemplo concreto sobre el que quiero extenderme un poco más: es una fría noche de invierno, después de un duro día de trabajo, y ha llegado la hora de meterme en la cama calentita…

Os puedo asegurar que muchas de estas noches se me dibuja en la cara una gran sonrisa de satisfacción, a veces incluso varios segundos antes de entrar en la cama, por pura anticipación del gustito que se me avecina; incluso hay días que me entra la risa floja en cuanto me meto bajo las sábanas, y no puedo parar de reír durante un rato (intentando contenerme, no se vayan a pensar los vecinos que estoy loco).

Me da la impresión de que éste es un momento realmente feliz para mí porque en él se conjugan Pasado (he aprovechado bien el día, he aprendido cosas), Futuro (estoy cansado y voy a poder descansar) y Presente (la temperatura bajo las sábanas se va haciendo más y más agradable y su tacto es suave).

Esto me recuerda otra cosa: está claro que en nuestra vida diaria tenemos que pararnos de vez en cuando a reflexionar sobre nuestros errores pasados o a intentar predecir las consecuencias de nuestros actos en el Futuro, pero no es lógico vivir constantemente fuera de nosotros mismos, siempre en el Pasado o en el Futuro…

También debemos emplear parte de nuestro tiempo simplemente en vivir el Presente, en disfrutar el momento; creo que ésta es una de las claves para ser feliz.

Pautas tan básicas como disfrutar de los pequeños placeres o vivir el momento son cosas que tenemos muy claras cuando somos niños y que vamos olvidando poco a poco a medida que crecemos, debido al inmisericorde bombardeo de imágenes, datos e ideas que sufre nuestro cerebro en esta sociedad de la información (o debería decir de la infoxicación) en la que nos hallamos.

Es difícil después discernir lo importante de lo accesorio y comprender que la solución está en la vuelta a lo esencial, y no todos lo consiguen.

De hecho, Nagiko, la protagonista de la pelicula de Greenaway, no logra confeccionar la lista de cosas que hacen latir su corazón más deprisa hasta cumplir los 28 años.

Hay muchas personas que se olvidan de Vivir y les cuesta bastante tiempo (si es que lo logran, como decíamos) darse cuenta de que las cosas más importantes son a veces las que tenemos delante de nuestras narices, las que damos por sentado y no disfrutamos como deberíamos: el trabajo, el ocio, los amigos o la familia.

Como decía John Lennon, la Vida es todo lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes.Al margen de su trabajo y de sus obras, Shonagon tuvo al parecer dos hijos de dos matrimonios distintos, además de numerosos amantes.

Después de todas estas experiencias, tras la muerte de la Emperatriz Consorte, permaneció aún unos años más en la corte y posteriormente se ordenó religiosa budista, manteniéndose gracias a las limosnas en los alrededores de la capital y viviendo errante hasta el fin de sus días.

Remontémonos hoy aún más atrás en el Tiempo, al Nepal y a la India de hace dos milenios y medio, donde según las crónicas el príncipe Siddharta Gautama, tras vagar seis años en busca del Sentido de la Vida, alcanzó finalmente el Nirvana sentado bajo un árbol, convirtiéndose en el Buda (el Despierto).

Después de su despertar, la primera enseñanza a sus discípulos fueron las Cuatro Nobles Verdades, que contienen casi todas las ideas importantes del budismo:

-Toda existencia conlleva sufrimiento. El sufrimiento está siempre presente: el nacimiento, la enfermedad, la vejez o la muerte suponen sufrimiento; incluso la felicidad no llega a ser nunca completa del todo.

Al sufrimiento se le designa en lengua Pali con la palabra Dukkha, que se puede traducir también como dolor, tristeza, insatisfacción, imperfección o insustancialidad.

-La causa del sufrimiento es el deseo. El origen de todo dolor se halla en pasiones humanas como el odio, el anhelo (el deseo hacia lo que no se tiene) o el apego (el miedo a perder lo que se tiene), y en la ignorancia acerca de la interdependencia de las cosas y su fugacidad en el Mundo.

Para el deseo se emplea en Pali el término Tanha, llamándosele también el anhelo, la sed o el ansia.

-El sufrimiento puede ser vencido extinguiendo el deseo. Cada cual debe embarcarse en un estudio para conocer y comprobar las causas de su propio sufrimiento, y después eliminarlas, vaciándose de todo deseo y alcanzando así la sabiduría.

-El camino que lleva al cese del sufrimiento, permitiéndonos alcanzar el despertar, el Nirvana, es lo que se conoce como el Noble Sendero Óctuple: Comprensión correcta, Pensamiento correcto, Palabra correcta, Acción correcta, Ocupación correcta, Esfuerzo correcto, Atención correcta y Concentración correcta.


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Según los estudiosos de esta religión, las cuatro afirmaciones anteriores vienen a ser el equivalente a un procedimiento médico, pero para curar en este caso una enfermedad del espíritu: el síntoma es el sufrimiento, el diagnóstico es el deseo, el pronóstico de recuperación es razonablemente bueno y la prescripción o receta consiste en seguir el Noble Sendero Óctuple.

Aunque yo personalmente no estoy muy familiarizado con esta doctrina, me parecen bastante razonables la mayoría de las afirmaciones anteriores, e incluso creo que algunas de ellas ya se han comentado antes en el blog en otras palabras: sin duda el paso del Tiempo y el apego a la Belleza fugaz que nos rodea producen sufrimiento.

Sin embargo, hay que hacer una puntualización: no debemos reducir nuestros deseos o aspiraciones totalmente a cero, porque eso supondría en cierto modo renunciar a la Belleza del Mundo. Creo que la clave para ser feliz radica en encontrar el punto justo de equilibrio entre el hedonismo y el ascetismo, entre la búsqueda continua de nuevos placeres y la supresión de placeres tan básicos como hacer tres comidas al día.

Se trata de conformarse con los placeres sencillos de la vida, de los que ya estuvimos hablando la semana pasada.

Pero ¿cómo se define lo que es exactamente un placer sencillo?

Yo soy un hombre de placeres realmente simples, más habituales y fáciles de conseguir que algunos otros de los que habla la gente por la Red: no siempre es sencillo encontrar nieve virgen para pasear por ella mientras un sol de luz tibia y roja se pone por detrás de los abetos; y no todos los días es el cumpleaños de un amigo, ni hay tiempo de sobra para preparar una fiesta sorpresa, y jugar al escondite o romper una piñata llena de caramelos.

Y a mí me parece sencillo disfrutar de un buen desayuno con ricos croissants y café con leche, pero no es tan sencillo que te los traiga a la cama tu preciosa novia que te ama con locura, en el piso de arriba de tu lujosa casa de campo…

Este concepto equivocado de lo que son los pequeños placeres de la vida presupone que hace falta suerte o esfuerzo para conseguirlos, que hay que ir a buscarlos en lugar de dejar que vengan a ti, en cuyo caso dejan de ser sencillos, ¿no?

Ya sé, ya sé que todo esto es bastante confuso, pero nadie dijo que la búsqueda de la Felicidad fuera algo fácil.

En este tema juegan un papel muy importante las expectativas previas. La misma película puede gustarte más o menos dependiendo de lo que te hayan comentado de ella antes: si te han dicho que es un asco, puedes salir contento del cine, pensando que no está tan mal; y si te han dicho que es una obra maestra puedes acabar decepcionado con lo que has visto.

O si hablamos de salud, las expectativas de un paciente previas a un tratamiento o intervención médica influyen en su nivel de satisfacción final.

Cuando tus expectativas no se cumplen, no eres feliz; o, en la terminología que hemos usado arriba, no obtener lo que deseas te produce sufrimiento.

El problema está en que, como ya comentamos brevemente en anteriores entregas, nuestro entorno, la presión social, la publicidad y determinadas películas o programas de televisión nos hacen generar unas expectativas demasiado altas acerca de lo que podemos esperar de la vida.

La diferencia entre las expectativas generadas y la capacidad para hacerlas realidad es lo que se conoce como expectation gap, que se podría traducir como brecha (o desfase) de expectativas.

La clave está en hacer que esta brecha no sea muy grande, en no desear lo que no se puede conseguir.

No se trata de conformarnos con lo que tenemos aunque sea poco, ni de reducir nuestras expectativas al mínimo, sino de llevarlas a unos niveles razonables, de tener unos objetivos vitales realistas.

 Y para esto, primero hemos de conocer bien nuestras propias habilidades y capacidades con el fin de poner nuestras expectativas sólo un poco por encima, como estímulo para intentar superarnos día a día.

En definitiva, somos más felices cuando las expectativas son parecidas a los logros, cuando lo que deseamos no es mucho más de lo que ya tenemos: es siempre cuestión de mantener un equilibrio.

Hablando de equilibrios… recuerdo que hace ya tiempo encontramos un buen ejemplo de cómo apreciar la Belleza, un caso a medio camino entre los de Henri-Marie Beyle y Ricky Fitts…

Es verdad que uno de los síntomas del Síndrome de Stendhal es el ritmo cardíaco acelerado, pero no hace falta llegar a ese extremo para disfrutar de la Belleza del Mundo: basta con recordar que el mayor deseo de Amélie Poulain a los seis años era que su papá la cogiera en brazos de vez en cuando, y que por eso lo que le hacía latir el corazón más deprisa era el contacto físico excepcional que tenía con él durante el examen médico mensual…

Sin duda, Amélie es un buen ejemplo a seguir: cuando seas capaz, como ella, de hacer que el Mundo sea hermoso a tus ojos día tras día, de encontrar Belleza en cualquier detalle cotidiano, entonces tendrás el Mundo en tus manos.

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Fuente Ciencia al Día
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