¿Cómo se nombran los mapas planetarios?

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A Shakespeare le ha tocado en suerte dar nombre con sus personajes y obras a rasgos superficiales de Miranda o Titania, en el sistema de Urano.
Para el caso de los gigantes gaseosos, como Júpiter o Saturno, levantar un mapa de sus “superficies” es muy sencillo: no se puede hacer.

A lo sumo, su cambiante fisonomía permite, en fotografías o dibujos, señalar tal o cual área nubosa persistente, manchas como la gigantesca y famosa tormenta de color rojo jupiterina y rasgos similares.

No hay valles, ni cráteres, llanuras extensas o grandes cordilleras, únicamente un mar de gas y, en la profundidad, según aumenta la presión, inmensas extensiones líquidas que, si acaso, enmascaran un núcleo rocoso en su interior.

La cosa cambia con los planetas interiores y los satélites.

Son rocosos y sus superficies están marcadas por mil y una cicatrices de diversa naturaleza.

Cada satélite es un mundo aparte, valga la redundancia, en poco se parece a sus vecinos, así que levantar mapas de su superficie se convierte en una labor apasionante.

Ahora bien, cuando en la Tierra ya tenemos mapas de todo tipo y los topónimos han ido estableciéndose con el paso de los siglos, llega la hora de identificar morfologías extraterrestres y, cómo no, de dar nombres a los rasgos más prominentes que se vayan descubriendo.

En esto, como en casi todo, existe una normativa, una regla a seguir.

Quien dicta las normas es la Unión Astronómica Internacional (IAU), que cuenta con una taxonomía bastante compleja con la que se va dando nombre a los lugares lejanos marcados en los nuevos mapas.

Esos nombres responden a temas monográficos, asignados a cada mundo, área o tipo de accidente.

Hay ciertas temáticas “prohibidas”, por ejemplo, nada de nombres que recuerden a algo militar, político o religioso, salvo en el caso de algún célebre personaje anterior al siglo XIX.

Tampoco puede emplearse el nombre de una persona que todavía esté viva, así que quien quiera disfrutar con la fama de haber sido impreso su nombre en un accidente montañoso de cualquier satélite perdido en el espacio no tiene más remedio que morirse primero, eso sí, antes de ello debe haber realizado obras meritorias para lograr tal fin.

Por ejemplo, en la Luna, los cráteres de gran tamaño son nombrados en recuerdo de científicos, artistas o eruditos.

Los pequeños se reservan para nombres propios sencillos.

En Venus, entre otras nomenclaturas, las grandes marcas lineales se asignan a diosas de la guerra, las “tierras con dunas” a diosas de los desiertos y los grandes “continentes” a diosas del amor.

En Mercurio, como caso curioso, los valles se etiquetan siguiendo los nombres de instalaciones radiotelescópicas.

En Marte, los grandes valles se nombran, entre otros temas, con la denominación del planeta en diversos idiomas.

En Júpiter, concretamente en la luna Europa, los terrenos escabrosos recuerdan lugares de la mitología celta.

Viajando a Saturno, la luna Tetis únicamente muestra en su superficie rasgos en memoria de la Odisea de Homero.

A Shakespeare le ha tocado en suerte dar nombre con sus personajes y obras a rasgos superficiales de Miranda o Titania, en el sistema de Urano.

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