Las mujeres y la historia olvidada

Las mujeres y la historia olvidada
Vimos en la villa de Alcalá de Henares a la doncella Isabel de Vergara, dottísima en letras latinas y griegas.

La cual en toda disciplina seguía la manera y orden de estudiar de sus hermanos, que son dottísimos como en otra parte decimos.

En Salamanca conocimos a Luisa Medrana (de Medrano), doncella eloqüentísima.

A la que oyésemos, no solamente hablando como un orador, más bien leyendo y declarando en el estudio de Salamanca libros latinos públicamente.

Así mismo, en Segovia, vimos a Juana Contreras, nuestra discípula, de muy claro ingenio y singular erudición.

La cual después me escribió cartas en latín elegante y muy dottas. Juliana Morell destacó por la defensa que hizo de tesis filosóficas a los trece años y el dominio de catorce lenguas, además de diversas materias humanísticas y musicales, cuando todavía no había cumplido los quince…

Testimonio de Lucio Marineo Sículo (1460-1533), citado por María Antonia Bel Bravo, en su obra Mujeres españolas en la Historia Moderna. (Sílex Ediciones, Madrid 2002).

Las mujeres y la historia olvidada

El minúsculo espacio que comprende un artículo propio de revista divulgativa no suele servir más que de mero aperitivo para plantear temas de diverso interés que, de haber sido bien engarzados, abrirán el apetito del lector para bucear más allá de esas páginas buscando fuentes más abundantes de las que beber para saciar su sed de conocimiento.

Lo que me propongo hoy aquí se refiere al mismo afán, el asunto a tratar es muy vasto, aunque pudiera parecer lo contrario, por lo que me conformaré con picar la curiosidad de quien a estas letras se asome, confiando en que podrá navegar por su cuenta y riesgo en tan escurridizas aguas.

¿Qué gran tema histórico podrá ser ése al que me refiero para haberme arriesgado a redactar semejante parrafada? Se trata, ni más ni menos, que de las mujeres.

Más concretamente las mujeres doctas, sabias, escritoras, científicas, que a lo largo de los siglos, aunque en muchas ocasiones la letra impresa ha ignorado gravemente su presencia, han podido superar las trabas de su tiempo para dejar huella.

Marcas largo tiempo olvidadas de una historia, no paralela, ni complementaria a esa escrita por los grandes nombres, casi todos hombres, sino pieza singular y propia de cada uno de sus tiempos.

A poco que se escarbe, surgen huellas de osadas mujeres que sortearon prohibiciones y prejuicios para ir más allá de la función tradicional a la que habían sido condenadas a ceñirse de por vida.

Mi interés por las mujeres olvidadas en la historia, sobre todo en el mundo de las letras y las ciencias, surgió a raíz de la documentación que reuní para elaborar un capítulo dedicado a ellas en mi libro Herejes de la Ciencia (Corona Borealis 2003).

Desde entonces, el volumen de citas y datos sobre sabias mujeres de todas las épocas y lugares no ha hecho más que crecer en mi archivo, sorprendiéndome del arrojo y tenacidad de muchas de ellas, llegando a dar vida a una parte de nuestra historia que, por desgracia, todavía se encuentra en gran parte habitando en el olvido.

Eruditas del Siglo de Oro español

Habiendo dejado muy claro que este campo de estudio histórico es mucho más amplio de lo que pueda suponerse en un principio, y no habiendo espacio aquí para glosar las metas alcanzadas y tantas desventuras vividas por aquéllas mujeres, cabe únicamente abrir el apetito mencionando siquiera brevemente algunos casos sobresalientes.

Para ello, he pensado centrarme en una época concreta, lo que ha dado en llamarse Siglo de Oro español, que no es sino la gran franja temporal para la que suelen marcarse como ficticias fronteras la correspondiente a la publicación de la Gramática castellana de Nebrija en 1492 y la muerte de Calderón en 1681.

Así pues, tómense prácticamente al completo los siglos XVI y XVII y piénsese en gentes de letras, por acotar un poco en cuanto a materia a tratar. A la cabeza acudirán, sin duda, los grandes como Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Calderón o incluso Gracián y, si acaso, será recordada Santa Teresa de Jesús, aunque en rigor pertenezca a un tiempo algo anterior.

¿No aparece ninguna mujer en el horizonte? Un gran número, pero trístemente olvidadas, de las que en la mayor parte de los casos apenas si queda una minúscula huella de su paso por este mundo.

Véase, por ejemplo, esta sorprendente lista de mujeres eruditas renacentistas, en una época en la que alcanzar los saberes fue sin duda para ellas un logro excepcional, que es citada en un estudio sobre el helenismo en España por la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos en 1921:

Conocidos son los nombres de la Latina, Luisa Sigea, Ángela Zapata, Isabel Poya, que se distinguió por sus conocimientos en filosofía y abrió cátedra pública en Roma; sor Romera, Valentina Pinelo, Laurencia Méndez Zurita, Lucía Medrano, María de Mendoza, Luisa Morella, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes; Catalina de Paz, Paula Vicencio, Beatriz de Castro y Virués, María Téllez, Esperanza de Claramonte, Mariana Calvajal, María de Peralta, Ana de Ossorio, Luisa Zapata, Jerónima Fajardo, Graida Grimau, Luisa de Silva, Lucía Salicia, Isabel María Losa, Ángela Montena, María Sabiote, Clara de Barrionuevo, María de Urrea, Magdalena de Bovadilla, Isabel de Ribadeneira, Ana de Zuazo, Catalina de Solís, Margarita de Noronza, Juana de Contreras, Juliana Morell, Jerónima Ribot, Catalina Trillo, Leonor de Meneses, Cecilia Morillas, Catalina de Estella, Isabel de Rosales…

¡Y esto sólo era una selección! Si bien tal listado puede no decirnos nada, sólo hay que pensar en las trabas que debieron superar para sobresalir en un mundo que relegaba a la mujer a un papel muy alejado de lo público.

Naturalmente, existía una doble barrera que convertía prácticamente en imposible a una mujer el acceso a las universidades porque si, además de ser mujer, se carecía de recursos económicos, la puerta se cerraba por completo. Para las mujeres pertenecientes a las grandes familias tampoco era sencillo, pero al menos existía la posibilidad de educarse.

Desde el siglo XVI la Universidad de Salamanca posibilitó el acceso a sus aulas a las hijas de nobles y familias de buena posición. De ahí, por ese pequeño resquicio, surgieron un número considerable de cultivadoras de las letras.

He ahí, a modo de sencillo ejemplo, Beatriz Galindo, a la que llamaban “la Latina”, temprana muestra de escritora y humanista, cultísima preceptora de la reina Isabel la Católica y sus hijos, que vivió entre los siglos XV y XVI. Como miembro de una familia antaño de gran poder, pero venida a menos, su destino estaba fijado en el convento.

Pero sus dotes para el latín y la escritura, que cultivó en Salamanca, hicieron de ella famosa portadora de saberes.

Cuentan que a los quince años era capaz de emplear el latín de forma sublime y, en pocos años, su labor a la hora de traducir clásicos le valió el sobrenombre ya citado.

De su relación con la Corte surgieron fundaciones de hospitales y conventos, además de ser tenida en cuenta su opinión en los consejos.

No sólo cultivó el estudio de las letras, sino que igualmente, y como hija de su época, se dedicó a estudios teológicos y, lo que es menos corriente, a temas médicos.

La huella de su existencia persiste hoy en un barrio de Madrid donde vivió: La Latina, donde Beatriz fundó un hospital en 1499.

Ahora bien, si se busca un caso excepcional de prodigio en las letras, sin duda habrá que referirse a Juliana Morell.

No puedo imaginar a qué cimas de conocimiento hubiera podido llegar esta barcelonesa nacida en 1594 de haber tenido la dicha de vivir en un tiempo más propicio.

Decir que era una niña prodigio, una superdotada, es quedarse corto.

 En su tiempo fue tomada como la más extraordinaria muestra de sapiencia precoz jamás conocido, pues aprendió a leer y escribir a los cuatro años con monjes dominicos barceloneses quienes, pasmados, afirmaron que no eran capaces de enseñar nada nuevo a la pequeña.

Sus progresos no quedaron ahí, con seis o siete años aprendió griego y latín, además de hebreo. Doblando esa edad pudo dominar el francés, italiano e incluso el árabe.

En ese tiempo llegó a manejarse con soltura en catorce idiomas, estudiaba filosofía, astronomía, física, derecho y música y, fruto de un desdichado lío en el que cayó su padre, famoso banquero, cuando ella apenas tenía ocho años, se vio obligada a viajar a Francia huyendo, lo que curiosamente permitió a la prodigiosa criatura ser cultivada en grandes centros del saber de esa tierra.

Fue allí donde defendió una serie de tesis y logró en Aviñón en 1608 el grado de doctora summa cum laude.

Al poco entró al servicio religioso y, como en todo lo que emprendió, alcanzó con rapidez grandes logros, pues en pocos años pasó de novicia a priora de un convento.

El extraordinario caso de Oliva Sabuco

Sirvan los dos ejemplos anteriores como sencillo recordatorio de la existencia del resto de estas cultivadoras de las letras aunque, para cerrar este imperfecto repaso, cabe si acaso mencionar un personaje polémico.

Si algo llama la atención en el caso de Oliva Sabuco es la pasión con la que ha sido tratada su obra o, como dirían algunos, supuesta autoría de cierto sorprendente libro.

He aquí todo un misterio, pues en 1587 aparece una sobresaliente obra alumbrada por una escritora excepcionalmente precoz, además de filósofa y médica.

El problema más grave del caso se encuentra en que, mientras hay expertos que no dudan de su autoría, otros niegan que tal persona haya sido responsable de dar vida a tan polémico libro.

Veamos, al parecer Oliva nació en la población albaceteña de Alcaraz a finales de 1562. Hija de un boticario, lo poco que se sabe a ciencia cierta es que contrajo matrimonio en 1580 y falleció bien entrado el siglo XVII, en fecha ignorada.

Por lo demás, apenas si hay registro de lo que en su vida aconteciera y, sin embargo, el libro titulado Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana, publicado en Madrid en el año que antes he citado, parece haber sido escrito por la ignota Oliva.

El disputado libro es ciertamente sorprendente, una mezcla de filosofía, ciencia y medicina que logró gran predicamento en su tiempo, donde se recomiendan diversos procedimientos higiénicos, se enseñan conocimientos muy avanzados para su tiempo relacionados con la circulación de la sangre, la localización del “alma” en el cerebro y la importancia de la salud mental.

¿Realmente fue Oliva Sabuco, la olvidada mujer sin conocida instrucción médica, quien redactó tan magna obra?

La polémica sigue viva, pero de ser cierto nos encontraríamos ante un personaje realmente sorprendente y sobresaliente que, si el ánimo me lo permite, volverá a visitar estas páginas con más detalle muy pronto.


Mujeres silenciadas en la Edad Media

En la Edad Media ocurrieron muchas cosas más que esa ininterrumpida ignorancia que nos cuentan,, aquellas supersticiones y la opresión social.

Hoy, los académicos ven el milenio que separa la caída del Imperio Romano del Renacimiento como el proceso en el que emerge la idea de Europa como entidad cultural. Pero, aun así, la vida en el Medievo debía ser dura.

Y, si eras mujer, seguramente fuera más complicada. Esta es una de las conclusiones a las que ha llegado Sonia Ferrer, autora del libro Mujeres silenciadas en la Edad Media.

«Durante la Edad Media se desarrolló una idea muy misógina de la mujer, basada en las ideas de Aristóteles, que consideraba a la mujer un ser incompleto al faltarle los genitales masculinos», explica al teléfono, «y la Iglesia establecía dos modelos para ellas.

Podían dedicarse a ser esposas y madres, a la sombra de de su marido, o entrar en un convento y quedar bajo la tutela eclesiástica».

Además, sufrían los múltiples partos necesarios para formar una familia, debido a la alta mortandad infantil. Eso hacía que las posibilidades de morir aumentaran drásticamente.

«No querían que las mujeres despuntarán en ningún ámbito y a cualquiera que quisiera sacar los pies del plato y quisiera ser científica o doctora, fuera considerada una amenaza», asegura la creadora del blog Mujeres en la Historia.

La obra tiene varios ejemplos de este silenciamiento. El primero es el caso de Hildegard von Bingen, una abadesa benedictina que vivió en la Alemania del siglo XII. «Escribió libros de medicina, compuso diferentes piezas musicales, obras de teatro, ilustró sus obras místicas con ayuda de las monjas de su convento…

Además, hizo cuatro viajes fuera de los muros de las distintas abadías que fundó, algo muy raro en una época que los hombres salían a predicar pero las mujeres no, era inaudito.

Habló con emperadores, papas… les escribió cartas criticando su gestión», rememora Ferrer. «Si hubiera sido hombre, habría estado en todos los libros de historia medieval».

Ferrer ve la prueba del opacamiento a este modelo de mujer fuerte en su proceso de canonización. Abierto poco después de su muerte, se paró hasta el siglo XXI. Juan Pablo II, en el 800 aniversario de su muerte, la denominó profetisa y santa.

Su sucesor, Benedicto XVI, también se acordó de ella y finalmente en 2012 la inscribió en el registro de santos. «Tuvieron que pasar siglos hasta que se reconoció su valor».

Otro ejemplo es el de la médica Trotula de Ruggiero. Hija de un galeno de la universidad sita en esa ciudad, su padre reconoció la inteligencia y capacidad de su niña y aceptó que estudiará. Eso la convirtió en doctora.

Existen varios manuscritos firmados por ella. Passionibus Mulierum Curandorum es el más importante. 

«Es de medicina femenina, como la obstetricia, y habla de cosas tan novedosas para su tiempo como que la infertilidad también podía ser causa del hombre y lo demostraba con razonamientos científicos», explica.

Algunos historiadores negaron su existencia hasta el siglo XX con el alegato de que esa vida era demasiado compleja para una mujer. «De haber sido un hombre, no habría problemas de autoría».

Autoría es justo lo que no se le puede rebatir a Christine de Pisan, considerada la primera escritora profesional y una protofeminista.

Apoyada por su padre, «que reconoció la valía de su hija y le dio todos los libros que quiso», tuvo una infancia feliz y la suerte de casarse con un hombre que eligió. Pero el infortunio acecha y se queda huérfana y viuda en un corto espacio de tiempo. Quedará sola en París, sin ingresos, con deudas y cargas familiares.

«En vez de desesperar, decide echar para adelante y vivir de su escritura. Y así empezó a vender sus poemas a los nobles», cuenta Ferrer. «Su fama llegó a tal punto que acabó escribiendo la biografía del rey, algo totalmente excepcional».

Uno de sus libros, Le Livre de la cité des dames, es un conjunto de biografías de mujeres y reflexiones en torno a la defensa de sus capacidades y virtudes, siendo una precursora del feminismo contemporáneo.

Ferrer quiere aclarar que ese ensayo «no es un alegato en defensa acérrima de las mujeres para poner a los hombres de vuelta y media, ya que, por suerte, hubo muchos varones que en aquella época defendieron a las mujeres».

Algunas fueron muy «chungas». Elizabeth Bathory, las vinculadas al partido nazi… «También», explica, «hay que dar esa imagen».

La crueldad no entiende de sexos.

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Este post escrito por Carlos Carabaña, se publicó originalmente en Yorokobu.
Fuente -CC http://www.alpoma.net