Pasar del anonimato a la sobreexposición

Pasar del anonimato a la sobreexposición

Del más absoluto celo al exhibicionismo desmedido. Los humanos no tenemos medida.

En unos años nuestro uso de la Red ha cambiado casi por completo, pasando de un esquema en el que el usuario apenas compartía información sobre sí mismo (y se aprovechaba de ello) a otro en el que toda nuestra intimidad es susceptible de ser expuesta, compartida y comentada.

Y de eso nos beneficiamos nosotros, sí, pero también las empresas.

Imagina que vives en la Edad Media y que eres malo, malísimo. Podrías asesinar, violar o raptar a cualquiera sin temer demasiado por tu suerte.

No había pruebas de ADN, ni cámaras grabando, ni GPS en móviles, ni seguimientos de pagos con tarjeta que pudieran delatarte. Podrías haber sido un cabrón con total impunidad.

Claro, que cualquier vecino podría haberte acusado de brujería y, sin necesidad de más pruebas, haber acabado en la hoguera por las buenas. No ibas a ser tú el único malo de la película.

Algo similar -salvando las distancias- ocurre en la Red. Hace unos años apenas había rastros. Las cookies no eran lo que son ahora, ni los virus, ni la seguridad de ninguna página.

Pero tampoco nosotros, los usuarios, decíamos demasiado de nosotros.

Éramos anónimos, usuarios conectados que hacían cosas.

Teníamos nuestro particular acusador de brujería en forma de IP fija, pero tampoco es que hubiera una tecnología de rastreo demasiado avanzada.

Podíamos hacer casi de todo con impunidad y sin miedo a ser rastreados.

No es ya que no tuviéramos la necesidad de dar información sobre nosotros mismos, es que nos aprovechábamos de ello.

Podíamos ser cualquiera, decir lo que quisiéramos, fingir lo que nos apeteciera. Tras un nick en un chat, por ejemplo, o comentando noticias o posts.

Eran los tiempos en los que había que moderar los comentarios de cualquier portal porque la gente, parapetada tras su máscara, decía auténticas barbaridades.

Los que hacían las páginas web por aquel entonces estaban encantados con ese esquema por más que dijeran lo contrario: cada vez que alguien ponía un comentario se convertía en un usuario recurrente que entraba varias veces al día a ver si le habían contestado.

Y si eso se producía entonces el efecto cadena era imparable: por cada comentario, decenas de páginas vistas. Alimentar al troll, para entendernos.

Ahora las páginas apenas sacan beneficios de los comentarios porque ya no hay tantos comentarios: la gente ya no va a tu site a decir cosas, sino que se lleva el contenido de tu site a su entorno y ahí dice lo que quiere. Re-publica tu contenido añadiendo algo, un comentario.

Es lo que los modernos y gurús llaman un ‘prosumer’, el que consume información y produce otra a partir de ésta.

Otras vidas

El siguiente paso fue el de inventarse una historia propia. Fue la eclosión de los perfiles falsos, del boom de Second Life, Habbo y otras plataformas.

Comenzaron a aparecer los juegos en Red masivos en los que uno se creaba un perfil. La gente no es que no diera información sobre sí misma, es que inventaba lo que quería ser y lo construía.

Por aquel tiempo surgió un curioso vídeo -hoy desfasadísimo- que jugaba con la idea de una escalada de compras masivas entre empresas en una enloquecida carrera por dominar el contenido online.

La visión es absolutamente monopólica, tendente a que sólo pueda quedar un gigante controlando todo.

Pero la pista era buena, no tanto por que el futuro fuera por comerciar con vidas irreales, sino por la semilla de la idea del gusto personal.

En otras palabras, por esbozar el concepto de personalización.

Personalización

Curiosamente ese tercer paso es justamente el opuesto al primero. Pasamos de no compartir nada de nosotros mismos en la Red a compartirlo todo.

Amazon empezó a hacernos recomendaciones en función de lo que hubiéramos comprado. Napster nos decía qué otros grupos había buscado alguien que hubiera descargado la misma búsqueda que tú. Y llegó Google con su arsenal.

De pronto nos acostumbramos a la publicidad contextual, que no sólo lee lo que hay en la página en la que está, sino que sabe qué es lo que ha buscado el usuario del otro lado de la pantalla y busca información que le pueda interesar.

A eso súmale las redes sociales, el correo, la conexión con servicios de mensajería, con el smartphone, con la geolocalización, con el etiquetado…

Nuestra vida se volvió de pronto un escaparate constante. Contactamos con gente, encontramos servicios acorde a lo que nos interesa.

Pero el precio es elevado: en las cláusulas de los contratos que nadie lee indica claramente que las imágenes y recursos que compartamos en entornos de redes sociales pasan a ser propiedad de la plataforma.

Cuando el producto es gratis es que el producto eres tú. Y aquí el producto es de valor incalculable. Nosotros mismos introducimos, entusiasmados, todos nuestros datos. Nos segmentan, trocean y venden a anunciantes que quieren colar su mensaje para perfiles exactamente como los nuestros.

Pero más allá de la dimensión económica está la personal. Cualquier vídeo puede convertirse en un viral en segundos, independientemente de que quisieras que trascendiera o no.

También está la dimensión de la seguridad, tanto personal -por el acceso y sobreexposición de menores a gente con fines delictivos- hasta la delincuencia de toda la vida

¿O es que tú no has comprado nada por internet facilitando los datos de tu tarjeta de crédito?

Hábitos, fotos, lugares… pero también direcciones, contraseñas y medios de pago ¿Y todo eso a cambio de qué? De dos cosas.

Una, ser masa crítica estando donde están los demás (que es, a fin de cuentas, lo que hace triunfar a una red social). Dos, encontrar cosas que encajen exactamente con lo que soy y quiero.

Somos un producto, sí, pero también buscamos productos que encajen con nosotros.

Es la moraleja de otro vídeo -también desfasado- en el que una nueva escalada de competencia entre compañías se supone que dirime el futuro de la comunicación.

La respuesta al final es la ultrapersonalización, la automatización y la toma de decisiones de unas máquinas que nos facilite la vida dándonos exactamente lo que saben que queremos.

Del anonimato a la sobreexposición pasando por la invención de realidades irreales.

Si lo piensas bien, de ti se sabe todo en la Red: qué visitas, cuándo, desde dónde, qué buscas, cuánto tiempo lees, qué programas usas, qué dispositivos tienes, cuánto tiempo inviertes, qué envías, qué lees, quién te escribe, a qué respondes, qué compartes.

Y, si sumas todo eso, qué piensas sobre un montón de cosas.

La última frontera, la de qué pensamos, también empieza a caer. Con cada ‘me gusta’, cada ‘retuit’, cada ‘+1′ y cada ‘firma’ en los portales de movilización social dejas pistas de cuáles son tus puntos de vista sobre lo que te rodea.

Añádele la información que compartes en círculos más personales, como tus fotografías en Tuenti o Facebook y agítalo con un poquito de la información pública que existe sobre ti en la Red (multas, becas, notas, peticiones, enlaces…)

¿Miedo?

El siguiente paso será posiblemente conjugar todo eso en una mejor participación activa en el mundo que nos rodea.

En los últimos dos años se ha visto cómo han proliferado los ‘manifestantes de sillón’, que secundan campañas online pero luego no acuden a manifestarse físicamente.

No es lo mismo hacer un ‘me gusta’ que empuñar una pancarta. De momento.

Pocas fronteras nos quedan por pasar cuando el mero hecho de que alguien etiquete una fotografía con nuestro mundo puede terminar con nuestra vida personal o laboral.

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Foto: Rhodes Mfg. Co. Spinner  (Flickr)
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