Las ansias de saber y los límites de la ética

Cuando las ansias de saber sobrepasan los límites de la ética
Cuando las ansias de saber sobrepasan los límites de la ética.

La investigación científica busca conocer, entender, predecir y controlar la realidad que nos rodea.

En el caso de la Psicología, esa realidad no es otra que la conducta humana en un sentido amplio, lo que incluye tanto el comportamiento observable como las emociones y los diferentes procesos mentales: percepción, razonamiento, lenguaje, motivación y emocionalidad entre otros.

Sin duda, es un terreno sensible y delicado.

Mucha gente tiene reticencias al respecto, ya que la idea de que un científico entre en sus mentes y se dedique a escudriñar sus mecanismos psicológicos más íntimos les produce rechazo.

Esta resistencia, sin embargo, tiene poco fundamento ya que en absoluto se trata de forzar a nadie a enseñar lo que no quiere.

Participar en un estudio psicológico es siempre voluntario y, si en cualquier momento la persona decide abandonar, lo puede hacer con total libertad.

Pero es que, además, conocer el funcionamiento de nuestra conducta tiene un fin claramente positivo que está por encima de las suspicacias que cualquiera podamos manifestar: se busca aumentar nuestra calidad de vida y mejorar nuestra salud y bienestar.

Si sabemos cómo aprendemos, podremos mejorar las técnicas de enseñanza; entendiendo cómo llegamos a diferentes conclusiones, podemos aumentar nuestra capacidad de razonamiento; averiguando los mecanismos de la enfermedad mental, lograremos mejores técnicas terapéuticas.

El avance de la ciencia psicológica es, a todas luces, enormemente ventajoso y muy necesario para la humanidad.

Más fundamentadas son las críticas frente a aquellas investigaciones psicológicas que recurren a técnicas cuya ética es, cuando menos, dudosa.

Todos entendemos que no se debe mentir, engañar, asustar, robar ni agredir a nadie, por mucho que lo hagamos en aras de la ciencia.

Sin embargo, el estudio del comportamiento humano exige en ocasiones recurrir a estrategias que podrían estar muy cercanas a lo no ético, ya que sin ellas sería imposible sacar conclusiones válidas y útiles.

¿Cómo se puede entender los mecanismos de la frustración o la rabia sin estudiar a una persona que esté sintiendo esas emociones?

 ¿O aprender a controlar el miedo sin experimentarlo?

Por ello, la investigación debe respetar en todo momento unos principios éticos básicos.

El respeto hacia la persona, contar con su consentimiento informado, garantizar la confidencialidad y asegurar que todas las medidas que se adopten en el curso de la investigación estarán plenamente justificadas son sólo algunos ejemplos.

Así, los participantes en un estudio psicológico deben estar informados del propósito de la investigación, de su duración y procedimientos, de que tienen derecho a renunciar en cualquier momento, de las consecuencias previsibles de dicha renuncia (por ejemplo, perder la posibilidad de recibir un tratamiento terapéutico potencialmente beneficioso), de las razones que previsiblemente puedan influir en su voluntad de participar (riesgos potenciales, molestias o efectos adversos), de los beneficios de la investigación y de con quién pueden contactar para plantear cualquier cuestión al respecto.

Sin embargo, estas normas tienen sus excepciones, en concreto cuando la propia naturaleza del estudio exige recurrir a algún tipo de engaño.

Uno de los códigos éticos más difundidos y utilizados en psicología es el de la Asociación Americana de Psicología (APA), y en él se explica que el uso del engaño es aceptable sólo cuando “está justificado por el eventual y significativo valor científico, educativo o aplicado y no es posible utilizar procedimientos alternativos eficaces que no sean engañosos”.

Además, ese engaño no puede bajo ningún concepto “causar dolor físico o un severo malestar emocional”, y debe ser conocido por el participante “tan pronto como sea posible, preferentemente al término de su participación y nunca después de la finalización de la recolección de datos, permitiéndoles a los participantes retirar los suyos” si así lo deciden.

Estas medidas se complementan con la garantía que tiene el participante de conocer toda la información sobre el estudio, de forma que pueda poner de manifiesto posibles malentendidos que se hayan podido producir y que deberán corregirse.

Toda esa información sólo puede retenerse temporalmente si hay razones científicas o humanitarias que lo justifiquen, y ello siempre tomando medidas para reducir el riesgo de daño.

Por último, si a pesar de todo la participación en el estudio ha podido dañar de cualquier manera a un participante (algo improbable, si se han respetado todas las exigencias éticas anteriores), los investigadores deberán adoptar medidas para minimizar el daño.

Pero todas estas garantías no siempre han estado vigentes. La historia de la ciencia ha pasado por diferentes épocas en las que los requisitos éticos han sido mucho más laxos, y ello ha permitido que se realizaran estudios que, vistos desde la actualidad, resultan cuando menos criticables.

La Psicología no es una excepción, y la semana que viene veremos algunos de los ejemplos más, por usar una palabra suave, censurables.

La historia de la Psicología ofrece algunos casos de investigaciones cuya ética (o falta de ella) resulta claramente polémica.

Se suele citar el estudio de obediencia de Milgram, o el de la cárcel de Zimbardo, como dos ejemplos de experimentos que, a día de hoy, muy probablemente no se podrían repetir en los mismos términos.

Sin embargo, en ambos casos los autores buscaron el respeto de las normas éticas mínimas que regían en su momento, y de hecho por ejemplo Zimbardo suspendió su estudio a los pocos días de comenzarlo, evitando mayores consecuencias negativas.

Pero hay otros estudios en los que la falta de ética de los investigadores va mucho más allá, ocasionando un daño a los participantes totalmente injustificable. Uno de los casos más conocidos es el estudio que Wendell Johnson llevó a cabo en 1939 con 22 niños huérfanos de entre 5 y 9 años de edad.

Los separó en 2 grupos: el primero, de 10 niños tartamudos, fue sometido a una terapia positiva de refuerzos, por medio de incentivos y elogios por sus buenos hábitos de habla; el segundo grupo, 12 con un habla normal, recibió un trato de críticas y menosprecio cada vez que cometía el más mínimo error.

Se les dada mensajes del tipo “tienes un gran problema al hablar”, “sufres muchos de los síntomas de los niños que son tartamudos”, “debes hacer algo inmediatamente”, “no hables a menos que puedas hacerlo bien” y “acabarás igual que un tartamudo”.

Con todo ello, Johnson pretendía demostrar que la tartamudez era en realidad fruto del trato recibido en la primera infancia por parte de los adultos, quienes con su influencia estarían fomentando los problemas en el habla. Y, a su vez, pretendía demostrar que la tartamudez se podía eliminar con un trato afectuoso y positivo.

Irónicamente, en la época en que se llevó a cabo el estudio, lo que más rechazo produjo no era el trato en sí que los niños recibían, sino el hecho de usar huérfanos.

Sea como fuere, algunos de los colegas de Johnson apodaron al experimento con el nombre de “El Estudio Monster”.

Y, como no podía ser de otra forma, muchos de los niños del segundo grupo sufrieron ansiedad, depresión, alteraciones del carácter e, incluso problemas del habla que duraron para toda la vida (hay que decir que la Universidad de Iowa, donde se realizó el estudio, pidió años después perdón por el daño causado e indemnizó a los participantes).

Otra investigación digna de mención por la falta de ética demostrada es la de Harry Harlow sobre privación maternal en primates, realizada en las décadas de 1950 y 1960.

Con el fin de valorar los efectos del aislamiento social, criaron a varios monos desde su nacimiento en jaulas de aislamiento, de forma que no podían tener contacto con ningún otro animal ni con humanos hasta los 3, 6 o 12 meses de edad.

Los animales eran alimentados por un muñeco de alambre, pero además disponían de un muñeco de felpa que asemejaba a una madre y que desprendía un agradable calor similar al de un cuerpo vivo.

Cuando los experimentadores producían por ejemplo un fuerte ruido que asustaba a los monos, estos iban rápidamente a cobijarse en el muñeco de felpa, en un claro reflejo de necesitar el contacto físico.

Hasta aquí sin problema. Pero Harlow y sus colaboradores quisieron ver hasta dónde llegaba la dependencia del animal con su “madre de felpa”.

Para ello, empezaron por diseñar un muñeco “mamá” que, sin previo aviso, soltaba repentinamente un golpe de aire a alta presión contra el bebé frente a lo que, por toda respuesta, el animal se limitaba a agarrarse con más fuerza.

Después construyeron otro muñeco que se balanceaba bruscamente, provocando fuertes golpes en la cabeza del bebé. Pero este se aferraba aún con más fuerza. Para conseguir que se soltaran, se provocaba una rápida disminución de la temperatura del muñeco, pasando en pocos segundos de 37°C a poco más de 1°C.

Pero esto no era suficiente. El siguiente muñeco llevaba en su interior una pieza de metal que saltaba con fuerza y golpeaba al bebé, tirándolo al suelo.

Una vez que el metal se introducía de nuevo en el cuerpo de la madre, el bebé volvía a agarrarse a ella. El cuarto modelo de muñeco tenía unos afilados pinchos de metal que salían de repente, provocando heridas a los animales.

Sin embargo, igualmente los bebés esperaban hasta que los pinchos retrocedieran, para después agarrarse de nuevo al muñeco.

Por increíble que parezca, el estudio no se detuvo ahí.

El siguiente paso fue usar monos hembra reales, que habían sido maltratadas para provocar a su vez en ellas un comportamiento agresivo hacia los pequeños monos. Las hembras eran criadas en aislamiento total, y después se les dejaba preñadas por medio de un aparato que, literalmente, les violaba.

Cuando nacían los bebés, la mayoría de las madres se limitaban a ignorarles y no les amamantaban.

Pero algunas agredían a los bebés golpeándoles, mordiéndoles el cráneo o incluso aplastándoles la cara contra el suelo y restregándola de un lado para otro.

Resulta difícil de creer que nadie haya sido capaz de llevar a cabo este tipo de estudios.

Por mucho que sirvieran para llegar a valiosas conclusiones, la falta ya no de ética, sino de la más mínima humanidad, es sorprendente.

Esperemos que recordar estos episodios sirva para evitar que vuelvan a producirse.

Publicado por :http://www.elefectogalatea.com/
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