¿Hay personas más sensibles al dolor que otras?

¿Por qué hay personas más sensibles al dolor que otras?
¿Por qué hay personas más sensibles al dolor que otras?

Una de las dificultades en la medicina es ser capaces de saber cuánto dolor sufre un paciente.

Podemos medir la temperatura con un termómetro para saber si tiene fiebre o no, pero dar un numero al dolor que sentimos es algo más complicado, ya que no tenemos nada físico que podamos medir y sobre todo, porque cada persona sufrimos una escala de dolor diferente.

Para calcular el dolor en los pacientes, un método muy extendido es el uso de encuestas de calidad de vida.

Se le pregunta sobre diferentes aspectos de su vida para evaluar cuanto de incapacitante es un dolor.

Además se puede describir el dolor eligiendo entre una serie de adjetivos, pudiendo sufrir dolor agudo, sordo, punzante…

Cada tipo de dolor y su localización ayuda a discriminar cual puede ser el origen del mismo.

La otra manera de cuantificar el dolor es provocándolo.

Una técnica conocida se basa en pinchar al paciente con diferentes agujas provocando diferentes intensidades de dolor.

Posteriormente el paciente puede describir su dolor comparado con cada pinchazo.

De esta manera rudimentaria pero efectiva podemos crear una escala de dolor que nos permita comparar entre pacientes.

Esta técnica ha quedado obsoleta tras la aparición de los aparatos de resonancia magnética, que permiten asignar valores al dolor según la actividad del cerebro en diferentes áreas asociadas con el mismo.

Estas áreas tienen diferentes funciones y están dispersas a lo largo de todo el cerebro, pero tienen en común que se activan de manera proporcional a la cantidad de dolor que sentimos, permitiendo obtener un valor de dolor relativamente fiable.

El dolor se puede medir directamente desde el cerebro ya que la sensación de dolor es un producto de nuestra mente.

Al igual que el oído o la vista, el dolor es un sentido más de nuestro cuerpo, encargado de advertir de los daños que sufrimos.

Hablemos un poco más del dolor y de la diferente sensibilidad al dolor que tenemos cada uno de nosotros.

Está demostrado que nuestro cuerpo puede funcionar perfectamente sin dolor.

Existen casos clínicos como el de SI1 (Subject Index 1), una chica adolescente que nació con una enfermedad rara llamada insensibilidad congénita al dolor.

Esta enfermedad provoca una pérdida total de la sensación de dolor y puede tener cientos de causas diferentes.

En el caso de SI1, ella sufre una mutación rara en un gen llamado SCN11A que afecta a los receptores de dolor (o nociceptores) y a los nervios que transmiten la información de dolor al cerebro.

El descubrimiento de su mutación ha abierto nuevas vías de investigación para la generación de anestésicos.

Puede parecer que SI1 tiene una habilidad propia de un superhéroe, pero no sufrir dolor engendra miles de problemas.

Sin dolor de vejiga, SI1 debe usar un reloj para calcular las veces que debe ir al baño antes de que se orine encima, y lo mismo para defecar.

Si sufre una caída y se tuerce un tobillo o se rompe un hueso, ella no siente nada y sigue realizando su actividad, por lo que sus lesiones acaban agravándose con mucha mayor facilidad.

Más de una vez se ha cortado con algún cristal y no se ha dado cuenta hasta minutos más tarde, con la herida todavía sangrando.

El dolor es la sensación que usa nuestro cuerpo para indicarnos la presencia de un problema, y la falta de dolor nos deja ciegos ante los posibles problemas internos de nuestro organismo.

Gracias a las máquinas de resonancia, se ha comprobado que cada persona tiene una sensibilidad diferente al dolor. Existe gente que sufre mucho más ante la misma intensidad de daño.

Existen diferentes causas para esta sensibilidad, y aun se siguen descubriendo más factores. Una de ellas es la desensibilización de los nociceptores, los que fallan en SI1.

Todos tenemos un número similar de nociceptores en nuestra piel pero si sufrimos una gran cantidad de daño prologado en el tiempo estos nociceptores tienen mecanismos internos que le permiten “apagarse” temporalmente.

Este mecanismo se conoce como desensibilización, y es un proceso que no solo actúa para el dolor sino también para la mayoría de receptores de nuestro cuerpo (como los de luz, tacto, o sonido).

Por eso no sentimos la correa de nuestro reloj de pulsera o la línea del calcetín.

La desensibilización es un problema tan habitual para nuestro cerebro que nuestros ojos vibran ligeramente (en un movimiento llamado microsacadas) para cambiar la imagen que recibimos a través de la vista captar algo de movimiento aunque fijemos la vista.

Sin esta vibración nuestra corteza visual dejaría de mandar señales al resto del cerebro.

Otro factor de la sensibilidad al dolor se basa curiosamente en mecanismos de atención.

Si nos concentramos en algo ajeno al dolor, el propio dolor disminuye.

Un estudio reciente ha comprobado que las personas más sensibles al dolor tienen una región del cerebro llamada corteza parietal posterior más desconectada.

Esta región está encargada de la regulación de la atención, por lo que presumiblemente las personas con baja capacidad de concentración serían los que sufrirían más dolor.

En ese sentido, también se ha comprobado que nuestro dolor disminuye durante el sueño.

Aunque el dolor sea una ilusión producida por nuestra mente, los científicos investigan que mecanismos neurológicos nos hace sensibles al dolor y que medicamentos les afectan.

Para buscar una cura, hay que estudiar al enemigo.

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