Cuando nos olvidamos de respirar

Cuando nos olvidamos de respirar
Cuando nos olvidamos de respirar.

Nuestro organismo ha evolucionado para detectar la necesidad de oxígeno de manera inconsciente.

El hecho de respirar es algo tan cotidiano para nosotros que sólo nos acordamos de realizarlo cuando nuestro cuerpo requiere un volumen de oxígeno mayor.

La razón por la que en ciertos momentos nuestro cerebro es consciente de la falta de oxígeno y comienza la respiración voluntaria es porque el mecanismo de la respiración tiene múltiples consecuencias en otros procesos fisiológicos, tales como regular el pH, intercambio gaseoso a nivel celular, aporte de oxígeno al metabolismo, etc.

Por eso este proceso es vital, y, aunque no seamos conscientes del mismo, el cuerpo necesita continuarlo.

Puede parecernos algo obvio, pero la importancia de este proceso va mucho más allá del entendimiento cotidiano, por ello el cerebro lo regula muy finamente.

La reserva de oxígeno (O2) de nuestro cuerpo es de 1 litro, por lo que debemos renovarla con cierta frecuencia.

Cuando no somos conscientes de este proceso, es decir, cuando se induce de forma involuntaria (cuando dormimos, por ejemplo), una parte de nuestro cerebro se encarga de poner en marcha el mecanismo para renovar esta reserva a un ritmo de 250ml de O2 por minuto (mientras realizamos actividades cotidianas, como andar, se consumen 800 ml por minuto).

La ausencia de este elemento durante un tiempo relativamente corto puede conducir a daños irreversibles en el cerebro.

La respiración voluntaria, la que nosotros realizamos de forma consciente, tiene lugar a través de la corteza cerebral. Esta manda una señal a los núcleos respiratorios localizados en el bulbo raquídeo y estos se activan.

Pero, ¿qué pasa cuando no hay señal procedente de la corteza, es decir, cuando no pensamos en respirar?

Es evidente que el cuerpo necesita continuar este proceso, pero ¿cómo es posible que los núcleos respiratorios del bulbo actúen por su cuenta?

Para ello, nuestro organismo ha organizado una serie de elementos reguladores en perfecta armonía que se encargan de controlar el ritmo respiratorio, que, a grandes rasgos, es la frecuencia de la respiración.

En este punto hay diferentes mecanismos actuarán sobre este órgano de forma autónoma.

Se trata de una serie de quimiorreceptores alojados cerca del corazón (los cuerpos aórticos) que se encargarán de detectar niveles de oxígeno.

También hay otra serie de receptores alojados en el cerebro, que en este caso detectarán cambios en las concentraciones de dióxido de carbono (CO2).

En cuanto a los quimiorreceptores de los cuerpos aórticos y carotídeos (también llamados periféricos), su situación no es azarosa, sino que responde a una fina estrategia orquestada por nuestro cuerpo para realizar de forma más precisa la regulación.

En la salida de la sangre a través de las arterias, el oxígeno está más concentrado porque aún no ha pasado de los vasos a los tejidos.

Esto permite a nuestro cuerpo conocer de forma más exacta la cantidad de oxígeno que hay en sangre.

Estos receptores detectarán bajadas en los niveles de oxígeno, de forma que cuando hay poco oxígeno unido a estos receptores, se dispara una señal nerviosa que llega hasta los núcleos respiratorios del bulbo, activándolos.

En el caso de los receptores centrales, situados en el cerebro, se encargarán de detectar cambios en los niveles de CO2.

Un aumento de la concentración de CO2 puede deberse a varios motivos, aunque los dos principales, que son los que nos atañen, son:

Un aumento de la actividad metabólica del organismo, que produce un aumento directo de CO2 en la sangre, o bien una disminución del ritmo respiratorio, que si bien no aumenta los niveles de CO2 directamente, hace disminuir los de O2, haciendo que la concentración de CO2 con respecto a la de O2 aumente.

Las células encargadas de recibir esta información enviarán una señal a las células del bulbo, al igual que en el caso de los receptores periféricos.

Estas células del bulbo son estimuladas por esta vía y, como están conectadas a los músculos respiratorios (diafragma e intercostales), envían señales nerviosas a estos, produciendo así el proceso respiratorio.

Por ello, aún en ausencia de una señal procedente de nuestro “yo consciente”, el cerebro sigue siendo capaz de mantener el mecanismo de la respiración gracias a las señales producidas en estos receptores, manteniendo este proceso tan esencial aun cuando nos olvidamos de él.

Bibliografía
(Jack L. Feldman & Christopher A. Del Negro)
(Revista nature)
http://vidacotidianitica.blogspot.com/
Creative Commons