Esa sensación llamada aburrimiento

Esa molesta pero necesaria sensación llamada aburrimiento.

Esa molesta pero necesaria sensación llamada aburrimiento
POR GEMA LOZANO

Decía Pascal que toda desgracia del ser humano proviene de no saber permanecer solo en una habitación sin hacer absolutamente nada.

La incapacidad para gestionar la inactividad producía la mayor desazón posible para el pensador francés.

«Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin diversión, sin cuidado.

Siente entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío.

Al punto saldrá del fondo de su alma el tedio, el entenebrecimiento, la tristeza, el mal humor, el despecho, el desespero»

.Luigi Amara quiso comprobarlo. El escritor mexicano se encerró durante días en una habitación con la única compañía de una decena de libros.

Lo que descubre sobre él mismo durante su reclusión no acaba de gustarle.

Se parecía demasiado a lo descrito por Pascal. Para contrarrestar, decide entonces viajar a la capital de la diversión: Las Vegas.




Después de su aventura, Amara llega a la conclusión de que quizás no exista ni lo aburrido ni lo divertido, «sino una compleja red de poder que determina e insiste, a través de una muy bien aceitada maquinaria propagandística, en donde poner los ojos, qué es lo ideal y qué lo escuálido, qué lo crucial y qué lo anecdótico».

A Luigi Amara, aquella reflexión de Pascal le animó a emprender toda esa travesía por el hastío (y el esparcimiento sin medida después) descrita en su ensayo La escuela del aburrimiento. Pero no fue la única.

Porque también, tal y como recoge en su libro el propio Amara, Montaigne, La Rochefoucauld o Baudelaire (este último hablaba del aburrimiento como «el Monstruo que en un bostezo se tragaría el mundo») fueron algunos de los que se propusieron desentrañar las causas y la propia esencial del tedio, demostrando así que este no es un mal exclusivo del hombre actual.

Algunos como Kierkegaard incluso llegan a situarlo en el origen de los Tiempos.

Según el filósofo danés, fue el aburrimiento en el que estaban sumidos los dioses los que les llevó a crear a la humanidad.

José Antonio Marina (según explica Fernando Susaeta Montoya en La conciencia trágica en Fernando Savater y José Antonio Marina) reconoce que la historia demuestra que el hombre siempre se ha aburrido: «Grandes periodos históricos como el romanticismo son el apesadumbramiento de sus gentes por la saciedad y el hastío».

La diferencia es la manera de aburrirse en cada momento: «el aburrimiento antiguo era la persistencia de la fatiga. El aburrimiento moderno es la persistencia de la satisfacción».

Una consecuencia lógica de una sociedad de consumo que ha polarizado todo en el poseer, añade. Para el pensador, después de un «alba animosa» caracterizada por el vértigo de conseguir cosas, el transcurrir del tiempo nos deja un «atardecer melancólico», fruto de la no consecución del deseo.

Por eso, pese a reconocer que no es un mal exclusivo de la actualidad, para Marina, el aburrimiento es una de las referencias del hombre de hoy, junto a la desdicha y la tristeza.

¿Es grave, doctor?

A pesar de que, en su opinión, aburrimiento y tristeza caracterizan el momento histórico actual, Marina no relaciona ambos estados de forma directa. «El aburrimiento me intriga porque es el malestar que siente quien no se siente desdichado.

Quien sufre no está aburrido. Está sufriendo. Aburrimiento es el sentimiento de no estar recibiendo un nivel adecuado de estimulación», explicaba en un artículo publicado en La Vanguardia en 2013.

Es entonces cuando el pedagogo, muy en línea a la conclusión que Amara extrajo tras su estancia en Las Vegas, vuelve a hacer referencia a la sociedad de consumo, acusándola de fomentar la extroversión.

«Esta es una extraordinaria fuente de consumo. Los extrovertidos necesitan buscar continuamente estimulación externa», opina Marina.

Estímulos para pasar el tiempo, para evadirnos. La propia etimología de la palabra diversión, procedente del latín distraere (apartarse), decía Pascal que demostraba que todo aquel pasatiempo ideado para divertirnos no era sino un recurso para alejarnos de la dura realidad, aunque fuera solo de forma intelectual y momentánea.

La carencia de esos pasatiempos, de esos estímulos, nos hacen sentir mal. Porque el aburrimiento no deja de ser algo que genera incomodidad.

El profesor de psicobiología Francisco Claro Izaguirre trataba de definirlo en una de sus conferencias:

«No tengo muy claro qué es; a mí me da la impresión de que es un impulso como el hambre, la sed, el deseo sexual…, como algo que tenemos los seres vivos, los mamíferos, y que nos impulsa a actuar en determinadas direcciones».

Cuando aparece molesta, incomoda, por eso se teme, «al igual que se teme pasar una tarde solo, sin calefacción…», dice Claro Izaguirre.

Pero salvo el tipo de aburrimiento definido por el psicólogo alemán Martin Doehlemann como ‘existencial’ (y que, según su teoría, está ligado a problemas como la ludopatía, la drogodependencia, el alcoholismo, trastornos alimenticios o la depresión, entre otros), el tedio más común, en el que nos asalta a todos el algún momento de nuestra vida (el ‘situacional’, según la misma dicotomía de Doehlemann), no es grave.

Es más puede que resulte necesario.

Hijo, abúrrete un poquito

«Necesitamos una pedagogía del aburrimiento». En el artículo de La Vanguardia, José Antonio Marina se mostraba tajante.

La cultura del zapping nos convierte en adictos a los estímulos continuos. Hasta las relaciones humanas se ven afectadas para el pensador toledano: «Si tu programa no me engancha en cinco minutos, busco otro».

Por eso, para un padre, que su hijo se aburra o parezca que lo está, resulta demoledor.

Acuciados también por la necesidad de compatibilizar sus horarios con los de sus vástagos, muchos progenitores optan por llenar las ‘teóricas’ horas de ocio de estos con innumerables actividades extraescolares que, de paso, eviten que su prole caiga en las fauces del terrible tedio.

Resultado: niños exhaustos a los que se les niega su capacidad innata de soñar despiertos, esto es, su creatividad.

«Se nos suele olvidar que el aburrimiento es la clave del pensamiento creativo». Lo asegura Nuria Pérez, coach desde su empresa Sparks and Rockets y madre de dos niñas.

Para ella, que los niños disfruten de tiempo libre, que puedan no hacer nada o hacer lo que quieran sin estar ‘sometidos’ a las directrices de los adultos, resulta elemental para que sus ideas emerjan. «Dejémosles que cacen bichos, trepen muros, laman pilas…

¿Os acordáis cuando nosotros lamíamos pilas?».

Teresa Belton, investigadora en la Universidad de East Anglia, en Reino Unido, demostró esta teoría en un estudio realizado a partir de las entrevistas con varios y reconocidos escritores, artistas y científicos.

Como recoge un artículo de BBC, de sus conversaciones con todos ellos, Belton descubrió que la mayoría pasó su infancia en entornos con escasos estímulos externos, lo que les llevó a algunos a escribir y a otros a inventar. «Ser creativo implica ser capaz de desarrollar un estímulo interno», explica Belton.

Por eso, tratar de entretener al niño en todo momento valiéndonos de la televisión, la tablet, el móvil… puede ser pernicioso para este ya que la pantalla «tiende a provocar un cortocircuito en ese proceso y el desarrollo de la capacidad creativa».

Su propósito, aclara, no es apartar la tecnología de los niños, sino emplear esta con mesura y con los objetivos adecuados para evitar «robarles su tiempo para imaginar y perseguir sus propios procesos mentales o para asimilar sus experiencias a través del juego, o simplemente para observar el mundo a su alrededor».

Crear desde el tedio

Pero el aburrimiento no solo resulta positivo para una mente infantil. Peter Toohey, profesor de la Universidad de Calgary (Canadá), considera este estado como «la antesala de la creatividad»

Sin él, asegura, la humanidad no hubiera podido prosperar (una aseveración que enlaza con la alegoría kierkegaardiana sobre la creación del universo).

Otorgar la exclusividad de aburrirse al ser humano es seguramente un gran error. «Ortega decía que cuando un animal se aburre, se duerme. En cambio, el hombre permanece despierto y tiene que inventar cosas», explica José Antonio Marina.

Esa capacidad de sacar partido a su tedio se comprobó ya en las cavernas cuando las horas se hacían eternas al hombre primitivo.

Gracias a eso, seguramente, acabó descubriendo el fuego y, con él y la luz que proporcionaba, pudo alargar sus horas de vigilia y emplearlas en la creación de nuevas herramientas, «lo que debió de reforzar los grupos, estimular la enseñanza y el aprendizaje».

Así, al menos, lo explica el paleontólogo Eudald Carbonell en  el libro Sapiens, de Robert Sala, según recoge en un artículo el profesor Vicente Fernández de Bobadilla.

Aunque el aburrimiento también puede pillarnos trabajando. En opinión de Carmen Bustos, socia fundadora de Soulsight, «en trabajos que requieren de cierta dosis de creatividad resulta difícil, aunque puede ocurrir cuando el proyecto es muy parecido y los aprendizajes muy iguales a los anteriores.

Identificar ese estado como aburrimiento es lo que impulsa a desafiarle intelectualmente e ir a por lo siguiente.

Quizá ahí el aburrimiento sea la lanzadera perfecta para pasar a la siguiente pantalla». En este tipo de actividad, Bustos considera al sopor una eficiente alerta: «Si tienes miedo a aburrirte es porque es el mayor síntoma de que no hay progreso».

Acusado durante siglos de se ser uno de los grandes males de la humanidad (incluso, la acedia, para muchos, una ‘variedad’ del aburrimiento, fue catalogada por la Iglesia católica como uno de los pecados capitales), en los últimos tiempos, el aburrimiento comienza a mostrar su lado más amable como propulsor de la creatividad.

Las investigaciones sobre lo positivo que resulta aburrirse proliferan. Y los expertos en el tema, como el doctor John Eastwood, psicólogo de la Universidad de movemos, más rápido nos hundimos».

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