¿Tienen conciencia los insectos?

¿Tienen conciencia los insectos?
¿Tienen conciencia los insectos?

Si la conciencia de Pinocho era un grillo resulta muy pretencioso pensar que sólo los animales vertebrados dispongamos de esa capacidad, ¿verdad?

Lógicamente, no debemos confundir inteligencia con conciencia.

Nadie duda de la inteligencia de los insectos, pues es sobradamente conocida la capacidad de algunos de ellos para actuar como estrategas bélicos o exploradores en busca de alimento, ¿pero hacen todo eso con conciencia propia?

 ¿Son capaces de percibir el entorno en primera persona?

A todas esas preguntas han tratado de dar respuesta un grupo de investigadores de la Universidad de California, que han decidido comparar las estructuras cerebrales de los insectos y los humanos, tratando de centrarse en la parte fisiológica del asunto y dejando a un lado la filosófica.

Sus teorías se han publicado recientemente en PNAS y, gracias a ellos, a partir de ahora miraremos a los insectos de una forma diferente.

¿Qué es la conciencia?

Si buscamos la definición de conciencia; veremos que, además de ser esa vocecita que nos dice cómo comportarnos, también se corresponde con el “conocimiento que el ser humano tiene de su propia existencia, de sus estados y de sus actos“.




Para empezar, comienzan dando por hecho que es una condición humana, un criterio que también es mantenido por algunas corrientes filosóficas, que de hecho acuñan el concepto “conciencia fenomenal” como referencia a la capacidad de sentir y percibir el entorno en primera persona.

Está claro que los humanos tenemos esa capacidad, pero no somos los únicos.

Por ejemplo, si un gato acude a nosotros en busca de comida no lo hará porque la huele y punto, sino porque es consciente de la situación, sabe que tiene hambre y que nosotros lo podemos alimentar y, probablemente, cuando lo consiga, como buen gato, pasará de nosotros hasta que volvamos a hacerle falta.

¿Pero ocurre lo mismo con los insectos o todo lo que ellos hacen es dejarse llevar por estímulos? Antes de contestar a ésta debemos hacernos otras preguntas.

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¿Dónde reside la conciencia de los insectos?

Si quisiéramos hacer esta pregunta de una forma más correcta, deberíamos cambiarla por “¿dónde reside la conciencia?”.

Y es que, si valoramos la conciencia en términos etológicos (del comportamiento), la presencia o ausencia de esta capacidad se convierte en algo subjetivo, pero si nos centramos en el funcionamiento del cerebro no hay más vuelta de hoja.

La base de las teorías de estos científicos se ha basado en los trabajos de Bjorn Merker, un neurocientífico que en 2004 realizó un estudio sobre la influencia de la pérdida de ciertas partes del cerebro en la presencia del pensamiento consciente.

En él llegaba a la conclusión de que el tronco cerebral y más concretamente el cerebro medio son indispensables para la obtención de este tipo de comportamientos, por lo que el hilo del que estos investigadores tenían que tirar se situaba ahí.

Y tirando de él han llegado a la conclusión de que, aunque el cerebro de los insectos es notablemente distinto al nuestro, en realidad sus estructuras funcionan de un modo similar.

Habilidades como la memoria, las necesidades homeostáticas y la percepción se integran de un mismo modo, por lo que es lógico pensar que estos pequeños invertebrados son conscientes del mundo que les rodea y se sitúan en él con menos detalle, pero de un modo similar a como lo hacemos nosotros.


Vale, ¿pero para qué nos sirve todo esto?

Muy bien, los insectos tienen conciencia, ¿y qué? Pues, aunque parezca una tontería, es de gran utilidad para el estudio de las formas básicas de la conciencia, ya que mapear el sistema nervioso de los humanos es muy complicado, pero una simple abeja tiene unnúmero de neuronas mucho más fácil y rápido de estudiar con las tecnologías de las que dispone la ciencia actualmente.

De hecho, ya se ha hecho en varias ocasiones; como, por ejemplo, en el caso del conocido como “Proyecto Cerebro Verde”, basado en la reproducción de un modelo computarizado del cerebro de una abeja, capaz de adaptarse a situaciones complejas reconociendo factores del entorno, como el olor.

Lógicamente, el objetivo de ese proyecto no era conseguir abejas teledirigidas (que también), sino aprender cómo conseguir este tipo de inteligencia artificial con un organismo sencillo para extrapolarlo después a los humanos.

Además, los estudios con invertebrados también sirven para conocer cómo evoluciona la conciencia con el paso del tiempo y, de hecho, han demostrado la importancia que tiene en ello la movilidad en el medio ambiente.

Por ejemplo, la pérdida de la capacidad de los gusanos parásitos para navegar libremente los ha llevado a perder las estructuras cerebrales responsables de la perspectiva en primera persona; ya que, en realidad, no les hace falta.

Por lo tanto, no sólo no somos tan diferentes a los bichitos como pensábamos; sino que, además, gracias a ellos podemos llegar a conocernos mejor a nosotros mismos.

Pensadlo mejor antes de decidir pisotearlos.

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