Una desconocida me dio un abrazo

Una desconocida me dio un abrazo
Una vez una desconocida me dio un abrazo.

Fue en una sala de espera de hospital.

Estaba embarazada de 13 semanas y acudía para que me hicieran la ecografía del primer trimestre.

Mientras la ginecóloga me exploraba, le dije: "¿Podrías darme una foto de recuerdo?". No contestó. Pensé que estaba concentrada.

No decía nada. Quizás no era muy correcto pedir una fotografía...

Entonces habló: "No. Es un embarazo que no va para adelante". No entendí. "No hay latido. Se paró el corazón hace días".

Jamás había sentido tanto dolor. Desolación. Comencé a llorar con una fuerza que casi me impedía respirar. Urgencias. Aborto. Legrado. Oía palabras.

Me daban órdenes. Debía cruzar el hospital. Allí comunicar que había sufrido un aborto espontáneo. Me harían un legrado debido a lo avanzado de mi embarazo. Ni siquiera sabía lo que era un legrado...

Lloraba. Ponía las manos en mi barriga y lloraba. Llamé por teléfono. "Mamá, lo he perdido.

Ya no está". Palabras confusas al otro lado. Colgamos. Caminaba y lloraba.

Miraba al suelo tratando de seguir la línea azul que me llevaría a urgencias. "Sigue la línea azul", me dijeron.

"He tenido un aborto". 

Una desconocida me dio un abrazo

"No llores, mujer, la naturaleza es muy sabia. Pero si era una cosa que ni se veía...".

Mi cosa. Ya no voy a tener un hijo. Ayer sí estaba. Iba a nacer en julio. Sus primeros patucos eran blancos a la espera de saber si sería niño o niña. La primera ecografía era hoy. La primera de tres.

Pero no habría más. Lloraba... "Sigue la línea verde". Lo hice.

Llegué a una sala de espera. Me senté. Había más gente. Una pareja que parecía asustada.

Una chica que se mecía abrazada a su barriga.

Y una señora mayor. Primero pasó la pareja. Yo lloraba. Fueron muchos minutos. La chica se mecía.

La señora mayor me miraba. Salieron aliviados. Entró la chica. La mujer de pelo blanco me miraba.

Me sequé las lágrimas con las manos y pude verla yo. Era muy mayor. Tenía la piel clara y sus ojos pequeños brillaban. 

La chica se fue. Parecía tranquila. Entró la señora. Me quedé sola en la sala y entonces lloré con más angustia aún. Todo me daba vueltas. Sentía una presión horrible en el pecho.

Mucho dolor. Un dolor profundo que nacía dentro de mí donde ya no había nada. Solo dolor. Se abrió la puerta y la mujer salió. 

Se paró frente a mí: "No sé qué te ocurre pero quiero darte un abrazo". Me rodeó con sus brazos y me apretó contra ella. Y yo me derrumbé. Y ya no quise soltarme nunca.

No la he vuelto a ver. No sé quién era ni por qué estaba en aquella sala de espera. Pero aquel día, esa mujer me enseñó que podemos rodear a alguien que sufre con nuestros brazos, y crear un refugio para él.

Me enseñó que contamos con un gran poder, el poder de curar con los abrazos.

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