El olor de la infancia

 El olor de la infancia
¿Sabías que los recuerdos tienen olor?

Seguro que te ha ocurrido alguna vez: recordar algún hecho de tu pasado y, de pronto, sentir un olor peculiar asociado a esa imagen o a esa vivencia.

Aquellos años del colegio donde se entremezclaba el aroma de los lápices de colores, de las gomas de borrar o de los libros por estrenar.

O el olor del verano: el cloro de las piscinas, el césped recién cortado o la fragancia del mar al atardecer. 

Las personas estamos hechas de recuerdos, y a menudo, a ellos se anclan casi sin darnos cuenta toda una gama de olores particulares que forman parte de nuestra experiencia vital. 

¿Te gustaría saber más?

Según varios estudios son precisamente los recuerdos de nuestra niñez los que más se asientan en nuestro cerebro, los que más fuerza y determinación tienen en nuestra vida.

Son esas primeras experiencias las que suelen determinarnos tal y como nos indica un estudio publicado en la revista Current Biology.

Y la cosa parece funcionar así: la primera vez que asociamos un objeto a un olor creamos una especie de huella profunda en el cerebro, que se instalará para siempre en esa estructura en particular.

El Instituto Weizmann de Israel nos indica además que esto no sucede únicamente con los olores catalogados como agradables o neutros, también sucede con aquellos que son incómodos o malolientes.




Las estructuras que se encargarían de anclar estas sensaciones “recuerdos-olores”, serían dos de las estructuras más antiguas del cerebro humano:hipocampo y la amídgala.

Si nos detenemos a analizar un momento este hecho comprenderemos por ejemplo por qué el olfato es tan importante en los animales, les ayuda a sobrevivir, a buscar alimento, a saber cuándo las hembras inician su periodo de celo, o a seguir el rastro de otro animal para cazarlo.

Para ellos el olor es quizá el sentido más básico, en cambio, para nosotros, la evolución a supuesto que vayamos perdiendo esa capacidad tan afinada que seguramente poseíamos en el pasado, ahora el hipocampo y la amígdala, esas estructuras cerebrales tan antiguas de nuestra especie, relacionan el olor con ese plano más personal y emocional.

Se trata pues de un paso más en nuestra evolución.


La impronta del olor

Algunos estudios están ahondando en la idea de trabajar en esos recuerdos traumáticos que a menudo nos acompañan en nuestra vida, saber por ejemplo, si las malas experiencia están asociadas también a esa impronta del olor en la cual poder iniciar nuevas técnicas con las que aliviar su incidencia, cuestiones que a largo plazo abren nuevos caminos para la experimentación.

Lo curioso de esta idea es que dicha estructura neuronal parece funcionar en los dos caminos, es decir: un olor nos puede evocar un recuerdo, y un recuerdo a su vez nos puede traer un olor en particular. Realmente fascinante.

Pero algo que también indican los científicos es que en casos de Alzheimer, se demuestra que muchos pacientes diagnosticados con esta enfermedad, empezaron a ofrecer el primer síntoma al perder el olfato (anosmia). De este modo, comprendemos también la relevancia de este sentido para “asentar recuerdos”.

Así que ya sabes, alimenta tu sentido del olfato, el día a día nos trae múltiples experiencias que no debemos dejar escapar…

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