¿Se puede curar el miedo?

¿Se puede curar el miedo?
¿Se puede curar el miedo?

¿Qué hay detrás de nuestros temores? 

La ciencia responde.

Todos le tenemos miedo a algo.

A los payasos, a las arañas, al compromiso, a las bibliotecas.

Da igual, el miedo siempre está con nosotros, dispuesto a atacar cuando menos nos lo esperemos, por lo que es importante aprender a vivir con él y no dejar que nos quite las ganas de hacer cosas con las que podríamos disfrutar si no fuese por su causa.

Sin embargo, a pesar de lo psicológica-filosófica que ha empezado la entrada, este artículo no va a ir sobre eso, sino sobre las curiosidades científicas que se esconden detrás de este fenómeno que forma parte de todos nosotros, ya que el primer paso para vencer al enemigo es conocerlo.

¿Os apuntáis a conocerlo con nosotros?

La ciencia del miedo: ¿Por qué se produce?

Quizás, antes de centrarnos en las bases fisiológicas de este fenómeno deberíamos preguntarnos en qué consiste. Si lo buscamos en la RAE, el miedo tiene dos acepciones, siendo la primera “la angustia por un daño real o imaginario” y la segunda “el recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

Pues bien, si los señores de la Real Academia Española de la Lengua han decidido poner ambas definiciones por separado no ha sido una casualidad, pues aunque puedan parecer muy similares, exista una gran diferencia entre ambas, especialmente a nivel fisiológico. Me explico.

La primera hace referencia a una sensación de amenaza o huida a la que nos enfrentamos después de sufrir un daño que, como bien dice la RAE, puede ser real o imaginario. 

Esto ocurre, por ejemplo, si vamos por la calle y nos asalta un atracador o si vemos a alguien que creemos que nos puede atracar, aunque finalmente no lo haga.

En este caso interviene la amígdala, una región de nuestro cerebro que hasta hace poco se consideraba el centro del miedo, debido a que un gran número de estudios realizados tanto con animales de experimentación como con humanos habían mostrado que si se inhibía esta región, los sujetos no reaccionaban ante las amenazas con el miedo habitual.

Sin embargo, desde 2013 se han llevado a cabo nuevas investigaciones que ponen de manifiesto que la verdadera función de la amígdala es una reacción inconsciente que favorece la huida a través de la liberación de neurotransmisores como la dopamina o la adrenalina, favoreciendo la aparición de rasgos asociados al miedo, como la taquicardia o la sudoración.

Sin embargo, la segunda acepción del miedo es algo más psicológico y consciente, en el que intervendrían otros factores emocionales, más allá de la pura reacción fisiológica de alerta. 

Esto se ha demostrado a través de estudios en los que pacientes gemelos con la amígdala dañada no reaccionaban ante situaciones amenazadoras del mismo modo.

Por lo tanto, se concluye que el miedo no es un sentimiento puramente cerebral y que también influye mucho el ambiente, aunque se debe realizar una investigación más profunda para tener claro qué otros factores intervienen. 


¿El miedo te petrifica o sales corriendo? Quizás dependa de tu sexo

Los dos reacciones más claras que puede producir el miedo son la de quedarse inmóvil, sin saber qué hacer, o la de salir corriendo, al más puro estilo “tonto el último“.

Cada cual tiene sus preferencias al respecto, algo que según un estudio de principios de este año no es aleatorio, sino que se corresponde con el sexo, siendo los machos más propensos a quedarse petrificados y las hembras a huir despavoridas.

La comprobación se llevó a cabo mediante experimentos de miedo condicionado realizados con ratas y, según los investigadores, estos resultados, que parecen poner de manifiesto que los machos prefieren analizar el miedo y las hembras evitarlo, pueden ayudar en el diseño de tratamientos para patologías como el estrés postraumático, en el que el miedo desarrolla un papel muy importante.


Las patologías de aquellos que no tienen miedo

Nos pasamos toda la vida intentando luchar con nuestros miedos. 

Por un lado, esta lucha es un buen propósito, pues no debemos dejar que el miedo nos paralice ante ciertas situaciones, pero también es cierto que a nivel evolutivo el miedo es una señal de alerta más que nos anima a huir de las amenazas, pues la valentía en las películas es maravillosa, pero a veces en la vida real no hay nada como salir corriendo.

Por ese motivo, la gran mayoría de los seres humanos podemos sentir miedo, aunque sí que es cierto que hay unas pocas excepciones que, por causas que pueden ser muy diferentes, son incapaces de hacerlo.

Esto puede ocurrir, por ejemplo, a causa de un parásito del que os hemos hablado en más de una ocasión. 

Se trata de Toxoplasma gondii, un protozoo que puede infectar a un gran número de animales, pero que completa correctamente su ciclo de vida en los felinos, por lo que se introduce en el cerebro de sus hospedadores y los usa como verdaderas marionetas para que los lleven hasta ellos. 

Esto hace que, por ejemplo, los ratoncitos se vuelvan grandes amantes de los gatos y que los chimpancés acudan como locos hacia los leopardos.

En el caso de los humanos en la actualidad no tiene demasiado sentido, pero sí que lo tenía cuando nuestros antepasados más antiguos convivían con grandes felinos. 

Por eso, aún hoy cuando somos infectados por este virus tendemos a mostrar comportamientos temerarios, sin miedo, que sin duda nos harían salir a pecho descubierto delante del más grande de los jaguares, como si de un gatito adorable se tratara.

Otro caso interesante es el que os comentábamos al principio de las personas que tienen la amígdala lesionada, pues aunque ya hemos visto que no se trata del centro del miedo, sí que influye en la respuesta inconsciente ante las amenazas. 

Por ejemplo, se han dado casos de pacientes afectados por la enfermedad rara de Urbach-Wiethe que entre sus síntomas han tenido la afectación de esta región cerebral, mostrando como consecuencia un arrojo y una falta de valoración del peligro que puede ser incluso peligrosa.

Por último, como dato curioso, la música de las películas de terror actúa sobre la amígdala de quién la escucha, haciendo mucho más temible la historia, por lo que este tipo de pacientes no sienten miedo al verlas. Probad a ver Tiburón sin la música. Se convierte automáticamente en Buscando a Nemo.

¿Se puede curar el miedo? 

Antes de contestar a esta pregunta deberíamos hacernos otra igualmente importante, que sería: ¿Se debe curar el miedo?

Como ya hemos visto, el miedo es una respuesta evolutiva que nos ayuda a permanecer alerta en ciertas situaciones, por lo que siempre que no se lleve al extremo se puede considerar como algo beneficioso.

Sin embargo, en algunas ocasiones se dan casos radicales como las fobias o el estrés postraumático en los que el miedo puede interferir en el desarrollo de la vida normal del paciente, haciéndose necesario tomar cartas en el asunto.

Lógicamente, la terapia psicológica es la primera opción en este tipo de casos, pero también se encuentran en investigación algunos otros, bastante más curiosos. 


Tratamiento farmacológico

Está más que visto y comprobado que el consumo de algunas drogas de abuso cuenta con la inhibición del miedo entre sus efectos.

No debemos olvidar que a ciertas dosis una sustancia no legal se puede convertir en un fármaco de gran utilidad, por lo que algunas de estas sustancias, artificiales o naturales como algunas presentes en los hongos mágicos, han formado parte de algunos estudios en busca de tratamientos eficaces frente al miedo. 


Curar el miedo a través del sueño

Uno de los factores esenciales en el desarrollo del miedo es la memoria, ya que se trata de algo que se puede aprender. 

Para que me entendáis, puede que no tengáis miedo a los perros, pero si un día uno os muerde, quedará retenido en vuestra memoria, de modo que si unos días después os encontráis con otro, vuestro organismo disparará las señales de alerta.

Por eso, en 2013 un grupo de investigadores de la Universidad de Northwestern llevó a cabo un estudio en el que se investigaba la forma de interferir en la memoria del miedo a través del sueño. 

Y es que se sabe que mientras dormimos solemos consolidar nuestros recuerdos, por lo que se puede tratar de manipular este proceso para evitar afianzar aquéllos que nos haga tener miedo.

Se trató de un estudio pequeño, con pocos participantes, pero sin duda abre la puerta a la que podría ser una terapia fácil y sin efectos secundarios. 


¿Eliminar el miedo modificando el ADN?


Ya en 2014 un grupo de neurocientíficos de las Universidades de Queensland y Harvard puso de manifiesto la posibilidad de tratar el miedo a través del silenciamiento de ciertos genes.

En su estudio trabajaron sobre un gen concreto que pareció dar buenos resultados, pero como los propios investigadores reconocieron y, además, se ha confirmado en experimentos posteriores, las reacciones de alerta no son algo unifactorial, sino que incluyen diversas causas y, además, tienen un gran componente ambiental, por lo que podría tener una gran relevancia la epigenética (modificaciones no heredables en los genes). 

Por eso, aunque podría ser una buena terapia en el futuro, es necesario conocer a fondo tanto la epigenética como los mecanismos del miedo para poder diseñar un tratamiento eficiente basado en esta técnica.

En conclusión, el miedo es un mecanismo complejo, en el que intervienen un gran número de factores. 

Pero lo más importante que nos ha enseñado la ciencia es que por lo general no se trata de algo malo, por lo que no debemos permitir que interfiera negativamente en nuestras vidas.

Y es que no hay nada peor que tenerle miedo al miedo.

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