¿Egipcios antiguos con luz eléctrica?

¿Egipcios antiguos con luz eléctrica?
Grabado de Dendera
Quien no se haya interesado alguna vez por el antiguo Egipto es que no tiene ni espíritu, ni inquietud, ni sangre en las venas.

Pocas épocas de la historia son tan atrayentes y a la vez desconocidas como la época de los faraones y de las pirámides.

De los antiguos egipcios sabemos mucho. O eso creemos. Han sido tantas películas sobre ellos y tantas leyendas alrededor de sus tumbas que pensamos que ya está todo dicho. 

Pero no es así. «Alguien ha dicho que sólo se ha desenterrado el 30% de los monumentos que hay enterrados.

Hay que tener en cuenta que se trata de 3.000 años de historia y eso produce ingentes restos arqueológicos».

¿Sabemos acaso cuál era su postura sexual favorita? Porque sí, los antiguos egipcios también hacían el amor.

¿Cómo es el verdadero ambiente que se vive en una excavación arqueológica? 

¿Cómo se trataba a los obreros que construían las enormes pirámides que conservamos en la actualidad?

Probablemente la respuesta sea no.

¿Utilizaban los egipcios luz eléctrica?

Una de tantas dudas albergadas alrededor de los impresionantes monumentos funerarios egipcios y de su cultura en general es saber cómo se logró tal perfección artística en dichos túneles y pasadizos subterráneos en las pirámides.

Llama la atención cómo en condiciones de total oscuridad lograron alzar un legado artístico inigualable, muros y paredes bellamente decoradas donde apenas se encuentran partículas de herrumbre u otras señales que nos indiquen que se utilizaron candiles, velas o antorchas para alumbrarse en los trabajos.

 ¿Entonces?

Los egipcios y sus construcciones

Muchas de las pinturas y murales que hoy en día podemos ver bajo las pirámides, salas privadas, enterramientos y templos subterráneos se hallan impresos en auténtica roca virgen, superficies picadas y pulidas sobre las que después se han realizado las labores artísticas en total oscuridad.

Es decir, no es que se hayan realizado los trabajos en el exterior y a la luz del día para después instalarlos en esas zonas subterráneas.

Pero entonces ¿Cómo se alumbraban?

Los expertos no han identificado humo de antorchas o de velas, ni tan solo algún aplique que indicara que los artistas sujetaban allí materiales con los cuales alumbrarse.

 ¿Habría personas encargadas quizá de mantener manualmente alguna vela o antorcha? lo desconocemos, puesto que no hay pista alguna que nos resuelva el misterio.

Hay quién se arriesga un poco y explica que tal vez se llegaron a utilizar espejos para reflejar la luz solar en el interior de estas oscuras galerías.

¿Se hizo esto quizá en las oscuras galerías del Valle de los Reyes?

Egipcios antiguos con luz eléctrica

La hipótesis de la electricidad

Existe una hipótesis realmente curiosa que merece recordar y que seguramente te sorprenderá.

¿Tenían los egipcios algún sistema eléctrico rudimentario para obtener luz?

Existen unos textos del cronista árabe Abdul el Latif que hablan de una especie de “recubrimiento metálico” en el obelisco de Sesostris I en Heliópolis.

Cuenta que había más cómo este, según él, a lo largo de todo el Valle y se utilizaban nada más y nada menos que como pararrayos, para proteger así las inmediaciones de los templos.

Sorprendente e inquietante. Se habla incluso de que estaban recubiertos de una aleación de oro, plata y cobre, y que eran conocidos como “Electrum”.

Un dato más a tener en cuenta es que, en algunos gravados se pueden ver unos objetos muy semejantes a nuestras actuales lámparas.

En Déndera, por ejemplo, podemos ver unos muros donde apreciamos algo parecido a lámparas en forma de peras con unos filamentos en su interior.

¿Bombillas tal vez? parecen estar sujetas por un pilar djed, símbolo de energía, estabilidad y poder, muy extendido en todo Egipto.

Arqueólogos como Alfred Waitakus y John Harris nos dicen que dichos jeroglíficos hacen referencia a la luminosidad como conocimiento y poder de Isis.

Es decir, la luz era algo parecido a un legado de los antiguos dioses. 

Para muchos, estos relieves de Déndera se parecen mucho a lo que se conoce como “tubos de crookes”.

¿Y qué son? te preguntarás. Se trata de una especie de conos de cristal ideados por el científico William Crook es en el siglo XIX. Serían unos precursores de las conocidas bombillas actuales.

En el relieve de Déndera lo que vemos es una especie de rayo que origina la luz en cable eléctrico, que a su vez aporta luz al templo representándose como una especie de serpiente extendida.

La cola de la serpiente empieza en una caja para después finalizar en un tubo y después en la luz.

Los ingenieros y los arqueólogos se emocionaron al ver esta sorprendente representación.

Pero ¿Podemos concluir entonces que los antiguos egipcios utilizaban ya la luz eléctrica? En absoluto.

No hay vestigio alguno en subterráneos, túneles o cámaras inferiores de las pirámides. No hay instalación alguna, no hay cables ni dispositivos eléctricos. 

Nada.

Pero ello no quiere decir que los egipcios no sintieran ya cierta inquietud hacia la energía que los rayos del cielo dejaban intuir. Tal vez veían en esos fenómenos poderosos y llenos de luz, una pista sobre lo que tal vez se podría conseguir.

Pero no hay prueba alguna de que dispusieran de lámparas o bombillas. 

Entonces ¿Cómo conseguían pintar y esculpir tales maravillas en tales condiciones de oscuridad? Tal vez debamos empezar a valorar la técnica de los espejos…

José Miguel Parra, doctor en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid, ha escrito el libro Esto no estaba en mi libro de historia del Antiguo Egipto(Editorial Almuzara) para contarnos esos aspectos no tan conocidos de los faraones y su civilización. 

Que nadie espere, sin embargo, un sesudo estudio sobre esta materia.

El público al que se dirige Parra tiene que ver más con la gente de a pie, como cualquiera de nosotros, «personas curiosas, amantes de la divulgación histórica, que quieren conocer cosas del mundo antiguo, de la cultura faraónica, pero no tienen tiempo ni encuentran la necesidad de meterse en un biblioteca a leer farragosos artículos científicos», explica el autor.

La imagen del antiguo Egipto nos ha llegado siempre mitificada y en parte falseada por películas y novelas.

Las momias, las pirámides, los fastuosos y todopoderosos faraones son elementos que nos llaman la atención poderosamente y despiertan nuestra curiosidad.

¿Cómo era realmente el pueblo egipcio en la Antigüedad? ¿Era tan fastuoso como lo ha dibujado Hollywood? ¿Construyeron esclavos las eternas pirámides?

«Eso es difícil decirlo con certeza», afirma Parra. «Precisamente, la labor del historiador es realizar las reconstrucciones históricas lo más precisas que sea posible. Por eso con cada nuevo hallazgo se van matizando, modificando o asentando las ya existentes.

Pero desde luego hay que desechar a los esclavos construyendo las pirámides o imaginarse un mundo feliz donde todos recibían los frutos del Nilo. La vida del egipcio normal estaba casi siempre al límite de la inanición y estaban llenos de enfermedades. Era una vida dura».

En el libro, el doctor en Historia Antigua descubre al lector aspectos poco conocidos de la sociedad egipcia en la época de los faraones.

Hechos como que las mujeres gozaban de una completa igualdad legal con respecto a los hombres.

Podían tener propiedades, no estaban sometidas a la autoridad de padres ni esposos y su testimonio en un tribunal tenía tanto valor como el de un hombre. 

Incluso podían divorciarse, si así lo querían, aunque la maternidad no dejaba de ser su función principal, así como «la transformación del salario de su esposo por lo general recibido en forma de grano ,en pan y cerveza, los alimentos básicos de la sociedad egipcia».

De hecho, las profesiones en el valle del Nilo estaban «sexualmente discriminadas».

Esa igualdad entre hombres y mujeres también tenía su reflejo en su sexualidad, una faceta de la vida en la que la mujer era normalmente quien llevaba la iniciativa, eligiendo libremente con quién quería casarse o con quién echar una cana al aire si la cosa se terciaba. 

La vida sentimental de los antiguos egipcios no estaba sometida al yugo del matrimonio.

Para formar una pareja, bastaba con irse a vivir juntos, sin necesidad de pasar por vicaría o por registro civil.

Y aunque los súbditos de los faraones no eran muy dados a expresar explícitamente ningún encuentro sexual, sí dejaban pistas del modo de cortejar en algunos poemas amatorios conservados.

Sorprendente resulta también descubrir que el lugar preferido de los antiguos egipcios para fornicar no era la cama, sino el jardín.

Y su postura favorita era la penetración a tergo, o lo que es lo mismo, por detrás.

Parra, por tanto, quiere desmitificar con su obra la imagen del antiguo Egipto que nos ha llegado y pretende hacerlo de una manera rigurosa pero entretenida. 

Capítulo a capítulo, el autor presenta hechos contrastados y poco conocidos como el tabaquismo de Ramsés II, el desconocimiento por parte de los egipcios del número Pi y de la sección aúrea para explicar las dimensiones de las pirámides o que los trabajadores del Nilo tenían una especie de Seguridad Social que les protegía ante accidentes.

Es tentador echar la culpa al cine de esa visión falseada que nos ha llegado del antiguo Egipto.

Si bien el séptimo arte puso su granito de arena en esa idealización, hay que buscar también culpables en otros ámbitos.

«La cuestión viene de lejos, de cuando a principios del siglo XIX empezaron a llegar a Europa desde Egipto imágenes de una fascinante “rareza” (ese caminar de lado de los egipcios) que se mezclaron con sus templos y pirámides gigantescos, además de con la idea existente entonces de lo “oriental”, para dar lugar a una imagen concreta y un tanto fantasiosa (recordemos que por entonces los textos egipcios sólo estaban empezando a leerse) de la civilización faraónica», explica el historiador.

«Una imagen que luego ha quedado fijada por la literatura, el teatro y el cine».

Desde aquellos principios del siglo XIX que menciona el doctor en Historia Antigua hasta hoy, mucho ha cambiado la forma de estudiar historia. Parra habla de la interacción de diversas disciplinas en esos estudios: arqueología, paleopatología…

«Todas esas especialidades hacen que la información que se recupera de una excavación arqueológica sea cada vez mayor.

Por eso cada vez se tarda más en excavar los yacimientos, porque son muchos los especialistas que pueden aportar su grano de arena a la hora de reconstruir lo mejor posible un momento concreto de la historia».

Gracias a esos estudios cada vez más completos, con más ángulos de visión y de análisis, podemos comprender hasta qué punto una cultura tan antigua como la egipcia influyó en todas las civilizaciones posteriores.

Para empezar, el hecho de que fuera el primer estado centralizado de la historia explica gran parte de nuestra realidad, de cómo somos hoy.

«Hay muchas cosas que nos llegan desde el antiguo Egipto y no lo sabemos.

Por ejemplo, el Salmo 104 de la Biblia está copiado del Gran Himno a Atón; y por no salirnos de la Biblia, en los Proverbios encontramos elementos tomados de las Enseñanzas de Amenemope, un libro sapiencial egipcio.

O, por irnos a la literatura, parte de historias como las de Alí Babá y los cuarenta ladrones o los cuentos donde aparece una princesa encerrada en un torreón proceden también del valle del Nilo».

Conocer la historia, por tanto, es importante para comprender mejor el mundo en el que vivimos. «Si sabes lo que sucedió, nadie puede venir e inventarse el pasado que a él le gusta para que apoye sus intereses particulares.

Básicamente, conocer la historia te hace pensar», afirma Parra con rotundidad.

Por eso es importante la enseñanza de esta materia en colegios, institutos y universidades: para evitar manipulaciones que puedan acabar llevándonos a repetir lo malo de nuestro pasado.

Sin entrar en las habilidades de cada profesor, Parra es claro respecto a esta cuestión:

«Ahora, en los colegios, se llega al caso de estudiar la historia regional prescindiendo casi de la historia general; pero eso también sucede en la universidad, donde cuando yo empecé a estudiar ya corrían rumores de que se iba a prescindir de la carrera de Historia, como ahora ha estado a punto de suceder con la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense.

En su afán para entontecernos, los políticos saben que si estudias historia te da por pensar y eso no es bueno para ellos».

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