Lord Byron y su perro Boatswain

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Lord Byron y su perro Boatswain
Lord Byron y su verdadero amor: los perros.

Lord Byron, fue un símbolo absoluto del romanticismo, poeta inglés de vida apasionante que llevó el concepto de aventura y de tragedia a la máxima expresión.

Y como no, también se alzó como amante absoluto de las mujeres (decía haber amado y yacido con más de 250 damas), aunque según él mismo, su gran amor y admiración se la llevaba siempre uno de esos seres de quienes decía: “Cuánto más conozco al hombre, más amo a mi perro“.

En efecto, George Gordon lord Byron, amó por encima de todo a los perros. ¿Quieres conocer alguna de sus entrañables historias?

Lord Byron y su perro Boatswain

Hijo de un noble capitán y nieto de un vicealmirante, Byron heredó sobre todo la sensibilidad y el temperamento aventurero de su madre, Lady Catherine Gordon.

Como curiosidad a tener en cuenta te diremos que el famoso poeta nació con una pequeña deformidad en el pie derecho. 

Pasó toda su infancia con un zapato ortopédico con la esperanza de que su deformidad fuera corregida, pero no fue así.

Y a pesar de que su padre creyera que jamás caminaría, Lord Byron pudo desenvolverse con total naturalidad, asumiendo su cojera para hacerla algo suyo, un andar excéntrico que según muchos le daba un aire distinguido.

Lord Byron y su perro Boatswain

Dibujo de Lord Byron

Pero lejos de recordar su infancia como un pasado trágico debido a su zapato ortopédico, siempre la recordó como los mejores días de su vida.

En 1798, al morir su tío abuelo William, heredó el título nobiliario y también una importante propiedad cerca de Nottingham.

Su vida allí estuvo siempre acompañada por excelentes compañeros: Fanny, una perra terrier; Thunder, un mastín, Nelson, y sobre todo, su mejor amigo, Boatswain, un Terranova nacido en 1803 en Canadá que se convirtió en su sombra.

Cuando Boatswain murió, Lord Byron ordenó construir en los jardines de su mansión uno de los monumentos más bellos e impresionantes que una persona haya dedicado jamás a su perro.

El epitafio que escribió para él fue el siguiente:

Cerca de este lugar
reposan los restos de un ser
que poseyó la belleza sin la vanidad,
la fuerza sin la insolencia,
el valor sin la ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.

Este elogio, que constituiría una absurda lisonja
si estuviera escrito sobre cenizas humanas,
no es más que un justo tributo a la memoria de
Boatswain.

Lord Byron y su perro Boatswain

Monumento con el epitafio para el perro de Lord Byron

La vida de un perro tan importante como la de un hombre.

Existe otra anécdota realmente curiosa que nos describe también el amor de Lord Byron por estos animales.

En uno de sus viajes a bordo de un barco, la mala suerte hizo que uno de los perros que llevaban cayera al océano. Alarmado, el poeta inglés exigió al capitán que detuviera la nave para salvar al animal. Pero éste, se negó en rotundo.

Algo de esas características solo podía hacerse por la vida de una persona, no por un animal. ¿Y qué hizo entonces Lord Byron?

Exacto, no lo dudó. Se lanzó al agua y nadó hasta donde estaba el perro. Lo sujetó contra su cuerpo y, sencillamente esperó a que el capitán fuera hasta él.

Esta vez no podía negarse: tenía que salvar a un ser humano, y quisiera o no, también al perro.

Sin lugar a dudas fue un hombre apasionado que encontró en los perros a sus mejores amigos, aunque ello no evitó que diera su vida por causas que el consideraba nobles y necesarias.

Como luchar por la independencia de Grecia. Lord Byron murió a los 36 años en este país, tras unos ataques epilépticos y una convalecencia de la que no pudo recobrarse.

Antes de morir, pidió que su corazón residiera en Grecia (un país que amó y que inspiró gran parte de su poesía).

Como última curiosidad te diremos que su cuerpo fue trasladado a Inglaterra en una barrica de cognac, para ser enterrado en la iglesia de Santa María Magdalena, en Hucknall, en el condado de Nottinghamshire.

En 1938, se quiso volver a abrir su ataúd para comprobar el estado del cadáver (la curiosidad del ser humano parece no tener límites).

El clérigo de aquella iglesia, Thomas Gerrad Barber, aprovechó para escribir un libro titulado, como no, “Byron y donde está enterrado”, describiendo lo que vio con las siguientes palabras:

Reverentemente, muy reverentemente, levanté la tapa, y ante mis ojos yacía el cuerpo embalsamado de Byron en perfectas condiciones como cuando fue depositado en el ataúd hace 114 años.

Sus facciones y su cabello eran fácilmente reconocibles por los retratos con los cuales estaba tan familiarizado…

Tenía los pies y los tobillos descubiertos y pude comprobar que su cojera se localizaba en el pie derecho.

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