Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú
El palacio subterráneo: el metro de Moscú.

Palacios subterráneos.

Es así como se conoce comúnmente a las esplendorosas estaciones de metro de la ciudad de Moscú, un tributo a la arquitectura y a la imaginación, donde usuarios habituales y turistas se desplazan teniendo la sensación de estar viajando en el tiempo.

Una evolución exquisita de la arquitectura nacional donde por un momento, el frenético rumor y los problemas de la superficie, quedan olvidados al completo.

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

La idea inicial del metro de Moscú, se esbozó sobre el año 1923, momento en que se llevaron a cabo unos estudios preliminares para implantar el que sería el primer trayecto desde Sokolniki al centro de la ciudad. 

La finalidad era simple y a la vez grandiosa: dotar al pueblo de un ambiente confortable, envolviéndolo a su vez, de los mayores tributos de la nación rusa. 

Sus legados arquitectónicos.

Y no se reparó en gastos. En absoluto. Durante la construcción del metro de Moscú, se utilizó todo tipo de piedras, desde granito, rodonita, ódice, y más de veinte variedades de mármol de los más sugestivos e increíbles colores. 

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

Cada estación debía ser única, única en esplendor y exquisitez en sus detalles. Y lo consiguieron, nadie puede ponerlo en duda.

Las estaciones del metro de Moscú son monumentos de la arquitectura asociados a la propia historia del país, ahí donde vemos no solo su desarrollo artístico, sino también la simbología implícita del instante puntual en que fueron levantadas. Algo realmente interesante que vale la pena repasar:

La primera línea se inauguró el 15 de mayo de 1935. Eran solo 11 kilómetros con 13 estaciones, siendo la primera linea que cruzaba el mítico río Moskva. 

Todo un acontecimiento social y político. 

El pueblo empezaba ya a disponer de su metro…

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

La segunda etapa pudo finalizarse justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. 

Estábamos en 1938, y se unieron ya núcleos urbanos como Arbatskaya o el Kursk, un tramo de gran belleza que hoy se conoce como la línea azul oscura, ahí donde están las estaciones más populares: Krasniye Vorota, Okhotnyi Ryad y Kropotkinskaya. 

Un exquisito art-decó fusionado de modo original con temas de la simbología socialista.

Las obras de construcción de la tercera fase se retrasó un poco debido al desarrollo e impacto de la Segunda Guerra Mundial, pero no se detuvo. En absoluto. 

Se alzaron tres estaciones más que cruzaban el río, y en su arquitectura, vemos ya importantes motivos bélicos que desplazaban un poco la visión socialista. 

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

Cabe decir, que durante el asedio a Moscú en 1941, las estaciones de metro se utilizaron como refugios antiaéreos, a la vez que se trasladaban también algunas oficinas, ministerios, o incluso el Cuartel General de la Defensa Aérea estableció allí. 

De hecho, y como curiosidad, el mismo Stalin pronunció discursos en aquellas míticas estaciones en numerosas ocasiones.

La cuarta etapa de la construcción del metro, representó ante todo la alegría de la Victoria y el orgullo por su pueblo. 


Fue entonces cuando se abrieron lineas como la Koltsevaya , la Arbatsko-Pokrovskaya, y una extensión un poco más superficial como la de Pervomaiskaya ya a principios de 1950. 

Se dice que fue en este periodo cuando se alcanzó su máximo esplendor. Una distinción y elegancia que ya no se ha vuelto a repetir.

Fue ya con la llegada de la Guerra Fría cuando se inició la quinta etapa. Debido al contexto social y político se decidió construir un tramo mucho más profundo, lineas inferiores a la de Arbatsko-Pokrovskaya. 

Esplendor palaciego en los subterráneos de Moscú

¿La razón? Comprensible, que sirvieran de refugio en caso de guerra nuclear.

A partir de entonces, los avances en el metro de Moscú dejaron de encajar en lo que se conoce como “etapas”. 

Se limitaron a hacer mejoras, a abrir nuevas estaciones un poco más espartanas, más funcionales y sin tanto esplendor y tecnología tan costosa. 

Pero el legado ya estaba hecho, ese tesoro único y excepcional sigue abriéndose en el subsuelo moscovita a lo largo de un tendido 305,5 kilómetros donde uno no saldría jamás a la superficie.

Un tributo que merece la pena conocer.

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