Chien-Shiung Wu, la Marie Curie china

Chien-Shiung Wu
Chien-Shiung Wu, la Marie Curie china.

Si nos preguntan por nombres de grandes físicos de la historia, ¿cuántos seríamos capaces de dar? ¿Einstein? ¿Newton?

 ¿Kepler? Pongámoslo aún más difícil: ¿cuántas mujeres dedicadas a la física conoces? Cri, cri, cri, cri…

Hablemos de una de ellas —porque las ha habido y las hay—, que si ya lo tuvo difícil por pertenecer al género femenino, a eso se le sumó el ser china y haber vivido en la primera mitad del siglo XX, donde las mujeres, ya se sabe, pintaban más o menos lo mismo que un jarrón.

Chien-Shiung Wu nació en 1912 en un pequeño pueblo a unos 40 km de Shanghai. 

Un año antes había estallado la revolución comunista imponiendo la República y derrocando el caduco sistema imperial.

Durante el Imperio, a las niñas se les prohibía asistir a la escuela, se les vendaban los pies por criterios estéticos y se las educaba para vivir al servicio de los hombres. Todo esto cambió con la llegada de la revolución, que impuso un cambio de aires.

Pronto surgieron otros líderes deseosos de cambiar todo aquel statu quo. Uno de ellos fue el padre de Chien-Shiung Wu, un ingeniero de formación que creía firmemente en la igualdad entre hombres y mujeres.

Qué mejor forma de demostrarlo que creando una escuela para niñas donde también recibió educación su propia hija. La pequeña resultó una alumna brillante.

Por eso, cuando aquella primera etapa escolar terminó, la familia decidió que la pequeña Wu debía seguir estudiando. 

Fue así como con 10 años se trasladó a la escuela para chicas de Suzhou, donde pronto descubrió las ciencias y en especial, la Física.

En aquel internado vivió siete años hasta que consiguió graduarse. Fueron siete años de enorme esfuerzo y trabajo para tratar de obtener una plaza que le llevara a la Universidad Nacional Central de Nanjing. No era fácil. 

Chien-Shiung Wu

El acceso a la universidad estaba vetado a las mujeres. Pero Wu no había sido educada para ser una conformista, así que se involucró activamente en las luchas estudiantiles de 1930.

Aprovechando la invasión de Japón a China, Wu encabezó una delegación de estudiantes que invadió la mansión presidencial y no la abandonaron hasta conseguir su propósito: que las puertas de la universidad se abrieran también para las mujeres.

De este modo, consiguió ingresar en la Universidad de Nanjing. Cuatro años después, se licenció en Físicas y trabajó como docente en una pequeña universidad de provincias.

Decidida a continuar con sus estudios, se convirtió en investigadora en el Instituto de Física de la Academia Sinica, donde se hizo experta en cristalografía, pero aquello también se le quedaba pequeño. Más todavía cuando de América le llegaban noticias de los estudios alrededor del átomo que estaban realizando científicos norteamericanos.

Así que animada por su profesor, solicitó una plaza en la Universidad de Michigan para completar allí su doctorado.

La respuesta superó sus expectativas: no sólo fue admitida sino que desde la universidad americana le ofrecieron apoyo para dedicarse a la investigación de la espectroscopia atómica.

Adiós, China; hola, América

Con la ayuda económica de su tío, Chien-Shiung Wu partió a Estados Unidos. Lo que pensó que sería una estancia de unos cuantos meses acabó convirtiéndose en su hogar definitivo. Era el año de 1936 cuando la joven llegó a San Francisco (California).

Como faltaban aún unos días para iniciar el curso en Michigan, Wu quiso visitar a una amigo que residía en Berkeley antes de continuar viaje. Fue entonces cuando conoció a un joven estudiante de física chino llamado Luke Chia Yuan, quien se ofreció a enseñarle el campus de la Universidad de Berkeley y los laboratorios de física.

Chia Yuan le presentó al profesor Ernest O. Lawrence, quien había construido unos años antes el primer ciclotrón, un acelerador de partículas que utilizaba campos magnéticos para acelerar y romper fragmentos atómicos con el fin de que sus interacciones pudieran estudiarse con precisión.

Chien-Shiung Wu

Lawrence y Wu se impresionaron mutuamente. Tal es así que el científico la animó a renunciar a su plaza en Michigan y quedarse en Berkeley para trabajar con él en el campo que más la atraía: el átomo.

Se le abría así la posibilidad de estudiar bajo la dirección de una de las leyendas de la física nuclear, algo nada despreciable, y de cumplir aquel sueño que la llevó a dejar atrás su hogar en China.

Y por si le faltaba alguna razón más para quedarse en California, el amor le dio la excusa definitiva. Aquel joven estudiante que le sirvió de cicerone en el campus acabó convirtiéndose en su marido.

Wu era una trabajadora incansable. Pronto ganó fama de concienzuda en su trabajo y de investigadora disciplinada. «Siempre he sentido» —explicó años más tarde— «que en física y probablemente en otros empeños también debe haber un compromiso total. No es sólo un trabajo, es un modo de vida».

Hacia 1940 Wu finalizó su doctorado. Sus colegas la consideraban una experta (La Autoridad, le llamaba cariñosamente Robert Oppenheimer) en fisión nuclear, la división de grandes núcleos atómicos ya sea por reacción nuclear inducida o por desintegración radiactiva natural.

Su fama era tal que importantes iconos de la física como Enrico Fermi no dudaron en preguntarle cada vez que sus investigaciones se atascaban. Por aquel entonces, un grupo de científicos encabezados por Fermi trataba de conseguir la primera reacción en cadena de plutonio autónoma y a gran escala.

Pero algo fallaba y no daban con la razón. Alguien sugirió al físico que consultara con Wu dónde podía estar el fallo. Y Wu no defraudó.

En su opinión, el problema era la acumulación de xenón que se producía en la fisión del plutonio.

 A pesar de ser un gas noble inerte, el isótopo producido en la reacción en cadena de Fermi y su equipo tenía tendencia a capturar neutrones dispersos. Wu sabía que cuanto más xenón se acumulase en la cámara de reacción, más neutrones serían capturados y menos neutrones estarían disponibles para inducir reacciones futuras.

Gracias a su teoría, el equipo de Fermi corrigió el fallo. Wu había conseguido resolver uno de los problemas más complejos de la física experimental.
Tiempos de crisis

Pero estalló la II Guerra Mundial y a los prejuicios por ser mujer se le unieron los sentimientos xenófobos.

Apenas llevaba un tiempo colaborando con el Proyecto Manhattan, un grupo de trabajo científico dedicado a fabricar la primera bomba atómica antes que los nazis. Pero cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, Wu fue apartada del equipo. Sus rasgos orientales, difíciles de distinguir de los de los nipones, le hacían sospechosa de poder colaborar con el enemigo.

Despreciada por motivos raciales, Wu y su marido abandonaron California en busca de otro puesto de trabajo. Él lo encontró en la Costa Este, en unos laboratorios de Princeton (New Jersey). Ella, consiguió un puesto como docente en un colegio femenino de Northampton, Massachusetts.

El matrimonio quedó separado de esta manera, pudiendo verse únicamente los fines de semana en un lugar intermedio: Nueva York.

Pero durante una conferencia en Boston, Wu se reencontró con el profesor Lawrence.

Cuando le puso al corriente de su situación, el científico empezó a mover hilos hasta conseguirle un puesto en la Universidad de Princeton. Se convirtió así en la primera mujer docente de Física en aquella universidad. 

Después llegaron otras universidades, como la de Columbia, pero a pesar del gran reconocimiento y prestigio que se había labrado con su labor docente e investigadora seguí sin conseguir ser nombrada catedrática en ninguna universidad.

Finalizada la guerra, las cosas poco a poco volvieron a su cauce. Wu pudo seguir su labor científica como investigadora asociada en la Universidad de Columbia (Nueva York) , esta vez centrándose en la desintegración beta que tantos quebraderos de cabeza había causado a importantes figuras de la Física.

Hasta entonces, los experimentos de otros colegas sólo habían conseguido encontrar electrodos de bajo movimiento. Pero ella demostró que se movían a gran velocidad atravesando láminas de espesor uniforme.

Su fama como física crecía a medida que sus investigaciones avanzaban. Por entonces —corría el año 1956— dos investigadores llamados Tsung Dao Lee y Chen Ning Yan habían empezado a cuestionar teóricamente una de las grandes leyes físicas consideradas irrefutables hasta el momento: la ley de la paridad. Básicamente, esta teoría decía que se conservaban las propiedades de un sistema frente a una simetría especular.

Yan y Lee sospechaban que esto no se cumplía siempre, pero no eran capaces de demostrarlo. Así que contactaron con Wu para que les ayudara en la investigación. La científica, en menos de un año, realizó experimentos que consiguieron demostrar que ese principio de la paridad no se cumplía en la naturaleza.

En 1957, Lee y Yan recibieron el Premio Nobel de Física por estos experimentos. No hubo mención ni reconocimiento para la doctora Wu. La gloria, una vez más, ninguneaba a la científica.

Pero la vida sigue y Wu no dejó de investigar.

Sus siguientes indagaciones aportaron importantes descubrimientos en los campos de la medicina y la bioquímica. Mediante nuevas técnicas consiguió desarrollar un método para estudiar los cambios moleculares de la hemoglobina asociada con la anemia de las células.

El Nobel no llegó nunca, aunque sí otros importantes premios y reconocimientos. Uno de ellos fue convertirse en la primera mujer que presidió la Sociedad Americana de Física en 1975.

Chien-Shiung Wu murió a los 84 años en su apartamento de Manhattan en 1997. Su legado a la ciencia ha sido enorme, y sin embargo, qué poco sabemos de ella. Como último intento por resarcirla de tanta injusticia, un asteroide lleva su nombre desde 1990.

Sólo las estrellas son capaces de devolverle la luz a quien no permitieron brillar.

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