Las hermanas Brontë

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Las hermanas Brontë
Las hermanas Brontë, una historia de tragedia.

Obras inolvidables como “Jane Eyre”, “Cumbres borrascosas”, o “La inquilina de Widfell Hall”, encierran tras sus lineas la existencia de tres hermanas que vivieron para su arte en un difícil mundo, donde la mujer tenía aún un papel muy pasivo y escondido entre las sombras. 

En sus textos advertimos la esencia destilada de ese romanticismo más puro, intenso y trágico, a su vez, en el cual no siempre la última página nos ofrece un final feliz, pero sí la promesa de que los verdaderos amores existen y deben vivirse al máximo.

Tal vez ya conozcas o intuyas cómo fue en realidad la vida de la familia Brontë.

Se ha escrito mucho sobre ellas y sobre esa sombra de tristeza que se arrastró siempre tras sus delgadas figuras, tras esos rostros habituados a ver el paisaje más árido y salvaje de los páramos de Yorkshire donde se criaron.

Los Brontë y sus años de enseñanza

Los Brontë vivían en Yorkshire, donde su padre, Patrick Brönte, un rector de origen irlandés, educó a sus seis hijos en los férreos principios de la humildad anglicana, de la austeridad y, en esencia, en un ambiente de profunda tristeza tras la temprana muerte de su esposa.

Siendo muy pequeñas fueron enviadas al severo colegio de Clergy, en Cowan Bridge. 

Para que nos hagamos una sencilla e ilustrativa idea de cómo fueron sus vidas en este centro no tienes más que recordar la primera parte de la novela de Jane Eyre. El frío, los castigos, la dureza de los profesores y también esa eterna enfermedad de la época: la tuberculosis. 

Todo fue tan crudo como real, de hecho, las hermanas mayores Maria y Elizabeth murieron de esta enfermedad en 1825, siendo solo unas niñas. Por esa razón tanto Charlotte como Emily se vieron obligadas a dejar el colegio en vista de su debilidad física.

Todos los hermanos Brontë vivían en un selecto mundo de imaginación, novelas y escritura, que les permitía escapar de la rudeza de los páramos y de ese padre severo.

Inventaron un mundo exclusivo para ellos: Anglia, que pertenecía a Charlotte y su hermano Branwell, y Gondal, que era de Emily y Anne.

En 1831, Charlotte empezó a trabajar como maestra junto a Emily. Durante un tiempo estuvieron también en Bruselas, aprendiendo francés.

Un tiempo en el cual Charlotte llegó a enamorarse locamente del director de la academia, Constantin Heseír. 

Pero su pasión jamás fue correspondida, volviendo a Inglaterra con esa pena en el corazón de la que nunca se curó.

Mientras tanto, la pequeña Anne empezó también a trabajar como institutriz de una familia de cerca de York, ahí donde su hermano hacía a la vez de profesor de los niños.
Hacerse un hueco en un mundo de hombres

Charlotte quería ser escritora. Contaba con varias novelas y con sus ansias de que fueran publicadas.

Para ello buscó la ayuda del famoso poeta Robert Southey, pero la respuesta de éste fue firme: “La literatura no es asunto de mujeres y no debería serlo nunca”. 

¿Pensáis que se rindió la más obstinada de las hermanas Brontë? En absoluto, en 1845, decidió coger sus propios poemas y los de sus hermanas Anne y Emily y presentarlos a un editor bajo los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell (1846).

Si bien se vendieron muy pocos ejemplares, a día de hoy se considera la poesía de Emily Brönte (autora de “Cumbres Borrascosas”) como una de las mejores de ese siglo.

Descubierto el sencillo hecho de que si se hacían pasar por hombres sus obras eran publicadas, las tres hermanas se pusieron manos a la obra: Charlotte publicó Jane Eyre en 1847, teniendo un éxito inmediato.

Luego, Anne, le seguiría con Agnes Grey, una novela sobre la vida de las institutrices en esta época, algo que conocía muy bien. 

Más tarde, Emily revolucionó a la sociedad con Cumbres Borrascosas, una obra muy criticada en aquel tiempo por su dureza, por la intensidad de sus sentimientos y sus “primitivos” personajes tan llenos de odio y amor a la vez. La consideraron una novela “salvaje”.

El temprano final de las hermanas Brontë

El primero en fallecer fue Branswell, el único varón de la familia. Tenía 31 años y falleció de tuberculosis.

Su vida nunca fue demasiado feliz, sufrió muchos desengaños amorosos y hubo de soportar siempre ser un fracasado a ojos de su padre. 

Un año después de Branswell, falleció Emily, a los 30 años y también de tuberculosis.

Pero la fatalidad no acabó aquí, en absoluto, un año después de Emily falleció Anne, el 28 de mayo de 1849 y también de tuberculosis, justo cuando no hacía mucho, acababa de publicar su segunda e inolvidable novela, La inquilina de Wildfell Hall -también muy criticada e incomprendida en aquel momento-.

Charlotte se quedó viviendo sola con su padre, oyendo el tic-tac del transcurrir del tiempo con pesadumbre y soledad, unos años en que llegó a publicar Shirley y Vilette.

En 1854 su vida mejoró un poco al contraer matrimonio con el reverendo Nichols, al que conoció porque durante un tiempo fue suplente de su padre en la parroquia. 

Aunque esa chispa de felicidad fue rápidamente apagada por la sombra de la fatalidad, siempre fascinada al parecer con el apellido Brontë.

La muerte la abrazó a los 39 años con la misma figura con la cual se llevó a todos sus hermanos: la tuberculosis.

Pero gracias a Charlotte, Anne y Emily, podemos disfrutar de las que se consideran las mejores novelas románticas de la historia.

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