¿Por qué duele tanto el rechazo?

¿Por qué duele tanto el rechazo?
¿Por qué duele tanto el rechazo?

Sientes un dolor similar si te propinan un puñetazo en la boca del estómago que si te dan calabazas o te dicen que tu proyecto es una birria.

No es una exageración ni una metáfora florida. Lo dice la ciencia.

Un estudio de la Universidad de Michigan (EEUU) publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences comprobó que las regiones que se activan en el cerebro por el dolor físico y el dolor provocado por un rechazo son prácticamente idénticas.

El rechazo es inherente a nuestro día a día y aun así, nuestro cerebro no se acostumbra a él y cuando lo identifica emite una señal de dolor.

Ya en la infancia sufrimos las primeras mofas y la vida adulta tampoco escatima en chascos: trabajos perdidos, futuribles parejas que nos rechazan, amigos que nos clavan un puñal por la espalda…

Lo más sorprendente de todo es que estas molestas alertas se disparan en cualquier situación en la que nos sentimos excluidos, pese a que no vengan de la mano de gente a la que admiramos o vayan a tener una consecuencia crucial en nuestra vida.

En psicología existe un experimento para analizar la consecuencias del rechazo que se llama Cyberball. Se lleva a cabo con tres personas o mediante un ordenador y consiste, básicamente, en pasarse la pelota.

Lo que ocurre es que al segundo pase que hace el individuo analizado, los otros dos lo ignoran y no vuelven a lanzarle el balón.

Lo que se demuestra con esta prueba es que ni siquiera un desaire que tiene tan pocas consecuencias prácticas es un asunto baladí, pues todos los sujetos experimentan altos niveles de estrés.

Otra de las conclusiones que se extraen es que el desprecio crea una reacción tan intensa que impide actuar a la lógica. Hay muchas variantes de este test, en una, por ejemplo, informan al que se ha quedado sin pelota que los otros dos jugadores son miembros del Ku Klus Klan. 

Ni siquiera considerar abyectos a los que no han querido jugar contigo sirve para que el nivel de malestar descienda.

Lo mismo sucede cuando el juego se lleva a cabo por ordenador. Según una prueba realizada en la Universidad de California en Los Ángeles, UCLA (EEUU), el sufrimiento no remite, aunque sepamos que nadie nos rechazó, que fue una treta del ordenador.

Los resultados de las pruebas le quitan la razón a la célebre máxima de Groucho Marx: «Jamás pertenecería a un club que admitiera como miembro a alguien como yo».

A la luz de la ciencia, deseamos pertenecer a cualquier club, pese a que detestemos a sus componentes.

Sin embargo, existe una forma de rehuir el pesar que provoca el experimento de la pelota.

Según explica el psicólogo Guy Winch en el libro Primeros auxilios emocionales.

Consejos prácticos para tratar el fracaso, el rechazo, la culpa y otros problemas psicológicos cotidianos (Editorial Paidos), las personas que recibieron un paracetamol antes de la prueba no padecieron unos niveles de malestar tan acusados como los que fueron excluidos sin medicación.

Y esto ratifica, de nuevo, la hipótesis de que el dolor físico y el dolor sentimental funcionan de igual modo y por ello el analgésico es eficaz.

Los más curioso de todo es que el paracetamol no mitiga otros pesares. «Por desgracia, hay otras emociones negativas como la vergüenza que no se pueden ver aliviadas así», asegura Guy Winch en el mencionado libro.

Y ello nos lleva pensar en qué es lo que tiene el rechazo que lo hace tan insoportable y sobre todo tan doloroso.

No toleramos ni que nos excluya gente que no nos merece ningún respeto ni siquiera que una máquina no nos haga caso en un experimento programado. 

Evidentemente, la herida es más profunda si quien nos gira la cara es alguien a quien queremos o admiramos, pero de todos modos, cualquier atisbo de exclusión social es capaz de sumirnos en el desaliento y en la rabia.

En el tiempo en que éramos recolectores y cazadores, una de las condenas más letales era el destierro, pues el individuo no podía sobrevivir sin el grupo

Nunca es plato de buen agrado que te aparten de cualquier grupo. Aunque vayas cacareando al viento «a mí no me importa lo que piensen los demás», el desprecio siempre abre una herida.

Porque si la imagen que uno tiene de sí mismo es favorable, cuando esta se estrella contra una realidad que no lo es, surge el desconcierto y la duda.

Y si la autoestima es baja, la desaprobación de los demás no deja de ser una amarga confirmación de la escasa valía de uno mismo.

Sin embargo, existe otra razón evolutiva para comprender el intenso malestar que produce el rechazo. En el tiempo en que éramos recolectores y cazadores, una de las condenas más letales era el destierro, pues el individuo no podía sobrevivir sin el grupo.

Por esta razón, es posible que el rechazo social cause más temor y malestar que otros y se relacione con un dolor, que en el caso de nuestros antepasados podía ser muy real. 

Y es, precisamente ese mecanismo, según Winch, lo que hace que el rechazo sea funcional: ese miedo es el que permite adaptarse socialmente para evitar el exilio. Es decir que después de todo, hasta el rechazo tiene una utilidad práctica.

Muchas civilizaciones mantuvieron el destierro como máximo castigo. En Grecia, por ejemplo, se adoptó en el siglo VI a.C, promovido por Clístenes, el padre de la democracia ateniense, que de esta forma se libró de los tiranos que amenazaban con instaurar de nuevo un régimen totalitario.

El exilio era la condena al ostracismo (término que ha llegado hasta nuestros días, aunque ahora no indique que tenemos que hacer las maletas y mudarnos a otro país) y se llamaba así porque todos los ciudadanos debían escribir en el óstrakon (un tejo o trozo de vasija) el nombre de la persona que tendría que abandonar la ciudad durante una década. 

Lo que en principio debía ser un modo de librarse de individuos que pudieran desestabilizar la sociedad acabó convirtiéndose en una manera bastante rastrera de saldar rencillas.

Uno de los casos más flagrantes fue el de Arístides, apodado El Justo. Tras haber sido considerado un héroe en las Guerras Médicas y demostrar una gran integridad, varios rifirrafes políticos provocaron que convocaran un ostrakophoria, una sesión en la que todos los ciudadanos debían votar si desterrarlo o no.

Cuenta Plutarco que una campesino se acercó a Arístides y le pidió que escribiera por él, pues era analfabeto. Al preguntarle a quién quería condenar, le respondió que a Arístides.

Este le preguntó cuál era la razón y le respondió que ni siquiera le conocía, pero que le fastidiaba sobremanera que todo el mundo le llamara El Justo.

Confiar en uno mismo y hacer caso omiso a las críticas puede conseguir que la exclusión se torne en aceptación

No sabemos si debió revertir los niveles de estrés del griego el hecho de saber que no había una razón consistente para el rechazo que sufría. Como tampoco sabremos nunca si a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, le debió consolar que sus conciudadanos repitieran aquello de «que buen vasallo, si tuviera buen señor», mientras abandonaba sus tierras.

Según los últimos experimentos, el dolor del rechazo debió ser el mismo, aunque estamos hablando de héroes, que puntúan diferente al resto de hijos de vecino, y de una época en la que no se les podía colocar equipos de resonancia magnética en la testa.

Arístides y el Cid tampoco mostraron una de las reacciones típicas del rechazo: la rabia. Esta es la respuesta más habitual al sentimiento de marginación. Según un estudio del Ministerio de Salud de Estados Unidos elaborado en 2001, el rechazo social entre adolescentes es el casus belli más frecuente de la agresividad, por encima de otros que a priori parecerían más concluyentes como la pertenencia a una banda, la pobreza o el consumo de drogas.

El rechazo en sí, visto lo visto, resulta ciertamente devastador. Pero aún tiene más daños colaterales: el miedo al mismo, aunque no ocurra, aborrega y castra. La necesidad de pertenencia a un grupo es necesaria y útil si no se convierte en desesperada.

Y la capacidad de sobreponerse a la negativa de la mayoría puede hacer las veces de acicate en ocasiones y, en otras, conducir al ridículo más espantoso.

Por ejemplo, perseguir a una persona amada que no tiene la más mínima intención de corresponder es embarazoso en el mejor de los casos y punible en el peor.

No, nunca resulta romántico y si alguien lo ve así es porque el rechazo le ha ganado el pulso a la lógica.

Sin embargo, confiar en uno mismo y hacer caso omiso a las críticas puede conseguir que la exclusión se torne en aceptación. Un buen ejemplo lo encontramos en Rudyard Kipling. 

El escritor presentó El libro de la selva al San Francisco Examiner y le respondieron que no sabía escribir en inglés. Pero no tiró la toalla ni se puso a llorar bajo una mesilla de té.

Perseveró y años después, en 1907, se convirtió en el primer escritor británico en recibir el Nobel de Literatura.

El rechazo duele, eso está científicamente constatado, y no se olvida con facilidad, pero también puede ser un motor tanto para saber cómo adaptarse como para ganar confianza.

Él no tiene ninguna intención de irse, porque está presente desde los albores de la humanidad; ahora cada cual debe decidir qué hacer con él.

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