Mortales olas vagabundas

Mortales olas vagabundas
El misterio de las mortales olas vagabundas.

Pese a suponer cerca de un 71% de la superficie de nuestro planeta, acerca del océano conocemos menos incluso que de la Luna u otros planetas, como Marte. Tan solo un escaso 5% de los océanos ha sido objeto de estudio.

Inexploradas y profundas fosas oceánicas, corrientes irregulares y cambiantes, extraños sonidos abisales y especies aún por descubrir siguen a la espera de una aproximación de la ciencia.

El mar siempre ha sido un lugar para valientes que, por curiosidad o simple necesidad, se han visto abocados a adentrarse en sus confines. 

Muchos perecieron en su aventura, sin embargo, otros regresaron para contar sus historias que tarde o temprano se convertirían en leyenda, incógnitas que con el paso del tiempo acabarían siendo resueltas, o no.


El misterio de las mortales olas vagabundas

Una las leyendas más extendidas desde tiempos inmemoriales trata sobre olas gigantes.

Olas de 10 metros siempre han sido comunes de ver en el mar en un día de fuerte tormenta; nada a lo que un viejo lobo de mar no se haya enfrentado nunca, más no por ello sin miedo y respeto. 

No obstante, otros relatos marinos hablan de olas que duplican o incluso triplican esta altitud, auténticos monstruos de más de 30 metros que se erigen de la nada en forma de inmensas paredes de agua. 

Dada la conocida tendencia de los marineros a exagerar, dichos relatos se han mantenido a lo largo del transitar de los siglos en equilibrio sobre la delgada línea que separa el mito de la realidad, pero lejos de ser una ensoñación provocada por la acumulación de salitre en la brisa marina, hace relativamente poco tiempo se ha demostrado la existencia de estos descomunales caprichos de la madre naturaleza en forma de ola.

Las olas vagabundas, bautizadas en inglés como freak waves, rogue waves o extreme waves, suelen llegar sin previo aviso y frecuentemente con buen tiempo; son olas de superficie muy grande, solitarias, espontáneas y autoestables que, desafiando la comprensión científica, pueden alcanzar los 30 metros de altura, y de las que todavía se desconoce el origen. 

A diferencia de las olas normales, han sido descritas como olas de forma piramidal.

No hay que confundirlas con un Tsunami, que suele tener su origen en un terremoto submarino o erupción volcánica y que -pese suponer un tren de olas que puede alcanzar una velocidad de hasta 850 km/h, siendo extremadamente destructivas al llegar a tierra firme- en alta mar pasan inadvertidas, resultando un fenómeno inofensivo para cualquier barco.

Se calcula que a lo largo de los siglos XIX y XX estas olas extremas se han cobrado la vida de unos 540 marineros, siendo la causa de naufragio, extravío o avería de más de 200 buques y grandes petroleros los cuales superaban con facilidad los 200 metros de longitud.

También algunas plataformas petrolíferas, en ocasiones, han sufrido sus embates. Quienes han tenido la desdicha de cruzarse son ellas las describen como auténticos muros de agua surgidos de la nada.
De la leyenda al hecho

El primero de los antecedentes documentados de este fenómeno data del siglo XIX, de mano del contraalmirante francés, Jules Dumont D´Urville.

La historia contada por D´Urville al regreso de uno de sus viajes a través de los mares del sur, fue tomada a broma y con escepticismo, suscitando notables burlas hacia el marino.

No es hasta casi un siglo más tarde durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, al ser un portaviones estadounidense el que casi queda reducido a añicos por una de estas olas, que se empieza a tener conciencia esta realidad.

Hemos de esperar hasta hace tan solo unos 20 años para obtener la primera evidencia demostrada de este tipo de fenómeno.

La ola en cuestión tiene nombre propio, y fue bautizada por la comunidad científica como “La ola de año nuevo” por el día en que se produjo. Así, el 1 de Enero de 1995, a unos 180 km mar adentro de las costas Noruegas del Mar del Norte, se encontraba la que en esta ocasión sería el objeto de la ira del océano, la Plataforma Petrolífera de Draupner. 

Los sensores de la estructura medían ese día olas que se elevaban unos 12 metros sobre la superficie del mar, cuando súbita y repentinamente fue registrada por el instrumental de las instalaciones, concretamente un sensor láser de medición vertical de alta precisión, una gigantesca ola de nada menos que de 25,6 metros. 

Desde ese mismo día todo cambió para los científicos, que parecían haber encontrado la excepción que confirmara la regla de sus modelos matemáticos; la ola de año nuevo parecía dar veracidad con la contundencia de un golpe de mar a todas esas historias marineras descreídas durante siglos.

El origen de las olas vagabundas y el proyecto MaxWave

Si bien este tipo de olas puede producirse indiferentemente en cualquier lugar del océano, son zonas susceptibles a su aparición la costa Noruega y Sudafricana o ciertas áreas de Pacífico.

Pueden presentarse en dos variables, bien como Olas Solitarias, o bien en grupos de 3, recibiendo el nombre de Tres hermanas.

Ignoradas hasta hace poco, se aceptaba que la explicación a la formación de estas olas respondía a fenómenos aislados y fortuitos.

La creencia consensuada sostenía que se formaba una cada 10.000 años.

Hoy en día, varias son las teorías que se barajan acerca de su formación.

Una de ellas, sostiene que su origen pueda explicarse debido al producto de las olas generadas por una tormenta en interacción con una poderosa corriente de agua en sentido contrario, como puede ser la Corriente de Agujas en el extremo meridional de Sudáfrica. 

Dicha conjunción puede provocar la unión de las olas, de manera que sus frecuencias se superpongan, dando lugar a una ola enorme precedida por un oscuro y profundo seno.

No obstante, esta explicación ha sido recientemente desechada, ya que no resuelve la incógnita a la formación de olas vagabundas en mares en calma.

En aras a comprender este fenómeno surge en el año 2000 el Proyecto MaxWave, reuniendo a meteorólogos, oceanógrafos e ingenieros navales de 6 países Europeos. 

Finalmente, tras 5 años de investigación, en el 2005, la Agencia Espacial Europea confirma la existencia de estas olas, concluyendo que aparecen en todos los océanos del mundo y con relativa frecuencia cada año. 

Mediante satélites y la tecnología más puntera, se cree que en la actualidad se es capaz de detectar, y poner en alerta con eficacia sobre su presencia en cualquier parte del océano, aunque todavía habrá que esperar unos años más para desvelar el misterio de cómo se originan estos auténticos monstruos marinos.

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