¿Por qué cambiamos unas palabras por otras?

¿Por qué cambiamos unas palabras por otras?
¿Por qué dejamos de usar unas palabras y empezamos a usar otras?

Hay palabras que se ponen de moda. De eso nos damos cuenta enseguida.

Lo que nos cuesta algo más es detectar las palabras que desaparecen. 

Pero una cosa tiene que ver con la otra, porque ambas se relacionan entre sí a través de una lógica implacable.

Las palabras están sometidas a un proceso muy similar al que explicó Darwin en La evolución de las especies. 

Y eso por una sencilla razón: las palabras son seres vivos que se desarrollan o se extinguen en función de las alteraciones que sufre el medio en el que se desenvuelven.

Por ejemplo, durante el Siglo de Oro, en el que los textos poéticos debían respetar una rima muy meticulosa, las palabras que más facilitaban dicha rima tenían mayores posibilidades de sobrevivir.

Muerte, suerte, divierte, fuerte… son voces que se apoyaban mutuamente en medio de esa disciplina poética para continuar apareciendo, primero en los versos y, como consecuencia de ello, en el hablar cotidiano. En cambio, trifulca, abalorio o proverbio eran incapaces de trabajar en equipo y eso casi les costó la vida.

La supervivencia de las palabras viene determinada por su nivel de presencia en el lenguaje y este, a su vez, por los requerimientos del mismo en cada momento histórico.

Ahora mismo, las palabras que se encuentran con serios problemas de supervivencia son las polisílabas. Las redes sociales en general y Twitter en particular las están diezmando. Un ejemplo: entre la evidente longitud deespectacular y la brevedad de guay, la segunda lleva todas las de ganar.

Nada habría que reprocharle a esa lógica de lo bueno, si breve, dos veces bueno si con la desaparición de una palabra no se desvaneciera también su particular significado. 

Porque guay es sinónimo de espectacular, pero también de fantástico, extraordinario, increíble, apabullante, sorprendente, alucinante, impresionante, deslumbrante, pasmoso, inesperado… y cada una de esas palabras describe una sensación singular que nada tiene que ver con el resto.

Aquí es donde surge el problema: la pérdida de la especifidad en el lenguaje conlleva también la indefinición de nuestras emociones. Y con ello, una mayor dificultad para comunicar los sentimientos que nos permiten comprendernos los unos a los otros.

Pero no nos engañemos. El asunto no reside en la abreviación de las palabras, como solemos hacer en WhatsApp, sino en la desaparición de las mismas. De hecho, dicha abreviación no nació con la llegada del mundo digital, sino muchísimo antes.

En la novela Ana Karerina, para describir la declaración de amor entre Kitti y Levin, Tolstói escribe lo siguiente:

—Hace tiempo que quiero preguntarte algo.

—Hazlo, por favor.

—Esto —dijo él—, y escribió las iniciales C r: e n e p, q d e o n (estas iniciales significaban: «cuando respondiste: eso no es posible, ¿querías decir entonces o nunca?». Parecía imposible que ella pudiera comprender la complicada frase).

—Comprendo, dijo ella sonrojándose.

Aparentemente los amantes se entendieron con tan solo once letras. Pero no es cierto. Si Kitti pudo comprender el significado de esas once letras es porque tras ellas permanecían incólumes cinco trisílabos y tres pentasílabos que concretaban la expresión del sentimiento de Levin. 

Y son justo ese tipo de palabras las que ahora, si dejamos de usarlas, comenzarán a esfumarse no solo de nuestro vocabulario, sino también de nuestra capacidad para exponerle a los demás lo que nos sucede por dentro.


Cómo ha cambiado el español de los años 40 al de hoy


Todas los individuos pertenecen a un tiempo, unas costumbres, unos valores y una forma de hablar. Eso que comparten es lo que los convierte en una generación. Es lo que les da su identidad, lo que define que se carden el pelo o se planten un peinado Arriba España.

Este texto es una mirada, desde un plano cenital, a algunas de las voces que nos han llevado desde las penurias de la posguerra española hasta la cultura tecnológica de los milenials.
Buenas tardes nos dé Dios.

Ha de saber usted, afable lector, que en las palabras queda impresa la forma que cada época tiene de representar el mundo. Debe considerar que a mitad del siglo XX, cuando el Generalísimo llevaba la voz y mando de la patria, se hablaba con respeto, decencia y compostura. El lenguaje estaba vigilado por la Iglesia y el Estado, y todos los que escribían documentos seleccionaban cada término, cada circunloquio y cada expresión con precisión de cirujano para reflejar una ideología y construir una imagen de la realidad.

Aquellas palabras de ayer devinieron en los documentos históricos de hoy.Encontrar en cientos de líneas de cientos de textos el pecado y lo pecaminoso revela que en la España del Altísimo la presencia de los curas era como una invasión de hormigas. La voz descocarse, con todas sus connotaciones alrededor, mostraba el ideal de mujer como un ángel del hogar, una criatura casta y pura, comedida y mojigata.

En aquellos años 40 y 50 corría el estraperlo. No habría sido necesario un vocablo así si el hambre no se hubiese hincado en sus dientes y no hubieran tenido que trapichear, a escondidas, para sacar unas míseras perras.

Las palabras construyen el mundo, y el mundo es tal y como se verbaliza. En las voces de los jóvenes de la generación silenciosa (nacidos de 1925 a 1942) está impresa la identidad de la posguerra. Podemos acercarnos a ese tiempo imaginando a las mujeres que, bajo sus ropas recatadas, vestían unos pololos y un sostén que a menudo, con cualquier trapo, ellas mismas se tenían que coser. O al paragüero que caminaba por las calles, con un puñado de sombrillas viejas, buscando negocio para poder echar algo al puchero.

Es el vocabulario una de las pocas máquinas del tiempo que tenemos hoy.Viajamos al pasado a través de las imágenes, los sonidos, las palabras y los recuerdos que evocan. En cada término hay inscritos cientos de historias: de su mismísimo origen a la razón por la que nació. Ningún vocablo surge de la nada o por generación espontánea. Aparece por un motivo; porque un grupo de personas lo necesita para nombrar algo. Y cuando lo modifican es porque ya no les sirve; porque con ese cambio quieren constatar que el mundo ha cambiado.

Es lo que puede ocurrir con la celestina en el siglo XXI. La generación Z (nacidos a partir de 2005) podría jubilar a esta mujer que, antes, ayudaba a dos enamorados a encontrarse, a pesar de los infortunios o la prohibición de sus familias a consumar su ardiente amor. En la década de 2010, en cambio, en pleno apogeo de la era del entretenimiento, lo que divierte a los adolescentes es shippear: intentar, desde sus dispositivos digitales, que dos personajes de ficción se líen o dos youtubers famosos se hagan pareja.


Asoma la libertad

Las apreturas de los corsés empezaron a aflojarse en los años 60. Algunas muchachas de la generación de los baby boomer (nacidos entre 1943 y 1960) se atrevieron con la minifalda y se hicieron chicas yeyé. La mera sonoridad del término, que procedía del Yeah! de los conciertos británicos de rock, refleja las ansias de divertirse de unos jóvenes que dejaron de arrastrar las penas y desconsuelos de la guerra civil que sufrió la generación anterior. Con el fin de la autarquía llegaron los picús y los tocadiscos. Muchos empezaron a montar guateques, en casas sin padres, para bailar el twist y algunas lentas que servían de excusa para arrimarse a las mocitas.

Vino después la democracia y el bozal impuesto por la dictadura saltó por los aires. A finales de los 70 el vocabulario explotó. Las palabras de los suburbios, la cárcel y los buscavidas salieron a la calle y entraron en la televisión. Los baby boomers más jóvenes, los artífices de la movida, flipaban con ellas. Pillaron voces del hampa y del caló para construir una jerga pasota y del rollo que acabaría moldeando el vocabulario de la siguiente generación, los X (nacidos de 1961 a 1981). Entonces, parte del lenguaje juvenil se volvió áspero. Los amigos se llamaban unos a otros tronco, colega, titi, tío.

De la democracia surgió una explosión creativa, en los años 80, que ha quedado escrita en las palabras de entonces. Muchas eran nuevas voces que venían de la tecnología: ordenador, consola, discman, walkman… y otras las tomaron prestadas de lugares escondidos (la cárcel y la delincuencia), de etnias silenciadas (los gitanos) y de echar la vista atrás (el pasado). Recuperaron voces dormidas como fetén, y pillaron gitanismos que hicieron más chachi el habla: la nariz se volvió una napia y el pie, un pinrel.

De ahí sacaron el lenguaje dabuten que a los guais de la época molaba mazo, aunque pocos podían sospechar que tanta modernez surgiera de un remix de lo castizo y el punk.

Fueron los años de las rimas del «nasti de plasti» y el «no te enteras, Contreras».

Aunque pronto fueron silenciados por el chundachunda y la mákina que sonaban en las macrodiscotecas donde los jóvenes de los 90 salían de marcha a ponerse de fiesta hasta que salga el Sol.

Desfilaron después los años hacia un tercer milenio donde los teclados parecen querer suplantar a las cuerdas vocales. El lenguaje de internet, con todos sus anglicismos, se ha apoderado del vocabulario de los milenials (nacidos de 1982 a 2004). Lo cool es repetir las frases de los memes y hacerse un selfi en vez de una autofoto. ¿Autofoto? :-/ WTF!

Lo que hacían los varones de posguerra para conquistar a su dama, el cortejo, hoy suena a documental de animales de National Geographic. Para los milenials es más habitual el sexting (enviar mensajes sexuales a través de sus dispositivos digitales) y pedir un «Send nudes» para ver a alguien en bolas o, como dirían los silenciosos en un pacato circunloquio, «como Dios le trajo al mundo».


Vuelve la precariedad

A principios del XXI la economía se puso cabrona. Millones de indignadosdespertaron de un cierto letargo apolítico que los X habían dejado en el aire y salieron a protestar contra el precariado. Era una palabra de estreno para citar dos conceptos del tirón: precariedad y proletariado. Muchos de los que gritaban frente a las sedes de gobierno eran yayoflautas. También tuvieron que inventar esa palabra para designarlos porque manifestante quedaba corto. El neologismo, en cambio, describía todos los matices: su edad, el tipo de protesta y, de paso, daba un zasca en toda la boca a una representante política que intentaba desprestigiarlos.

Las palabras de cada época son un selfi de ese momento histórico. Ese retrato surge como una de las obras colectivas, de cocreación, más extraordinarias de los humanos: su lenguaje, su forma de relacionarse, su modo de ver el mundo. El vocabulario es uno de los emprendimientos colaborativos más creativos de una comunidad. Ahí queda la huella de cada momento, la foto de una sociedad, porque los vocablos nos visten, como la ropa, y mirando las pintas, es fácil descubrir la identidad.

En las vocablos están las huellas éticas y morales de cada generación. Bastan dos términos, el virginal de los silenciosos y el poliamor de los milenials, para apreciar la pirueta brutal que se ha pegado este país desde la mojigatería de mediados del siglo XX al todo vale de principios del XXI.

Pero, además, las palabras tienen su propia vida. Son como un ser vivo que nace y que muere; que pasa por épocas de esplendor y por momentos de olvido. Y algunos hasta se reproducen, como el papichulo que surgió del papi o el wasapear que derivó de WhatsApp.

Los términos no solo se dicen. A veces, al pronunciarlos, se encoge el estómago; a veces, al oírlos, se pone la piel de gallina. Las palabras nos llevan de viaje por recuerdos y sensaciones. Por los buenos y por los malos. Aunque los milenials tienen una forma de evitarlos. Lo que no quieren ver lo bannean, lo bloquean. Y se acabó el asunto con un:

¡Hasta nunqui!

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