Misteriosa Ciudad de Piedra

Misteriosa Ciudad de Piedra
Misteriosa Ciudad de Piedra.

Francisco Zamora / LES

Nadie conoce los orígenes de Tiwanacu, la fabulosa ciudad de piedra vecina al lago Titicaca. 

Antiguas leyendas dicen que la raza humana nació en las áridas llanuras cercanas. 

Los hombres que la edificaron desaparecieron en el misterio hace un tiempo inmemorial y sólo quedaron vestigios de su arte y sus técnicas.

A unos ochenta kilómetros de La Paz, en pleno altiplano boliviano, existe una ciudad de piedra cuyo origen nadie conoce. 

Es Tiwanacu, centro urbano de una raza que desapareció misteriosamente en tiempos muy remotos, abandonando en la árida planicie circundante asombrosos testimonios de un notable nivel de desarrollo.

No se sabe quiénes la construyeron ni qué edad tiene. Cuando se produjo la gran expansión de los incas, hace más de seis siglos, los guerreros del Cuzco encontraron a Tiwanacu en ruinas.

Ellos no supieron explicar los secretos que encerraban las enormes piedras labradas, como tampoco pueden hacerlo hoy cientos de estudiosos que recorren a diario los silenciosos recintos.

El misterio se ahonda cuando se descubre que las tribus collanas, antecesoras de los aymaras que poblaron finalmente el altiplano, no tenían ningún parentesco cultural con los enigmáticos constructores.

Los collanas suponían que esas piedras habían sido trabajadas por una raza de gigantes, quienes se habrían sumergido en las aguas del Titicaca al terminar su labor. Pero esta leyenda, que aún tiene vigencia entre los aymaras actuales, no es la única ni la más pintoresca.

El sacerdote Baltazar de Salas, por ejemplo, aseguró que Adán y Eva habían nacido en Tiwanacu. El religioso recorrió la zona junto a Juan Intiwara, un curandero indígena casado con Candelaria Coyllur Llu, princesa aymara que aseguraba conocer el secreto de la escritura con quipus, quien lo condujo hasta Hyo Coati, la isla de la Luna en el Titicaca, donde Salas encontró extraños ídolos esculpidos en piedra.

Merced a sus observaciones, el fraile andariego escribió “Aymaru-Aymaru”, un libro que publicó en Madrid en 1625, donde trasladaba el Antiguo Testamento al altiplano boliviano. Sostuvo en ese texto que la raza humana nació en esa región, agregando que el paraíso terrenal estuvo en las faldas del cercano Illampu, montaña de nieves eternas que forma parte de la cordillera real.

En ese paraje, justamente, se encuentra hoy el pueblo de Sorata, una bella localidad que sin embargo dista mucho de ser el paraíso que quería el cura Salas. Es que la fantasía, claro, no es patrimonio exclusivo de los laicos.

Como corolario de esta teoría, el lingüista boliviano Emeterio Villamil de Rada, que editó en 1875 un libro titulado “La lengua de Adán”, afirmó que el aymara vendría a ser el primer idioma de la Tierra, así como Tiwanacu la primera ciudad. Varios años después del padre Salas, Antonio de León Pinelo escribió “El paraíso en el Nuevo Mundo”, una obra que repetía, con algunas variantes, la tesis del sacerdote.

Inti Wawan Hake

Pero Salas, León Pinelo y Villamil de Rada no estaban inventando nada nuevo. Solamente estaban difundiendo la mitología incaica, que hacía surgir la primer pareja humana del lago Titicaca. Eran Manco Capac y Mama Ocllo, hijos del Sol, hermanos a la vez que esposos, quienes ubicaron la capital de su reino en las cercanías del Cuzco.

Tiwanacu, según las versiones menos descabelladas, debe su nombre a la unión del sustantivo “thia”, que significa borde o ribera, con la palabra “huanacu”, participio del verbo desecar. Querría decir “borde desecado”, de lo cual se infiere que la ciudad estuvo primitivamente a orillas del gran lago. Otra corriente de opinión asegura que el verdadero nombre fue “Inti wawan hake”, que quiere decir “pueblo de los hijos del sol”, la cual terminó en Tiwanacu por corrupción.

Como no hay constancias sobre el nombre que le dieron sus fundadores, no hay más remedio que aplicarle la designación adoptada por el Congreso de Arqueólogos reunido en La Paz en 1957, cuyos participantes acordaron llamarla Tiwanacu.

Precisamente en esa falta de historia -pues nadie ha podido descifrar hasta ahora los jeroglíficos grabados en muchas piedras de la vieja ciudad- la que dio asidero para tantas leyendas.

No obstante, la imaginación de los curacas incas, al igual que las fantasías de los cronistas españoles, quedaron empequeñecidas por los aportes contemporáneos de escritores que consideran a Tiwanacu como aeropuerto de naves extraterrestres.

Louis Pawells y Jacques Bergier, autores de “El retorno de los brujos”, al tiempo que retoman el mito de Viracocha, dios blanco de los aymaras, afirman que hay una indudable analogía entre los monolitos del altiplano y los mohairs de la isla de Pascua.

Sostienen que los ídolos de ambos sitios fueron hechos por las mismas manos, es decir por individuos de otro planeta, que vinieron surcando el espacio en modernísimos navíos. Según eso, los viracochas astronautas habrían usado toda su ciencia y tecnología para ponerse a esculpir pedrones como cualquier troglodita vernáculo.

Pero Pawells y Bergier no se fijaron en tales minucias. Afirmaron, con el mayor aplomo, “la posibilidad de una visita de habitantes del espacio exterior -seres de civilizaciones atómicas que desaparecieron sin dejar rastros-, que dejaron esos vestigios englobados ahora en las diversas formas de lo que llamamos esoterismo”. Vale decir, sin entrar en mayores consideraciones, que no dejaron rastros, pero que sí los dejaron.

Por su parte, Erich Von Daniken, autor de “Recuerdos del futuro”, dice que “los secretos bullen en Tiwanacu, ciudad ubicada a cuatro mil metros de altura, en un lugar que es prácticamente el fin del mundo”. Y luego pregunta: “¿Qué mensajes de otros orbes aguardan en el altiplano boliviano?” También este escritor cree en una cultura transmitida por navegantes del cosmos, quiénes, por lo tanto, serían un montón de almas benditas empeñadas en ejercer la docencia entre collanas, aymaras y pascuences.

A lo mejor ocurría, en una de esas, que los astronautas venidos a la Tierra cobraban una remuneración extra por ejercer en zona inhóspita. Pero Von Daniken no lo aclara.

De lejos vendrían

Muchas otras personas se interesaron por Tiwanacu, incluyendo a nuestro Bartolomé Mitre, quien escribió un folleto en 1879. Pero los más importantes fueron Arturo Posnasky y Carlos Ponce Sanginés. El primero, un ingeniero naval de origen austríaco, publicó más de cien libros sobre el tema. Decía que en América habían existido dos razas fundamentales, los collas y los arawaks, cuya mestización engendró a los incas. Posnasky creía que Tiwanacu fue construida por los collas y le atribuyó una antigüedad de quince mil años.

Ponce Sanginés creó en 1957 el Centro de Investigaciones Arqueológicas de Tiwanacu, estableciendo sobre bases científicas el estudio del pasado andino. A partir de esa fecha realizó una extraordinaria labor de limpieza y recuperación del sitio. Los miembros de ese Centro han restaurado los recintos de Kerikala, Lakakollu, Putuni y Kalasasaya, efectuado un trabajo que enorgullece a los bolivianos. El esplendor actual de Tiwanacu se debe en gran medida al investigador paceño.

No hay respuestas

El monumento más importante exhumado en esa ciudad es “la Puerta del Sol”, tallada en un solo bloque de andesita que pesa más de diez toneladas. Tiene casi cuatro metros de ancho por tres de alto y más de un metro de espesor, con 48 figuras cinceladas en bajorrelieve.

Diseminadas por el contorno hay varias otras piedras labradas que también superan las diez toneladas. Y nadie se explica de qué herramientas se valieron los constructores para arrastrar semejantes pesos. Por eso, quizá, resultó cómodo dejar de buscar respuestas y facilitar las cosas introduciendo cosmonautas extraterrestres en Tiwanacu.

Los habitantes de la ciudad dominaron también la metalurgia del cobre.

Las excavaciones ofrecieron muchos objetos de ese metal, así como de oro, plata y bronce, pero los hornos de fundición nunca aparecieron por ningún lado. Ese es otro de los misterios. Y además: ¿qué sentido tuvieron las pirámides construidas en medio de la misteriosa ciudad?

Hasta hace poco tiempo se atribuía a las pirámides egipcias función de mausoleos, en tanto se decía que las pirámides mexicanas eran adoratorios al sol donde se cumplían sacrificios humanos. ¿Es posible que los egipcios movilizaran 25 millones de toneladas de piedras con el solo fin de sepultar a sus faraones? ¿Y es posible que mayas y aztecas realizaran parecidas proezas con el exclusivo objeto de aplacar a sus dioses vertiendo sangre humana? Es evidente que no hace falta tanta arquitectura para abrirle el corazón a un prójimo.

Especialmente cuando no se dispone de topadoras y grúas hidráulicas. ¿Y entonces qué? ¿Para qué las pirámides? ¿Qué funciones cumplían en Tiwanacu las pirámides de Akapana y Puma Punku? Acaso servían para oficiar ritos religiosos, pero hubo sin dudas algo más.

El arqueólogo Kurt Mendelhsson, una autoridad mundial sobre el tema, dice que más allá de su utilización como tumbas o adoratorios, las pirámides no representan un fin en sí mismas, sino los medios para alcanzar ese fin. “Esos inmensos bloques de piedras -anota el investigador alemán- marcan el lugar donde el hombre inventó el Estado”.

En efecto, para levantar esos gigantescos monumentos en un esfuerzo que requería gran disciplina, generalizado consenso y notable capacidad técnica, los pueblos tenían que dejar de lado sus rencillas tribales para organizarse en una sociedad superior.

Eso es lo más coherente que se dijo hasta el momento, pero puede haber sido así y tal vez no. 

Nadie tiene las respuestas todavía. Pero las contestaciones están ahí, a la vista, laboriosamente talladas con buriles de bronce. Sólo esperan el chispazo genial de un hombre que descifre sus secretos. Algún día será, a no dudarlo.

Publicado por / Fuente : http://www.laentradasecreta.com
Link a http://vidacotidianitica.blogspot.com Creative Commons