Carlos Juan XIV, soberano de Suecia

Carlos Juan XIV, soberano de Suecia
El mariscal de Napoleón que se convirtió en soberano de Suecia y llevaba tatuada la frase “muerte a los reyes”

El 8 de marzo de 1844 un derrame cerebral sufrido dos meses antes acababa con la vida de Carlos Juan XIV, soberano de Suecia. 

Durante la preparación del cuerpo para su funeral se encontró un tatuaje sobre su piel con la leyenda Mort aux rois (Muerte a los reyes), toda una paradoja que, sin embargo, tenía su razón de ser porque en realidad aquel hombre no era de rancio abolengo y había asumido la corona en unas singulares circunstancias, habiendo iniciado su vida militar al servicio de la Revolución Francesa con el nombre de Jean-Baptiste Bernadotte.

Es cierto que no alcanzó el prestigio militar de Davout o Suchet, ni la eficacia indispensable de Berthier, ni el carisma popular de Lannes, ni la larga carrera profesional de Soult, ni la brillantez genial de Murat, ni el valor temerario de Ney, pero de todos los famosos mariscales de Napoleón, sin duda fue Bernadotte quien llegó más lejos porque consiguió ceñir una corona desarrollando además un reinado de paz y prosperidad que le permitió mantenerse en el trono y fundar la actual dinastía reinante.

En eso superó con creces a los Bonaparte, que ocuparon de forma efímera los tronos de Nápoles (José y luego Murat, que era cuñado de ellos), Holanda (Luis), Westfalia (Jerome) y España (José), aparte, por supuesto de la Francia regida por el propio Napoleón. Bernadotte no era del clan pero no sólo reinó en Suecia durante veintiséis años sino también en Noruega, además de ser príncipe soberano del pueblo italiano de Pontecorvo brevemente, subordinado al Reino de Italia que había creado el Emperador en 1805.

Nació en Pau en 1763, hijo de un fiscal cuyo verdadero apellido era Du Pouey (se lo cambió para recuperar el de un antepasado). El mismo Jean Baptiste añadiría a su nombre el de Jules, en honor de Julio César, en un gesto típico del período revolucionario. 

Pero eso fue más tarde; antes, con apenas catorce años, ejerció como aprendiz de abogado por orden de su progenitor hasta que a la muerte de éste abandonó aquella profesión que no le interesaba para ingresar en el ejército.

Inició así su vida militar en 1780 en el Régiment Royal-La Marine, ascendiendo a sargento en cinco años y a ayudante mayor (suboficial de alto rango) en 1790. 

Al igual que pasó con Napoleón, la revolución impulsó su carrera, alcanzando el generalato en 1794 y distinguiéndose luego en acciones como la de Theiningen, aunque su intervención más recordada llegó tres años después, al cruzar los Alpes en pleno invierno con veinte mil hombres de refuerzo para Bonaparte, que estaba en su campaña italiana. 

En ese contexto una disputa con otro mando le granjeó la enemistad eterna de Berthier, el jefe de estado mayor del corso, que era amigo del otro.

De hecho, tampoco con Napoleón tuvo una buena relación después de que no transmitiese literalmente una orden suya al Directorio durante la preparación del golpe de estado del 18 de Fructidor, por lo que le mandó de vuelta a Francia. 

Eso sirvió para que Paul Barras, miembro del Directorio que recelaba de Bonaparte, le pusiera al frente de un ejército cuya misión no explícita sería frenar al ambicioso general corso. Pero Napoleón se percató de la jugada y logró quitárselo de en medio haciendo que Talleyrand, Ministro de Exteriores, le colocara en Viena como embajador.

Allí estuvo hasta que regresó en 1798, año en que se casó con la cuñada de José Bonaparte, Désirée Clary, llegando a Ministro de Guerra. No duró mucho en el cargo por su jacobinismo, que provocó que Sieyès y Ducos, miembros del Directorio afines a Napoleón, consiguieran su sustitución. 

Quizá por eso luego se negó a apoyar el golpe que dio Bonaparte el 18 de Brumario para instaurar el Consulado, aunque desde 1800 aceptó colaborar con él y al año siguiente recibió el mando del ejército de Vendée.

En 1804, cuando se proclamó el Imperio, Bernadotte fue ascendido a mariscal y destinado cono gobernador a la recién ocupada Hannover, donde realizó una eficaz gestión política y administrativa. Desde allí envió un contingente que aportó su granito de arena en las brillantes victorias de Ulm y Austerlitz, recibiendo como recompensa el citado Principado de Pontecorvo. Claro que no todo fueron parabienes. 

El mal estado de los caminos y las confusas órdenes enviadas por Berthier le impidieron llegar a tiempo de participar en las batallas de Jena y Aüerstad; Napoleón le acusó de no querer apoyar a Davout deliberadamente por celos, lo que estuvo a punto de llevarle a un consejo de guerra.

La victoria que obtuvo posteriormente en Halle y la persecución al escurridizo general prusiano Blücher no sirvieron para calmar las cosas, de manera que la relación con el Emperador siguió tensa. 

Entonces se produjo un hecho que tendría gran trascendencia: durante la toma de Lübeck, Bernadotte se las arregló para poner coto a los desmanes y saqueos de la tropa, dando además un trato excepcional a los soldados suecos capturados y permitiéndoles retornar a su país. 

Esta poco habitual actitud caló hondo en los escandinavos, que la contaron a su vuelta ponderando al mariscal francés y popularizando su nombre.

Éste tuvo un nuevo desencuentro con el Emperador cuando, una vez más, no pudo tomar parte en la Batalla de Eylau en 1807, si bien al final quedó claro que se debió a que el edecán que le llevaba la orden había caído prisionero de los rusos. 

Tras la Paz de Tilsit ejerció de gobernador de las ciudades hanseáticas y eso fue lo que le otorgó el mando de una expedición contra Suecia, que al final no se pudo realizar porque el estallido de la Guerra de la Independencia en España llevó a la División del Norte, un contingente español enviado para ello al mando del Marqués de la Romana, a sublevarse. 

Ello devino en una bronca más con Berthier, que le había advertido contra la infidelidad de los españoles.

Eso no impidió que, siguiendo las órdenes del Emperador y a pesar de estar enfermo, tomara parte en la campaña contra Austria al mando de los sajones del 9º Cuerpo. También aquí hubo problemas. 

Después de la Batalla de Wagram denunció a su subordinado Dupas por desobedecer su orden de acudir a apoyarle, lo que había causado un elevado número de bajas entre los sajones; pero Napoleón rechazó la acusación porque había sido él quien dejó instrucciones a Dupas de actuar así.

Indignado, Bernadotte dimitió y marchó a París, donde se le asignó un nuevo destino al frente de la Guardia Nacional para defender los Países Bajos del ataque inglés. Ahora bien, aún no se le había pasado el enfado y en Amberes emitió un bando culpando a Bonaparte de no proteger el país; fue destituido fulmimantemente y enviado a España para hacerse encargo del ejército acantonado en Cataluña. 

Sin embargo, se negó y Napoleón en persona tuvo que entrevistarse con él en Viena para intentar arreglar las desavenencias. Parecía que estaban llegando a un acuerdo al entregarle el gobierno de los estados romanos… y entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Era 1810. El año anterior, Suecia había perdido Finlandia ante los rusos provocando el derrocamiento de Gustavo Adolfo IV y abriendo una crisis dinástica: el sucesor, Carlos XIII (tío del anterior), era muy mayor, padecía graves problemas de salud y no tenía hijos, por lo que adoptó al príncipe Christian August de Augustenburg de Dinamarca. 

Pero Christian murió ese mismo año y el Riksdag (asamblea legislativa sueca) decidió aceptar la idea del ejército, que abogaba por nombrar heredero a un militar ante la amenaza rusa. El nombre que se propuso fue el de Bernadotte, del que aún se recordaba la caballerosidad con que había tratado a sus compatriotas años atrás.

Puede parecer extraña la elección de un mariscal sin sangre azul en sus venas pero, como dijimos antes, media Europa estaba gobernada por miembros de la familia Bonaparte así que en ese momento no se hacía tan raro. 

La oferta le llegó de su principal adalid, el barón Karl Otto Mörner, y Bernadotte se la comunicó a Napoleón, que lo consideró estrambótico pero no se opuso. Mörner fue arrestado por actuar por su cuenta pero el francés ya contaba con un masivo apoyo, así que ese verano le nombraron príncipe heredero y generalísimo del ejército sueco.

Adoptó el nombre de Karl Johan (Carlos Juan), se convirtió al luteranismo tal como exigía la ley y no tardó en ganarse el afecto del Rey, originalmente contrario a su elección. 

Dado el precario estado de salud de éste, Bernadotte asumió las tareas de gobierno, que desempeñó de manera sobresaliente, sobre todo en política exterior, en la que mantuvo dos direcciones. En primer lugar, para compensar la pérdida de Finlandia, a la que renunció definitivamente por la negativa de su población a asimilarse a Suecia y para evitar conflictos con Rusia, adquirió Noruega (en cuya historia figura como Carlos III), entonces en manos de Dinamarca, unificando la península escandinava.

En segundo lugar, se vio obligado a aceptar a regañadientes la demanda francesa de integrarse en el Sistema Continental napoleónico. El Emperador la había liberado de su lealtad a cambio de la promesa de no enfrentarse nunca a él, aunque Bernadotte no quiso comprometerse. 

Pero ahora no le quedó más remedio que cooperar en la guerra contra Gran Bretaña. Sólo que en 1812 la Grande Armeé invadió la Pomerania sueca para asegurarse la retaguardia en la campaña rusa y Bernadotte atendió la indignación nacional rompiendo su lazo con Francia e iniciando un acercamiento a Gran Bretaña y Rusia.

Éste se plasmó en 1813 con la entrada en la Sexta Coalición, en la que el mandatario franco-sueco tuvo un activo papel estratégico que culminó en la derrota final francesa de Leipzig. 

Solventado el peligro bonapartista se centró en asegurar la posesión de Noruega, venciendo a los daneses en una rápida campaña y aplastando una rebelión independentista noruega liderada por el príncipe Christan Frederick; a cambio, con gran mano izquierda, concedió una constitución y autonomía que estrechó de nuevo los vínculos. 

Desde entonces, 1814, Suecia mantuvo una política de neutralidad en todo lo que no afectara directamente a Escandinavia y no ha vuelto a entrar en guerra.

Todo esto, combinado con una eficaz gestión interior que hizo mejorar la economía nacional y disparó el crecimiento demográfico, con la promulgación de un código civil y penal inspirado en el francés y con otras medidas de fomento, hicieron que el país prosperase. 

Como además había trocado su ideología revolucionaria por otra muy conservadora -la parte más impopular de su reinado-, el nombre de Bernadotte se manejó como posible alternativa al trono de Francia; especialmente por una Rusia deseosa de apartarlo de Suecia, aunque Gran Bretaña y Austria, que vieron la astuta jugada, sólo aceptaron la restauración borbónica.

En 1818 murió Carlos XIII y, tal como estaba previsto, Bernadotte le sucedió durante casi un feliz cuarto de siglo en el que incluso superó una petición de abdicación surgida en 1830, a raíz de la condena a un periodista que derivó en disturbios. 

En 1844 a la edad de ochenta y un años, lo encontraron desmayado por el referido derrame cerebral; aún vivió un par de meses, dejando unas significativas últimas palabras: “Nadie ha tenido una carrera en la vida como la mía. 

Tal vez podría haber llegado a un acuerdo para convertirme en el aliado de Napoleón, pero cuando atacó al país que había puesto su destino en mis manos no pudo encontrar en mí más que un oponente”. Las dijo en francés porque nunca aprendió el idioma sueco.

Le sucedió su hijo Óscar I, asentando así el origen de una nueva dinastía que ha llegado hasta hoy.

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