Oxford Electric Bell, sonando desde 1840

Oxford Electric Bell, sonando desde 1840
Oxford Electric Bell, la campana que lleva sonando sin parar desde 1840.

Muchos consideran insoportable el repicar de campanas en las iglesias marcando las horas a lo largo del día (también la llamada de los muecines musulmanes pero éstos, como veremos, no tienen tantas posibilidades) hasta el punto de que en algunas localidades se han prohibido o legislado para ello. 

Consecuentemente, es probable que ninguno se plantee hacer nunca una visita al Laboratorio Clarendon de la Universidad de Oxford, donde se puede contemplar lo que se conoce como Oxford Electric Bell (Campana eléctrica de Oxford) o Clarendon Dry Pile, un dispositivo que consiste en dos pequeñas campanas que llevan sonando ininterrumpidamente desde 1840.

El Laboratorio Clarendon, que forma parte del Departamento de Física de esa prestigiosa universidad (sección Ciencias de la Tierra), es el más antiguo de Inglaterra en su especialidad. 

Fundado en 1872, lleva desde entonces siendo una referencia de investigación científica y últimamente se centra en el estudio de la energía atómica y del láser, aunque para el gran público el verdadero punto de interés se halla en un pasillo del vestíbulo porque allí se expone el mencionado objeto.

Consiste en dos pequeñas campanas de latón, conectadas a sendas pilas secas, es decir, el tipo de batería original inventado por Alessandro Volta en 1799 a partir del cual se desarrollarían luego otras variantes por electrólisis (o sea, por descomposición eléctrica del agua en oxígeno e hidrógeno, contrastando con la anterior, que por eso se le aplica el adjetivo “seca”). 

En el caso de Oxford, no se ha analizado químicamente la composición de la pila y únicamente se sabe que se le aplicó una envoltura de azufre fundido para aislarla.

Los expertos opinan que seguramente se trate de pilas de Zamboni, un modelo bautizado así en honor de su inventor en 1812, Giuseppe Zamboni, fabricado a partir de discos de hoja de plata, zinc, aluminio y papel. 

Dichos discos, que también pueden hacerse de papel de plata porque éste lleva por uno de sus lados una delgada capa de zinc, tienen unos veinte milímetros de diámetro y se insertan comprimidos -apilados, para ser etimológicamente correctos- en grandes cantidades en un cuerpo (un tubo de cristal con los extremos tapados o entre tres varillas de vidrio con placas terminales de madera y protegidas con azufre fundido o brea). 

Oxford Electric Bell, sonando desde 1840

La potencia que suelen alcanzar es inferior a un voltio.

Volviendo a la Oxford Electric Bell, las pilas mueven el badajo esférico, que mide sólo cuatro milímetros de diámetro y está situado entre ambas campanas; lo hacen de forma alternativa, atrayéndolo hacia una para después repelerlo hacia la otra al cargarlo de electricidad. 

La secuencia se repite una y otra vez y, dado que es necesaria muy poca energía para ello, gracias a ese efecto generado de atracción-repulsión, puede mantenerse en funcionamiento mucho tiempo. Es más, se calcula que el badajo se desgastará antes de que la pila se agote.

De hecho, el ingenio lleva funcionando casi ininterrumpidamente desde que se fabricó en 1840, habiéndose detenido sólo un par de breves veces a causa de un exceso de humedad, aunque volviendo a ponerse en marcha enseguida. 

Es decir, este 2018 cumple ciento setenta y ocho años de actividad continua; puede que más, ya que la fecha de 1840 se sabe sólo por una nota manuscrita realizada por su propietario, el clérigo y profesor de Física Robert Walker, que compró la Oxford Electric Bell para su colección, si bien fuentes posteriores la retrotraen a 1825.

En cualquier caso, se trata de uno de los tres experimentos científicos más longevos de la Historia junto al Beverly Clock (un reloj del Departamento de Física de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda, que está en marcha desde 1864) y el de la Gota de Brea (un embudo que gotea esa sustancia desde 1927). No es de extrañar que ostente el récord Guinness a la pila de mayor duración del mundo, pues lleva ya diez mil millones de campanadas. 

El conejito de Duracell a su lado es un advenedizo.

Eso sí, no sólo resulta casi imperceptible la visualización del movimiento del badajo sino que tampoco es posible oír el sonido que produce porque la frecuencia no pasa de dos hercios debido a la poca energía que necesita, un nanoamperio, y además el instrumento está cubierto por una urna de cristal doble que lo aísla auditivamente.

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