Adicción al heavy metal

Adicción al heavy metal
La adicción al heavy metal existe y un sueco cobra una pensión por sufrirla.

«En el mundo hay dos tipos de personas: los fans del heavy metal y los gilipollas. No te preocupes si estás en la segunda categoría…». Así de contundente comienza Andrew O’Neill su hilarante y enciclopédica Historia del Heavy Metal (2017) publicado en España por Blackie Books. 

Me encanta el heavy metal y aunque no creo en las divisiones binarias de la humanidad, disfruto con los riffs potentes de guitarra, los dobles bombos, las voces guturales y toda la parafernalia y el postureo de los virtuosos guitarristas de pelo cardado.

Sin embargo, mantengo mi heavynidad dentro de los límites de escuchar la música alta, llevar camisetas negras con calaveras, hachas y martillos de Thor, y acudir de vez en cuando a algún concierto a mover frenéticamente el cuello y levantar las manos con los dedos como cuernos junto a melenudos sudando. Es posible que no le vean la gracia, pero les aseguro que la tiene. Mucha.

Y si no empatizan con el rollo heavy probablemente se quedarán más ojopláticos que yo con el caso de Roger Tullgren, la primera persona (y única, que yo sepa) en recibir una incapacidad y una pensión del estado por su adicción al heavy metal. Como lo oyen. 

Tullgren es sueco, la patria del incalificable Yngwie Malmsteen, la boyband rockerita Europe (The final countdown y todo eso, ya saben) y los gloriosos Sabaton y Amon Amarth. Quizá el hecho de ser Suecia un país con tan potente tradición metalera y de protección social influyó en que en 2007 el bueno de Roger recibiera una pensión.

Su obsesión por el heavy fue declarada una adicción que le incapacitaba para desempeñar su trabajo, así que el estado le permitió llevar una ocupación a media jornada, completándole el sueldo por su incapacidad. 

Así Tullgren podía escuchar música en el trabajo y acudir a los conciertos a los que estaba enganchado (este señor acudió a 300 conciertos en 2006, la cosa es seria). Hombre de pocas palabras, afirma que le fue complicado conseguir el papeleo necesario y que ha tenido que hacer frente a muchas críticas y a las comprensibles envidias que genera su condición de pensionista del metal.

No es fácil la distinción entre obsesiones y adicciones, entre comportamientos peculiares y aberraciones. 

Un terreno delicado es, por ejemplo, la sexología, donde la distinción entre parafilias y perversiones nos obliga muchas veces a atravesar en ambos sentidos la línea que deja a un lado la acrofilia (excitación por parejas sexuales muy altas) o la mecafilia (atracción y prácticas sexuales con coches y otras máquinas) y mantiene al otro lado aquellas conductas que interfieren en la libertad de los demás, como el exhibicionismo o las que directamente vulneran la intimidad y la integridad de otras personas.

Las distinciones legales, sociales y psicológicas, entre otras, son intentos de atrapar esa noción resbaladiza que es lo normal para distinguirlo de aquello que no lo es, y que merece ser reprimido, evitado, castigado o compensado. 

Esto es relevante sobre todo cuando las desviaciones de lo normal tienen consecuencias legales porque directamente son crímenes o porque generan un derecho, como en el caso de Tullgren, ya que entran en juego conceptos como la intencionalidad, la culpabilidad y la propia conciencia.

Seguramente uno de los mecanismos fundamentales de la construcción de la identidad personal y social es la exploración de las cambiantes fronteras de lo normal. La búsqueda al límite de lo socialmente aceptado nos permite afinar el trazo que nos dibuja. Por eso no comparto la radical división de O’Neill (aunque me hace mucha gracia) y me interesa más el caso de Tullgren.

Long live rock and roll!

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