Momias vivientes de Japón

Momias vivientes de Japón
Las momias Honshu de Japón.

Podríamos decir casi sin equivocarnos, que las momias Honshu son las más aterradoras que conocemos a lo largo de la historia. 

¿La razón? Puede que al ver los cuerpos casi incorruptos de estos monjes budistas sientas lo mismo que al ver cualquier momia egipcia, inca o de la edad del hierro: curiosidad y fascinación.

No obstante, hay un pequeño matiz en estas momias japonesas que de inmediato, hará que tu piel quede erizada: el proceso de momificación empezaba en vida. 

Un proceso lento e inmensamente doloroso. Te invitamos a conocer más datos a continuación.

Las momias vivientes de Japón

Eran monjes ascetas. Se tienen documentos escritos donde se refleja que esta práctica se llevaba a cabo ya en 1801 y que se siguió hasta los inicios del siglo XX. Es posible que ya hayas visto algún que otro documental sobre el tema. 

No obstante, cabe decir que las momias Sokushinbutsu o momias Vivientes, no son tan conocidas para la gran mayoría como las clásicas momias egipcias.

En Japón, el misticismo, y por qué no decirlo, el fanatismo, les hacía llegar a puntos realmente extremos e inconcebibles. La elección de convertirse en momia era un acto voluntario donde la persona obtenía así su máximo acercamiento a Buda, y de alcanzar el Nirvana.

Momias vivientes de Japón

El proceso podía durar cerca de 10 años, una muerte lenta y de inmenso sufrimiento que no podemos casi ni llegar a imaginar. Ahora bien… ¿cómo lo hacían? El tránsito debía discurrir a lo largo de tres etapas muy concretas:

Durante la primera etapa, los monjes mantenían una dieta muy estricta durante casi tres años. Se alimentaban solo de nueces, semillas y agua. La finalidad era muy clara:eliminar todo tipo de grasa del cuerpo.

En la segunda etapa (si el monje seguía vivo y había seguido adecuadamente la dieta), pasaba ahora a un proceso en el cual, debía consumir solo raíces y cortezas en cantidades ínfimas. 

A su vez, y al final de esa última segunda etapa, se le administraba a la persona un líquido ponzoñoso y de lento envenenamiento: té de la savia del árbol urushi. Con ello, se iba consiguiendo que el cuerpo se quedara ya sin fluidos.

¿Imaginas el sufrimiento al que se veían sometidos día a día? El fervor y la dedicación espiritual debía ser sin duda muy elevada para poder soportar todo esto, porque nos es casi incomprensible. No obstante, ahí estaban los obstinados monjes eliminando carne y fluidos de sus huesos, reposando a su vez en un lugar purificado donde se cuidaba de que no hubiera ningún tipo de germen que pudiera corromper el proceso.

Llegamos ya a la tercera etapa. Si tu estómago sigue en condiciones te diremos que ya han pasado entre 6 o 7 años desde que el monje asceta iniciara este camino para convertirse en momia, y alcanzar así el Nirvana. Ahora, era el momento de retirarse a una cámara subterránea, a un cubículo hermético y cerrado donde se le aplicaba una caña de bambú mediante la cual, poder respirar. 

Era una tumba.

Allí “reposarían” otros 1000 días en compañía de una campanita pequeña, que agitarían de vez en cuando para indicar que seguían con vida. Aunque poco importaba si lo estaban o no, porque de ahí nadie volvía a salir hasta que pasaran 3 años más, momento en que el cuerpo del monje, el cadáver, era considerado ya como una momia viviente.

Como curiosidad te diremos que fueron muchos los monjes ascetas los que intentaban este proceso, pero no todos lograban conseguirlo. Aún así, en la isla de Honshu pueden verse cerca de 20 momias en sus templos. Afortunadamente, el gobierno japonés prohibió la “auto-momifación” en el siglo XX. Una práctica que aún hoy sigue llamando mucho nuestra atención.

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