Vesna Vulović ,sobrevivió caída de 10.160 metros

Vesna Vulović

Vesna Vulović, la mujer que sobrevivió a una caída desde 10.160 metros de altitud.

Un avión comercial, un atentado, nacionalismo croata en la antigua Yugoslavia, uno de esos milagros que ocurren de vez en cuando, una azafata afortunada convertida en heroína de su país, el Libro Guinness de los Récords…

Si se cogen todos estos variopintos elementos y se combinan en su adecuada medida el resultado es la inaudita historia de Vesna Vulović, la mujer que demostró, en parte a su pesar pero en otra parte por suerte para ella, que el ser humano puede sobrevivir a una caída desde 10.160 metros de altitud.

Vamos con los hechos. El 26 de enero de 1972, pocos días después de que la recién independizada Bangladesh nombrase su primer ministro y que la reina Margarita II heredara el trono de Dinamarca, y menos de una semana antes de que Irlanda registrara uno de los episodios más negros de su historia, el Bloody Sunday (Domingo Sangriento), la atención mediática se centró en un oscuro incidente ocurrido en Checoslovaquia: un avión de la compañía aérea yugoslava JAT (Jugoslovenski Aero Transport, actual Air Serbia) explotó en el aire durante el trayecto que realizaba desde Estocolmo a Belgrado.

En realidad no llamó tanto la atención como pensaríamos hoy; eran otros tiempos y el transporte aéreo registraba siniestros con cierta frecuencia, unos accidentales y otros deliberados. Todavía no se había concebido el uso de aviones como armas en sí, de manera que lo habitual era secuestrarlos o atentar contra ellos. En este caso se trataba de un McDonnell Douglas DC-9 30, un modelo de bimotor de corto recorrido que la aeronáutica norteamericana llevaba fabricando exitosamente desde 1965. El vuelo 367 tenía una ruta prevista entre las capitales de Suecia y Yugoslavia que incluía escalas en Copenhague y Zagreb.

Así, despegó del aeropuerto de Arlanda (Estocolmo) a las 13:30 del 25 de enero para tomar tierra poco después en tierra danesa, donde se apeó parte del pasaje. A bordo se encontraba una azafata yugoslava llamada Vesna Vulović, natural de Belgrado, donde había nacido en 1950; era joven y acababa de celebrar su vigésimo segundo cumpleaños un par de semanas antes. Había dejado la universidad para viajar a Londres y aprender inglés (aunque ella misma reconoció que ir a la tierra de los Beatles, de moda entonces, influyó), aunque también estuvo un tiempo en la capital sueca.

A su regreso decidió hacerse auxiliar de vuelo, ingresando en la citada JAT, aerolínea de bandera de Yugoslavia y, por tanto, la más importante del país; según explicó luego, pensaba que eso le permitiría visitar a sus amigos de Londres con frecuencia y conocer más a fondo Estocolmo, de donde sus padres le habían ordenado volver porque en la década de los setenta Suecia era el país de las drogas y el sexo libre. Estaban en el año 1971 y Vesna tuvo tiempo de formarse en su nuevo empleo.

De esta forma llegó el día fatídico, en que subió al vuelo 367 y desembarcó en Copenhague ilusionada porque disponía de una tarde y parte de la mañana siguiente para conocer una ciudad a la que tenía ganas, por eso no le importó que en realidad estuviera allí por error; era otra azafata, también llamada Vesna, la que debía estar en ese puesto. Curiosamente, más tarde contó que sus compañeros de la tripulación se comportaron de forma rara, como si supieran el trágico destino que les esperaba: el capitán, encerrado en su habitación sin querer salir; los demás comprando alocadamente para sus familias o hablando por teléfono con ellas… “Parecían saber que iban a morir -declararía la joven posteriormente, quizá autosugestionada- No hablaron de eso pero…”

Despegaron a las 15:15 del día siguiente y tres cuartos de hora más tarde, cuando sobrevolaban Hinterhermsdorf (en la antigua RDA), una explosión reventó la bodega del avión, partiéndolo en dos. Los restos del fuselaje cayeron diseminados por el entorno de la aldea checoslovaca de Srbská Kamenice y los 23 pasajeros murieron junto con los 4 tripulantes… 

Vesna Vulović ,sobrevivió caída de 10.160 metros

O eso parecía. En realidad, increíblemente, hubo una superviviente: Vesna, rescatada de entre los restos del aparato por un vecino llamado Bruno Honke que había oído sus lamentos de dolor. Su uniforme de color turquesa estaba teñido de rojo por la sangre pero, curiosamente, todavía llevaba puestos los zapatos, aunque habían perdido los tacones de siete centímetros.

Vesna tuvo doble suerte porque resultó que Honke había sido sanitario durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que supo mantenerla con vida hasta que llegaron los servicios de rescate y se la llevaron a un hospital. Pasó varios días en coma, con fractura de cráneo y roturas en la mayor parte del cuerpo: varias costillas, las dos piernas, la pelvis y tres vértebras (una de ellas pulverizada, lo que la llevó a quedar paralítica temporalmente, si bien recuperó la movilidad). Además sufrió importantes hemorragias que la pusieron en serio peligro de muerte. Pero siguió viva, lo que no estaba nada mal teniendo en cuenta que había caído desde 33.000 pies de altitud, 10.160 metros.

¿Cómo es posible que no pereciera? Hay cosas que carecen de explicación a priori y que resultan de un cúmulo de casualidades. Cuando estalló el avión y la cabina de pasajeros quedó seccionada, la despresurización succionó a sus ocupantes hacia fuera mientras la aeronave caía en picado. Vesna, teorizaron las investigaciones, debió quedar atrapada por el carrito de bebidas (aún lo tenía encima cuando la encontró Honke) en la sección de cola y eso la libró de salir despedida. 

A continuación esa parte del aparato cayó, no directamente sino trazando un amortiguador ángulo, sobre una ladera boscosa en la que el impacto fue absorbido por los árboles y la gruesa capa de nieve invernal, que además ahogó cualquier conato de incendio.

Paradójicamente también ayudó algo que, en teoría, debería haber impedido su acceso a ese trabajo: Vesna tenía una presión arterial muy baja; tanto que no cumplía los mínimos que se exigían a las azafatas y que ella, sabiéndolo, sorteó el día del examen médico consumiendo previamente grandes cantidades de café. 

Vesna Vulović ,sobrevivió caída de 10.160 metros

Según el equipo hospitalario que la atendió, ese defecto evitó que su corazón reventase durante el choque y limitó las hemorragias, pese a que éstas fueron considerables.

Evidentemente, la joven superviviente se pasó una buena temporada ingresada tras despertar del coma. Durante el primer mes sufrió una fuerte amnesia a causa del shock y sólo recuperó la memoria cuando le mostraron algunos periódicos, siendo entonces presa de un ataque de ansiedad. El 12 de marzo la trasladaron a un hospital de Belgrado, donde siguió su lenta recuperación y se le proporcionó custodia policial en prevención de que intentaran acabar con ella, ahora que empezaba a volver la memoria y recordaba a un pasajero que a todos los tripulantes les pareció sospechoso al aterrizar en Copenhague.

Y es que para entonces ya se suponía que el motivo de la explosión había sido un atentado, gracias a una llamada anónima realizada al periódico sueco Kvällsposten por su presunto autor, que exigía libertad para el pueblo croata. Otra llamada posterior culpaba a la Ustacha, una organización terrorista de carácter nacionalista, muy violenta y cercana a la ideología fascista, fundada en 1930 y que en la Segunda Guerra Mundial había colaborado con los invasores nazis.

Lo cierto es que nunca hubo una reivindicación oficial por su parte y las investigaciones no fueron concluyentes. Pero entre 1962 y 1982 los nacionalistas croatas llevaron a cabo más de un centenar de atentados contra intereses del estado yugoslavo y, de hecho, el mismo día en que estalló el vuelo 367 también lo hizo un tren que viajaba de Viena a Zagreb, así que las autoridades del país pusieron el punto de mira en ellos. 

Vesna Vulović ,sobrevivió caída de 10.160 metros

Sin embargo, no se llevó a cabo ninguna detención porque no se hallaron pruebas concretas, salvo lo que quedaba de un despertador que pudo formar parte del explosivo; las cajas negras nunca aparecieron.

Vesna recibió el alta en junio y se fue a un balneario de Montenegro para la rehabilitación, aunque tuvo que pasar por el quirófano varias veces para recuperar la movilidad de sus piernas y le quedó una cojera permanente, además de una columna vertebral torcida. Ella atribuyó su asombrosa recuperación, medio en broma medio en serio, a una dieta infantil en la que primaba el chocolate y a su “terquedad serbia”. Pero sus padres quedaron parcialmente arruinados al tener que vender sus dos coches para pagar las facturas médicas y por eso Vesna tuvo el arrojo de retomar su profesión; le ayudaba, claro, el que no recordase nada del accidente.

En setiembre volvió, pues, a JAT. La empresa, temiendo que despertase demasiada expectación, la destinó a una oficina y no le faltaba razón porque Vesna había pasado a ser una celebridad nacional, extendiéndose su fama por todos los países del Este, siendo condecorada por Tito y componiéndose canciones sobre su aventura. Después, la aerolínea debió ver la publicidad que podía traerle y la autorizó a volar de nuevo; ella contaba, divertida, que la gente siempre quería sentarse a su lado.

Aquellos fueron los años buenos, pero luego llegó la otra cara de la moneda. Sus padres fallecieron y en 1977 se casó, lo que estuvo a punto de matarla también a causa de un embarazo ectópico y encima todo acabó en divorcio en 1990. Lo peor, según admitió, fueron las secuelas psicológicas del accidente; no por miedo a volar, que como vimos no le afectaba, sino por el típico sentimiento de culpabilidad, que superó haciéndose una fervorosa devota ortodoxa y haciendo alarde de un carácter optimista que la llevó a declarar: “Si puedes sobrevivir a lo que sobreviví yo, puedes hacerlo a cualquier cosa”.

De hecho, ese buen humor la llevó en 1985 a entrar en el Libro Guinness de los Récords como la persona que había logrado salir viva de la mayor caída sin paracaídas; se lo entregó Paul McCartney en una gala londinense, lo que seguramente le encantaría recordando su pasada estancia. Ni imaginaba que en los años noventa la prensa oficialista de Milosevic desataría una campaña de difamación para que le quitaran el récord, ya que, decían haciéndose eco de una investigación periodística rechazada por el ejecutivo de Praga, la verdadera causa del derribo del avión fue un misil checoslovaco disparado por error (por tanto, volaría a una altitud mucho menor de la que se decía, “sólo” unos 800 metros) y todo lo demás fue un montaje para encubrirlo.

La razón de esa acusación, al menos en parte, fue que Vesna tomó parte en las manifestaciones contra el gobierno que culminarían en la llamada Bager Revolucija (Revolución Bulldozer), que supuso la caída de Milosevic en octubre de 2000. Antes de dicha caída ese activismo fue castigado con su despido de JAT, que era una compañía estatal, y sólo su fama la libró de acabar en la cárcel aunque no de la citada campaña de desprestigio. En cualquier caso, Vesna continuó en el movimiento de protesta y se incorporó al DSS (Partido Democrático de Serbia), de tendencia conservadora, en la línea de la Democracia Cristiana, abogando por la entrada del país en la Unión Europea.

Sus últimos años fueron amargos. El nivel de vida en la Serbia del nuevo siglo era muy pobre y ya estaba harta de contar su odisea en mil y un entrevistas, así que dejó de concederlas. Por otra parte, su deteriorado estado físico se agravó con los años y le trajo un final indigno: tras varios días sin contestar llamadas, se forzó la puerta de su apartamento para encontrarla muerta de un ataque cardíaco. Era el 23 de diciembre de 2016 y tenía 66 años; había conseguido regatear a la Muerte durante 44. Otro récord.

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