Ellas también resolvían crímenes

Ellas también resolvían crímenes
Ellas también resolvían crímenes: las detectives olvidadas de la novela policíaca

Si no añadimos ningún artículo a la palabra «detective», ¿estaríamos pensando en un hombre o en una mujer? Parémonos a meditarlo porque el lenguaje es tramposo, siempre lo ha sido. 

Lo más probable es que si no se hace especificación de ningún tipo, un automatismo heredado nos lleve a pensar directamente en un hombre. 

La imagen mental es cambiante: el clásico Sherlock Holmes, el irónico Sam Spade, el bigote de Hércules Poirot, la agresividad de Phillip Marlowe, la pipa del inspector Maigret. Lo que no cambia es el género de esa imagen.

El falocentrismo se adueñó de lo neutro hace tiempo, pero el lenguaje sigue siendo nuestro campo de batalla cotidiano: con él se reinventan tropos, se crean nuevas imágenes mentales y se normalizan conceptos. 

Si delante de la palabra «detective» reposa un tranquilo «la» en lugar de un «el», y tardamos un segundo más en crear la imagen mental de una mujer detective, es por algo. Es otra lucha que pelear.

Por suerte, la ficción contemporánea cuenta con personajes populares como Jessica Jones, Veronica Mars o Lisbeth Salander que han normalizado, que no equilibrado, la presencia femenina en el terreno de la narrativa policíaca. 

Pero si tirásemos del hilo de nuestra memoria nos sería relativamente difícil remontarnos a una imagen anterior a la de la eterna y fantástica Miss Marple creada por Agatha Christie. 

Hablamos de un personaje creado a principios de los años treinta del siglo pasado. 

Si consideramos que el primer relato detectivesco como tal llegó en 1841 con Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe, la perspicaz anciana llegaría casi un siglo después. ¿Acaso no hubo antecesoras de Marple?

Las hubo pero las hemos olvidado. De hecho, fueron personajes absolutamente rompedores: mujeres avanzadas a su tiempo que hacían suyas nuevas formas de pensar y actuar rupturistas y feministas ya durante la época victoriana. Los relatos de mujeres detectives se remontan a 1860, y así nos lo descubre el investigador literario Michael Sims en Detectives victorianas: las pioneras de la novela policíaca, publicada por Siruela. 

Una recopilación de historias de mujeres que se negaron a ocupar el sitio que la sociedad les había guardado para en lugar de eso luchar contra el crimen y resolver misterios mucho antes de que Sherlock Holmes gatease.


Señoras que resolvían crímenes

La historia de la primera mujer detective de la que se tiene constancia en la literatura… la escribió un hombre. Se llamaba William Stephens Hayward y no se sabe prácticamente nada de su vida. 

Sin embargo, sí se sabe que entre 1860 y 1864 —las fechas bailan según las fuentes—, este autor publicó de modo anónimo la antología Revelations of a Lady Detective: el primer libro en presentar a una mujer como detective profesional. Una profesión, obviamente, vista con malos ojos por los coetáneos de nuestra protagonista: la señora Paschal.

Se trata de una mujer de cuarenta años que decide aprovechar su privilegiado talento para la observación y la deducción en pos del bien, y cobrar por ello. Cuando su marido murió, las estrecheces económicas de su nada acomodado apellido la llevaron a trabajar resolviendo casos de robos y estafas que la ayudaron a labrarse un nombre en el Londres victoriano. 

Cuando la conocemos, la acaba de contratar el coronel Warner, el jefe del departamento de investigación de la policía metropolinana, para averiguar de dónde ha sacado su inmensa fortuna la condesa Vervaine. Sus pesquisas protagonizan su primera aventura en La condesa misteriosa, un caso absolutamente delicioso de palacios, fiestas de alto copete, pasados ocultos y pasadizos subterráneos secretos.


Y un ejemplo, según Sims, de una mujer que «desde el principio subvierte un aspecto de las relaciones usuales hombre-mujer en la ficción de la época, pues no es de las que se achantan ante la autoridad masculina».


Mujeres contra su tiempo: Loveday Brooke y Sarah Fairbanks

Tuvieron que pasar muchos años, pero en torno a la última década del siglo XIX surgió la primera mujer detective creada por una escritora. Loveday Brooke nacería de la pluma de Catherine Louisa Pirkis en 1893 en las páginas del Ludgate Monthly. Una publicación a la que había llegado tras ganarse un nombre con trece libros y decenas de relatos, algunos de ellos publicados en prestigiosas cabeceras como el semanario All the Year Round lanzado por Charles Dickens.

Había narrado aventuras, melodramas románticos e historias de terror antes de dar con el personaje que la haría famosa. Ya en la primera aventura de Loveday Brooke convergían todos sus talentos. 

Su prosa según Sims, «se resiste a las ideas de apariencia tanto moderna como tradicional, y sus personajes desafían categorías victorianas como la hermosa damisela o el inmigrante zafio. Demuestra una visión más comprensiva y lúcida de las relaciones de clase que sus contemporáneos».

Loveday Brooke es una joven investigadora profesional respetada por su sentido común. Una mujer sin miedo cuyas aventuras subvierten tropos manidos de la época, sintetizando un cambio social latente en una década «en la que los conceptos de mujer, criminalidad y aplicación de la ley estaban cambiando a toda velocidad en Gran Bretaña», escribe la estudiosa Elizabeth Carolyn Miller en Framed: The New Woman Criminal in British Culture. Detectives que «interpretan la interrelación de estas transformaciones culturales de modo sorprendentemente distinto a sus contemporáneos».

Tras siete aventuras protagonizadas por Brooke, Pirkis dejó la literatura y se dedicó a su otra pasión: los animales. Fue la fundadora de la National Canine Defense League, una organización en defensa de los perros que luchó durante décadas contra la vivisección y el maltrato. Hoy sigue en activo bajo el nombre Dogs Trust. Por suerte, poco después de despedirnos de Loveday llegó otra detective única: Sarah Fairbanks.

Nació de la imaginación de Mary E. Wilkins, una autora popular a principio del siglo XX que se había labrado un nombre en un género hermano al policial: el terror. Relatos como The Wind, The Lost Ghost o Luella Miller se cuentan entre algunos de los mejores escritos de fantasmas y vampiros de la historia. Wilkins llevaba toda la vida en el oficio de la escritura; ya de adolescente empezó publicando poemas y aventuras infantiles oscuras influenciadas por su historia personal. 

Perdió a toda su familia antes de cumplir los trece y tuvo que luchar siempre por hacerse valer siendo mujer y no teniendo familia. Mark Twain se proclamaba fan de Wilkins a los cuatro vientos, mientras que los críticos literarios del momento la ninguneaban sin piedad.

En 1895 publicó El brazo largo, un relato que combinaba prodigiosamente las características del relato rural de su tiempo con la novela criminal más rompedora. 

Sarah Fairbanks era entonces una maestra de escuela que debe resolver el asesinato de su padre enfrentándose a los prejuicios de un entorno opresivo, representación de los centros ultrareligiosos en los que Wilkins había sido internada tras la muerte de sus padres.

Aunque no suele figurar en todas las antologías, Anna Katharine Green es, por derecho propio, una de las figuras más destacadas de la historia del género detectivesco. 

Se la conoce como Mother of Mystery gracias a que en 1878 publicó El caso Leavensworth, considerada la primera novela criminal escrita por una mujer y un absoluto éxito de ventas en su tiempo. Un best seller victoriano que popularizaría al policía Ebenezer Gryce. Sin embargo, Katharine Green creó a dos detectives mucho más complejas y fascinantes que aquel personaje sardónico que, por lo que fuere, no han trascendido como lo hizo aquel. ¿Tal vez porque eran mujeres?

Se llamaban Violet Strange y Amelia Butterworth. La primera era una joven rica, inquieta y culta que apareció por primera vez en The Golden Slipper and Other Problems for Violet Strange, en 1915. 

Katharine Green gozaba ya de una merecida fortuna y quiso insuflar vitalismo y fuerza a su prosa. Amelia, en cambio, nació en pleno auge del personaje de Grycer y como respuesta a la aceptación que su otro personaje había tenido. Se trataba de una mujer valiente e inteligente que según Sims «desbrozó el camino para las detectives, desde la señorita Marple a Veronica Mars».

Ambas fueron pioneras de la novela policíaca no solo por su encarnación de valores heroicos que solían recaer sobre los hombros de hombres rudos y modelos literarios de dandis. Amelia y Violet reclamaban su lugar en espacios típicamente masculinos, forzaban su reconocimiento y luchaban contra la desigualdad no solo de género, también de clase y de raza.

«Durante los dos tercios de siglo XIX que duró el reinado de Victoria nació el relato de detectives y comenzó sus alborotadas andanzas hasta alcanzar la madurez», describe Sims. 

Durante aquella época, las detectives victorianas se convirtieron en el emblema literario de una nueva mujer que no se adaptaba a los cánones sociales de una sociedad profundamente conservadora. 

Derribando muros —mentales y sociales— que se reconstruyen cada vez que se edita una antología sin voces femeninas, que siguen vigentes cada vez que los historiadores obvian el papel de las escritoras en la creación y avance de los géneros literarios. 

Que siguen ahí cada vez que pensemos en masculino al pensar en «detective».

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