Del final de Cleopatra

Del final de Cleopatra
La controversia histórica sobre el final de Cleopatra.

Determinados personajes históricos han incrementado su carisma debido a los misterios que rodearon su muerte, desde la causa del óbito al secreto del lugar de enterramiento pasando por la desaparición del cuerpo o las repercusiones que sus actos tuvieron en terceros. 

Gracias a ello su paso por la Historia dejó una enorme huella, agrandada a menudo por el eco que tuvo en las representaciones artísticas, que suelen obedecer a unos elementos iconográficos concretos. 

Napoleón es, quizá, el mejor ejemplo pero cuenta con la ventaja de la cercanía cronológica, que da más certezas que si nos remontamos milenios atrás. 

En ese caso se podría citar a Espartaco, aunque al tratarse de un esclavo el episodio se cerró sin más trascendencia. 

En cambio, hay una mujer cuyo fallecimiento sigue fascinando al imaginario popular más de dos mil años después: Cleopatra.

Si hacemos un repaso somero a su presencia en el arte nos llevamos una sorpresa por la omnipresencia que acredita en obras de todas las épocas, estilos y formatos. 

La malograda reina de Egipto y, más en concreto, su trágico final, se convirtieron en un tema recurrente para casi todos los artistas, empezando por los de su propio tiempo. 

Son varias las estatuas y pinturas que se conservan -y las que no pero de las que tenemos referencias- de Cleopatra siendo mordida por un áspid, lo que indica que la presencia del ofidio se manejó desde el primer momento (luego veremos que en realidad no es algo que esté muy claro).

Asimismo, se han encontrado frescos de la reina en Pompeya: uno, en el que aparece con su hijo Cesarión, muestra signos de haber sido tapiado en su día, seguramente porque Octavio proscribió que se representara al niño; el otro recrea su final sin serpiente visible, lo que no es raro porque las fuentes romanas varían en ese punto. 

Los poetas adoptaron encantados la historia del reptil porque era muy dramática y servía para subrayar tanto el carácter exótico del personaje como su determinación para afrontar el final.

Y, como autores de la talla de Horacio y Virgilio influyeron en tiempos posteriores, esa iconografía se asumió también en la Edad Media y el Renacimiento. 

Fueron los manuscritos iluminados góticos los que la asentaron, acompañada de la muerte de Marco Antonio por su propia espada, si bien la difusión llegó ya en el Quattrocento, sobre todo con las ilustraciones de Laurent de Premierfait para la obra de Bocaccio De claris mulieribus. 

Aunque la versión que dio sobre Cleopatra el humanista italiano era algo misógina, Geoffrey Chaucer (autor de los Cuentos de Canterbury) la compensó luego con una visión más positiva, relacionada con el amor cortés; eso sí, utilizó para su muerte una forma muy típica de entonces: en vez de una sola serpiente, un pozo lleno de ellas.

Por tanto, en el arte renacentista se generalizó la representación del hecho con unos elementos comunes: el desnudo, el personaje dormido y el áspid. Miguel Ángel, Rafael, Tiziano y otros en artes plásticas, Castiglione en literatura.

En la etapa siguiente, el Barroco, recogió y continuó la tradición de la mano de gente como Guido Reni o Artemisia Gentilleschi con sus pinceles, o bien Barnabe Barnes y William Shakespeare con la pluma. 

Desde entonces la escena fue adquiriendo cierto tono erótico que luego se convirtió en excusa perfecta para esquivar la rígida moral decimonónica; el prerrafaelita Burne-Jones o el poeta Ted Hughes trataron el tema, que se incorporó también al teatro y la ópera (Antonio y Cleopatra, de Samuel Barber).

En el siglo XX el cine no quiso desaprovechar a la emblemática reina egipcia y se rodaron hasta cuarenta y tres películas, empezando por la de George Méliès de 1899 y con la de Joseph Mankiewicz de 1963 como momento cumbre, ensalzando a Elizabeth Taylor y Richard Burton. 

Ya puestos, recordemos que una de las últimas, Astérix y Obélix. Misión Cleopatra (2002) es una adaptación -floja- de otro formato artístico que se sumo al tema, el cómic del dibujante Albert Uderzo y el guionista René Goscinny (fundamental, por cierto, para saber cómo perdió su nariz la Esfinge de Giza).

Ahora bien ¿qué hay de verdad histórica y qué no en la muerte de Cleopatra? Es difícil establecerlo por las múltiples versiones existentes. 

La cobra egipcia Naja haje

La cobra egipcia (Naja haje)/Imagen: Pinterest

El poeta Propercio, uno de los propagandistas de Octavio (todavía no era Augusto), asistió al triunphus de éste por la Vía Apia tras la victoria de Accio y contó que en el desfile fueron exhibidos Alejandro Helios y Cleopatra Selene II, los hijos de la reina egipcia, junto a una imagen de ella con serpientes mordiendo sus brazos, lo que indicaría que la teoría del áspid (que para ser exactos sería una cobra) existió desde el primer momento.

Cleopatra se había quitado la vida en Alejandría tras el desastre de su flota ante la romana. 

Tenía treinta y nueve años y no quería ser sometida a la humillación por la que sí pasarían sus vástagos en Roma; los que había tenido con Marco Antonio, no Cesarión, engendrado por Julio César. 

“No me llevarán en triunfo” pone en su boca Tito Livio. 

A partir de ahí, imprecisiones y controversia, empezando por la misma fecha del óbito: se sabe que fue en agosto del año 30 a.C. pero no el día exacto, que se situaría entre el 10 y el 12 según cada autor.

De hecho, la Batalla de Accio había tenido lugar once meses antes y, fracasados los intentos de negociar con Octavio, las legiones de éste invadieron Egipto en primavera sin que sirviera de nada la pequeña victoria de Antonio en Alejandría el 1 de agosto, frenándolas por poco tiempo. 

Porque el ejército egipcio-romano se descompuso a causa de las numerosas deserciones y los dos amantes -esposos en realidad, pues habían formalizado su relación- se quedaron solos. 

Fue entonces cuando ella optó por quitarse la vida ¿Cómo lo hizo? 

He ahí la cuestión.

Las fuentes principales para este episodio son las obras de Plutarco, Estrabón y Dión Casio. 

El primero cuenta que Cleopatra entró en su tumba y envió una carta informando de su decisión a Marco Antonio, quien, al enterarse, entregó su espada al esclavo Eros para que le matara; Eros desobedeció y se suicidó, así que su amo tuvo que clavarse el arma él mismo. 

Tenía cincuenta y tres años y, según Plutarco, aún respiraba cuando lo llevaron ante su mujer para despedirse y decirle que confiase en un tal Cayo Proculeyo, uno de los ayudantes de Octavio. Sería Proculeyo precisamente quien impidiese que ella siguiera a su marido, al entrar con sus hombres en ese momento. 

Aunque, todo hay que decirlo, parece más una escena literaria -o incluso hollywoodiense- que verídica.

El cadáver fue embalsamado y a ella la llevaron ante Octavio, que ya había apresado a sus hijos y puso a un hombre de confianza, Epafrodito, a vigilarla. Plutarco explica que, pese a ello, la reina logró burlarlo y suicidarse: tras un ceremonial que incluyó baño y banquete, la encontraron ya muerta junto a su doncella Iras y con otra criada colocando una corona en su cabeza antes de morir también. 

Octavio se enfureció pero respetó su última voluntad permitiendo que la enterrasen junto a Marco Antonio. 

Se ignora dónde yacen pero el prestigioso egiptólogo Zahi Hawass cree que probablemente cerca del templo de Taposiris Magna, a unos treinta kilómetros al sur de Alejandría.

El historiador romano subraya que el médico de la corte, Olympos, no especificó cómo se quitó la vida ni mencionó una mordedura, aunque sí reseñó que una creencia popular achacaba el fallecimiento a una cobra; pero añadiendo otras posibilidades, como el uso de una jeringa primitiva (un punzón hueco relleno de veneno). 

Dión Casio lo refuerza señalando que había pinchazos en el brazo del cadáver, igual que también menciona la teoría del reptil pero sin decidirse por ninguna en concreto.

Fue Estrabón quien difundió la tesis de la mordedura recogiendo una creencia popular, aunque también admitió que pudo haber ingestión directa de veneno. 

En cualquier caso, el ritual de traer una cobra en un cesto de higos y dejarse morder por el animal resultaba tan fascinante que fue el que prevaleció. 

Otros historiadores de la Antigüedad también lo dieron por bueno, caso de Lucio Anneo Floro (que se basó fundamentalmente en Tito Livio) o Veleyo Patérculo (Compendio de la Historia romana). 

Suetonio lo recogió igualmente pero poniéndolo en duda, mientras que Galeno, padre de la medicina, incorporó una curiosa versión: Cleopatra se mordió el brazo para hacerse una herida por la que introducir veneno con un vaso.

La polémica continúa hoy en día, aunque en general la historiografía especializada es poco proclive a aceptar la leyenda del áspid. 

Se apuntan razones diversas, como la dificultad de manejar un reptil de esas dimensiones (la Naja haje o cobra egipcia suele medir unos tres metros de longitud -algunas llegan a cinco- y pesar doce kilos) o conseguir que se comporte a voluntad mordiendo en una zona vital (si no, la muerte no es segura). 

Ahora bien, aunque estos ofidios inyectan entre 175 y 300 miligramos de neorotoxina al morder, bastando sólo 15 o 20 para resultar letales en humanos, la muerte se produce de forma bastante lenta, a lo largo de varias horas, lo que sería un problema para una Cleopatra bajo vigilancia.

Además el óbito es relativamente indoloro, de ahí que el strategos ateniense Demetrio de Falero, recluido en tierra egipcia por dirigir la rebelión de Esparta y Atenas contra Ptolomeo II Filadelfo, se suicidara haciéndose morder por una cobra. 

Por otra parte, que una serpiente matase a la reina de Egipto era muy apropiado porque uno de los símbolos del poder de los faraones era precisamente el ureus, la cabeza de una cobra, que solía decorar las coronas y estancias reales como representación de la diosa Uadyet, protectora del Bajo Egipto.

Del final de Cleopatra

Pero todavía queda una alternativa: la que apunta a que fue Octavio quien ordenó envenenar a Cleopatra. 

La apoyan varios autores a despecho de la tesis del suicidio, aunque admitiendo la posibilidad de que el futuro emperador permitiera a su prisionera elegir la forma de morir en vez de ejecutarla. ¿Por qué Octavio querría eliminarla? 

Quizá porque ella trató de poner a salvo a Cesarión, el hijo que tuvo con César y al que tenía como corregente, enviándolo lejos con la esperanza de que algún día pudiera reclamar el trono. 

Sin embargo, Cesarión regresó ingenuamente a Egipto confiando en la clemencia de Octavio, siendo apresado y asesinado dieciocho días después de morir su madre, reinando sólo ese tiempo con el nombre de Ptolomeo XV.

Al menos es lo que cuenta Clemente de Alejandría, según algunos expertos de forma poco creíble y como mero nexo de unión entre dos etapas diferentes. 

Porque de esa forma, Egipto se incorporaba como una provincia más a lo que en breve sería el Imperio Romano (tres años; la proclamación de Augusto fue en el 27 a.C.), poniéndose fin a la dinastía ptolemaica y con ella al período Helenístico.

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