Prejuicios laborales

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Prejuicios laborales
«Este trabajo es de chicas», «este, de chicos»: los prejuicios que aún dominan las profesiones.

Pensar que hay profesiones típicas de hombres y otras más adecuadas para mujeres es la piedra en el zapato de la paridad, que lleva, desde que la mujer entró en el mercado laboral, provocando llagas. Dejarse llevar por los clichés y pensar que un género está más preparado para mandar y otro para cuidar, por ejemplo, es la madre del cordero de la desigualdad.

En el siglo pasado, Wilma Scott (1921-1985) se dispuso a demoler la etiqueta de género que pende de muchas profesiones con una afilada y certera frase: 

«Los únicos trabajos que no pueden hacer ningún hombre son ser una incubadora humana o amamantar. 

Y el único trabajo que no puede hacer ninguna mujer es ser donante de esperma».

Esta activista feminista estadounidense se había topado con el muro en el que se apoya la odiosa frase «esto no es para chicas» cuando estudiaba en la universidad. Wilma Scott jugaba a baloncesto y descubrió que no había liga femenina. 

Ella era bajita, pero rápida como pocas y, si había logrado ser capitana de su equipo sin poseer las cualidades estereotipadas que se le atribuyen a una jugadora de básquet, no iba a amedrentarse porque no hubiera un torneo femenino.

Esa fue su primera batalla. Y la ganó. El resto de su vida lo consagró a posibilitar que las poseedoras de una doble X en sus cromosomas pudieran elegir la ocupación que desearan. 

¿Consiguió encestar también ese tanto? No, pero al menos fue una de las muchas que inició un partido que se sigue disputando y que tiene como objetivo que ninguna mujer ni ningún hombre se quede en el banquillo laboral.

Treinta y tres años después de la muerte de Scott, el recién estrenado Consejo de Ministras ha logrado que España posea el ejecutivo más femenino del mundo (64,7% de mujeres).

Según datos de la ONU, solo cinco países más superan la paridad (por debajo del nuestro): Bulgaria, Francia, Nicaragua, Suecia y Canadá. Y hay para tirar cohetes e, incluso, bailar un castizo zapateado, pero no deja de ser curioso que a estas alturas de la fiesta, este hecho siga siendo tan excepcional. Y que sea tan minoritario.

Que las grandes salas del poder donde se toman decisiones que salpican nuestras vidas no estén impregnadas solamente de eau de testosterona es el gran caballo de batalla. Pero en el tablero del ajedrez por la paridad trotan otros equinos menos vistosos, pero igualmente valientes y veloces, capaces de generar cambios. 

Son los de las profesiones cotidianas, los que debería poder cabalgar con soltura cualquier hombre o cualquier mujer sin ser mirados con extrañeza.

Una mujer que pilota un avión o un hombre ejerciendo de comadrona provocan, en algunas personas, esa reacción. Y ya sea desde el rechazo o desde la enfática aceptación, se hace patente una diferencia que debería ser irrelevante. En una parte no muy recóndita del imaginario femenino sigue habiendo profesiones «de hombres» y «de mujeres». Y casualmente las féminas salen perdiendo en esta clasificación.

«El principal problema es que las profesiones feminizadas están peor remuneradas y tienen menos prestigio social. No se espera lo mismo de una mujer que de un hombre. Desde el ámbito de la educación, por ejemplo, ya nos enseñan de forma diferencial: a los hombres se les relaciona con ocupaciones más ligadas al ámbito público de poder, como políticos, economistas y científicos entre otras. 

A las mujeres se las guía a profesiones más cercanas al ámbito privado y a trabajos que tienen que ver con el cuidado del hogar y las personas, como la enfermería, el magisterio o la atención a las personas», explica Maria Eugènia Marín, agente para la igualdad de oportunidades de Barcelona Activa, una institución de esta ciudad que impulsa el desarrollo económico y ocupacional.

Se entiende por profesiones feminizadas o masculinizadas las que cuentan con un 80% de trabajadores de un solo género. Las encuestas le dan la razón a Marín y, pese a que mejoran año tras año, siguen constatando una aglomeración femenina en trabajos de estética, cuidado de personas y limpieza, y una masculina en los relacionados con la dirección, la ciencia y la construcción.

La diferencia de salario de una profesión feminizada en comparación con una masculinizada no es cuestión baladí: puede llegar a cifrarse de unos 500 a unos 700 euros menos a final de mes.

En Barcelona Activa dieron una conferencia titulada Las ocupaciones NO tienen género y para sostener esta afirmación y borrar las etiquetas de género, se dio la palabra a profesionales que apostaron por cargos que tradicionalmente no han sido propios de su género.

Esas historias en primera persona pintaron un panorama en el que se constataba el peso de la herencia del pasado, pero también se vislumbraba una puerta abierta al cambio. Por ejemplo, Isabel Peña, piloto de avión desde 1992, relató que había oído como unos pasajeros se quejaban del vuelo y tras verla en la cabina, comentaban: «Ahora lo entiendo todo».

También recuerda a una persona que antes de empezar el viaje le preguntó si estaba preparada para hacerlo. Ella simplemente contestó: «No sé, creo que sí; si no, le aviso». 

El humor y la ironía han sido sus mejores armas. «Nunca me he ofendido, solo siento pena de que haya gente tan cerrada», explica Peña, que es una de las 100 mujeres pilotos de los 1.100 profesionales contratados por la compañía para la que trabaja.

Raquel Gonzalo es taxista (solo el 5% de las licencias expedidas en nuestro país llevan un nombre femenino) y las únicas personas que se han negado a subir a su taxi al descubrir su género han sido, curiosamente, mujeres. Jordi Torralbes se denomina a sí mismo «enfermera» y disfruta de su profesión en la rama de pediatría. 

Recuerda una ocasión en la que, al acompañar a una doctora, el paciente, mirándole, preguntó: «¿Y qué opina el médico de esto?».

Gemma Solà anhelaba cambiar el rumbo de su trayectoria laboral y tras el nacimiento de su segundo hijo se hizo conductora de tranvía. «Hay empleos en los que, gracias a la discriminación positiva, se buscan mujeres y esta puede ser una buena manera para muchas de redirigir tu carrera», aconseja.

Sus testimonios sirven para esbozar un futuro perfecto que nos alejaría de un pretérito imperfecto. El problema es cuánto tiempo se tardará en alcanzarlo. Y, atención, spoiler: parece que va para largo.

En 2016, el Foro Económico Mundial vaticinó la fecha: el año de la paridad sería el 2186. Ante el bajón generalizado que provocó la lóbrega profecía, la directora de Empleo e Iniciativa de Género y miembro del Comité Ejecutivo del Foro Económico Mundial, Saadia Zahidi, matizó la mala nueva:

«Estas previsiones no deben interpretarse como conclusiones ineludibles. Por el contrario, reflejan el estado actual de progreso y sirven como llamada de atención para los legisladores y otras partes interesadas, con el fin de que redoblen sus esfuerzos para acelerar la igualdad de género».

Una llamada de atención en forma de condena de 168 años parece lo suficientemente significativa para que todo tipo de manos (ya sean peludas o sin atisbo de vello) se pongan a trabajar. Y sin etiquetas de género planeando sobre sus profesiones.

Fuente: https://www.yorokobu.es
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