Trastornos de personalidad ¿fuente de humor?

Trastornos de personalidad fuente de humor
Humoristas: ¿son personas tristes quienes nos hacen reír?

«Ríe, payaso y todos te aplaudirán (…) ¡Ríe, payaso, sobre tu amor despedazado!» es el pasaje Vesti la Giubba de la famosa ópera de Leoncavallo, y una de las expresiones más colosales de un tema que siempre fascina y da morbo: el fondo triste y tóxico y loco que esconden los arlequines o, en la actualidad, los monologuistas y humoristas.

El dolor que se oculta bajo la risa y que, opinan muchos, resulta indispensable para encontrar las teclas que logren que el público se parta la caja… A veces, ese desconsuelo es una condición perpetua y otras, solo el botón de activación del sentimiento humorístico de la vida.

Hace un año, el monologuista y presentador Dani Mateo contó a El Mundo que había sufrido acoso escolar de niño por su peso. «Tomarme a broma a mí mismo me ayudó a socializar». 

El mundo no le venía bien encaminado y tuvo que abrir un sendero nuevo a machetazos y chascarrillos.

El cómico almeriense Paco Calavera, que es autor de una de las disquisiciones más lúcidas sobre la fotopolla, cuenta que el humor es buena táctica de supervivencia en la selva escolar: 

«Recuerdo que los más chungos de la clase, cuando de repente les hacía reír un par de veces, se relajaban y me dejaban. Si alguien te hace reír, se te quitan las ganas de pegarle», cuenta a Yorokobu.

Calavera recuerda unas palabras del británico Ricky Gervais que apoyan la idea de la tristeza como lecho fértil para la risa. 

«Él tiene la teoría de que el buen cómico tiene una visión amarga y seria de la existencia, y por eso se le da tan bien hacer reír».

El almeriense encarna, en cierto grado, esa paradoja: «Yo me río de menos cosas que la mayoría de la gente, por eso busco la comedia». 

El humor, desarrolla, «no consiste en tener gracia natural, consiste en ser escritor, tener una visión crítica de la existencia; una visión política en el más amplio sentido de la palabra».


La odisea de Eugenio

Hace unas semanas se presentó el documental Eugenio, en el que se relata la vida resbaladiza, quebrada y adicta del genio del saben aquel que diu. La muerte de su primera mujer lo asoló. 

Pero el mismo día del entierro viajó a Alicante para una actuación. La risa, ese tapón.

En plena oleada de éxito, cuando pasó de cobrar 10.000 pesetas por actuación a millón y medio por gala, como recoge El Español, se le escoró la barca. Su vida se convirtió en una fiesta, una juerga de esas que esconden la semilla de la debacle: cayó en la cocaína y en el caos.

Desaparecía días de casa. Le brotó un cáncer de vejiga, sufrió un infarto. Los excesos. 

En el amanecer del nuevo siglo, antes de morir, se confesó con su hijo: «Quiero que sepas que lo he hecho muy mal. He ganado muchísimo dinero y lo he gestionado fatal. He sido mal padre».

Es uno de la miríada de relatos que contraponen la tragedia y el humor. La locura y el humor. O la miseria, la tristeza, o el carácter enfermo, la conducta antisocial, la crueldad y el humor. Son historias que se difunden bien.

Este contraste sorprende menos en el cuentachistes catalán. Era el menos clownde los humoristas: su propuesta consistía en la indolencia. Con Eugenio sucedía al revés: el público lo miraba con lupa, tratando de encontrarle en la cara una esquirla de risa que lo acercara un poco más a la gente.

Hay casos más seductores. Muchos artículos recopilan estas historias en las que míticos cómicos felices acaban revelándose, con el paso de los años, como personajes despedazados. 

Es curioso: somos una especie que se dejaba los cuernos para encontrar pepitas de oro en montones de barro, pero cuando se trata de valorar a nuestros semejantes, nos pone más encontrar el barro dentro del oro.

Casos. La estrella de cine mudo Max Linder, cuando perdió la fama y los contratos, se hundió en un abismo y acabó bebiendo Veronal e inyectándose morfina junto a su esposa para acabar con todo. 

Charles Chaplin, el maestro, el poeta visual de la risa, era un hombre insoportable. 

Los papeles de su divorcio con Lita Grey lo describían como «cruel e inhumano». 

El español Fofito sucumbió al alcohol y a la depresión. Centelleaba frente a los niños, pero bajo sus muecas extremas de payaso, había un dolor denso.

¿Qué hay de cierto en esto? ¿La conexión entre comedia y dolor y trauma es indisoluble? ¿O no va más allá de lo que sucede en otras profesiones?


¿Trastornos de personalidad como fuente de humor?

Una investigación encabezada por Gordon Claridge, del departamento de Psicología Experimental de Oxford, arrojó una conclusión inquietante: 

«Los elementos creativos necesarios para producir humor son sorprendentemente similares a los que caracterizan el estilo cognitivo de las personas con esquizofrenia o trastorno bipolar», recogió El Faro De Vigo.

El científico apuntaba a unas distorsiones leves de esquizofrenia o pensamiento maníaco que podían aumentar la pericia a la hora de asociar ideas inusuales y originales. Leves: porque las personas con el trastorno más acentuado apenas pueden procesar la comicidad.

Compararon los cuestionarios realizados a cómicos (523) con otros efectuados a actores (364) o a personas con un trabajo no creativo (831). 

Los humoristas calificaron más alto en personalidad psicótica. 

Surgieron conductas comunes: pensamiento desorganizado, sentimiento de fracaso, culpabilidad, soledad, dificultades expresivas fuera del escenario o cambios de humor.

Los resultados del equipo de Claridge, por algún motivo, encajan con nuestras ideas preconcebidas. 

Bien porque haga más atractiva (y épica) la personalidad y la encrucijada de los humoristas, o bien porque la falta de límites de muchos de ellos al abordar y mofarse de temas peliagudos, nos empuje a asumir que no tienen los dos pies en su sitio.

«No es la primera vez que escucho lo de la tendencia a la psicopatía. Me sorprende ese análisis oscuro que se hace de los cómicos», reflexiona Calavera.

Son, para él, ganas de buscar la cara B. «Estoy seguro de que hay más personas psicopáticas entre quienes escriben sobre cómicos que entre los cómicos en sí».

El almeriense cuestiona esa necesidad de analizar y sentar cátedra sobre la psique los humoristas. 

«No veo estudios sobre otros oficios que se atrevan a decir que todos ellos comparten rasgos psicológicos determinados; esa cosa tan violenta y casi ofensiva».

En su opinión, siempre se les encierra en categorías extremas: «O se dice que estamos todo el día riendo y con castañuelas, cosa que es imposible, no hay ninguno que sea así; o se dice que somos poco menos que Jack El Destripador: depresivos, maníacos, no sociables…».

La opinión de Calavera se alinea con los resultados de otras investigaciones que rompen el prejuicio y dibujan una realidad más prosaica, y menos sabrosa.

Peter McGraw, profesor de la Universidad de Colorado y autor de The Humor Code: A Global Search for What Makes Thing Funny, explicó sus conclusiones a la revista Time: 

«La gente piensa que los comediantes tienen esas personalidades oscuras, pero muchas personas tienen personalidades oscuras y la mayoría no se convierten en cómicos». Simplemente, los cómicos reciben un mayor foco de atención.

McGraw diseñó un experimento para conocer cómo el humor condicionaba la imagen que la gente construye de una persona. 

Los participantes (humoristas y no) escribieron dos historias, una divertida y otra interesante. Se expusieron los textos a otras personas, que valoraron a los autores de los relatos graciosos como más problemáticos.

Es la materia humorística en sí la que se nos antoja disonante, errática. Quizá por eso nos haga gracia.

«El humor juega con tabúes. Habla de cosas que están mal. Tienes que actuar de forma tonta y divulgar información que haga reír», señaló el autor a Times.


La risa superviviente

No existe consenso científico suficiente para sostener una postura con solidez; solo hay unos casos que se esgrimen cuando se quiere confirmar una versión del cuento y otros que se olvidan. Pero lo cierto es que hay un punto de distinción en la forma de mirar y verbalizar de los cómicos. Hay un momento en que el humorista estrena unas retamas del pensamiento que otros no llegan a utilizar con la misma maestría.

Cada época tiene sus formas de minar al individuo, pero para todas ellas el humor parece funcionar como estrategia de liberación o desahogo.

Miguel Gila también usó el humor como protección o como estrategia de vuelo. Lo contó en su biografía. 

Después de que lo fusilaran mal, Gila esperó a que el pelotón (el enemigo) se marchara. Estaba manchado de la sangre de otros. Al amanecer, huyó. Más tarde se unió a otros detenidos y comenzó su viaje carcelario. 

En la cárcel de Torrijos (Madrid), en mitad de la tragedia, empezó a dibujar viñetas de humor.

Quedaría bien decir que Gila subía al escenario, a recibir ese foco de luz tan distinto a la luz torcida de las fogatas del fusilamiento… que subía para mitigar el regusto a tierra que perviviría en su boca desde aquella noche de sus 19 años. 

Pero no sabemos si fue así. Tal vez, simplemente, lo hacía porque se divertía como un chiquillo.

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